Los Juegos de Hambre

Si eres del 2000 o incluso de un poco antes, es muy posible que ese cartel te suene…

Para los que no conocéis la peli “Los juegos del hambre”, está ambientada en un mundo distópico, donde los niños de diferentes distritos de un país son seleccionados al azar para participar en un macabro evento anual televisado, llamado: “Los juegos del hambre”. Como el mismo nombre indica, muchos de los participantes luchan para sobrevivir sin tener acceso a ningún tipo de alimento y acaban muriendo de hambre. 

Parece de locos, ¿verdad? Pero… ¿y si esto estuviera pasando a otra escala mundial y por algo realmente mucho más importante que la mida misma…? ¡La vida eterna! ¿Y si esto estuviera pasando con la Eucaristía?

A día de hoy, en Singapur (y muy probablemente en otros países) hay un sistema de reservas online donde publican las Misas que habrá semanalmente. Solo podemos asistir a Misa si tenemos una reserva hecha. Según las directrices del gobierno, pueden asistir -dependiendo del el tamaño de una parroquia y el número de voluntarios- como mucho 50 personas. Como te podrás imaginar, las plazas de los domingos y días festivos se agotan en 5 minutos o incluso en menos tiempo. Ir a Misa (por lo menos aquí) implica pasar por encima de alguien y quitarle a esa persona la oportunidad de poder ir a Misa.

Son los nuevos “Juegos del hambre”, donde estamos luchando no por comida física, sino por el Pan de Vida; donde no lucha alguien cualquiera, sino que luchamos entre hermanos por el Cuerpo de Cristo. Todos estamos hambrientos del mismo pan para el que fuimos creados. ¿No es acaso mucho peor una pérdida física que perder la Eucaristía, Pan de Vida Eterna, anticipo del Cielo?

En tiempos de persecución, la Iglesia primitiva se unió en solidaridad y en oración por los demás, así como por sus perseguidores; ahora mismo, nuestra "competencia" ha sido aparentemente perturbada para convertirse en nuestros propios hermanos y hermanas. Pero la verdad es que no es contra ellos contra los que tenemos que "luchar", sino contra el sistema injusto que nos enfrenta unos a otros y que impide que Jesús entre -con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad- en los corazones de tantos fieles hambrientos de Él. Tenemos que rezar para que se haga la voluntad de Dios en esta situación de crisis mundial, para que todos podamos volver a recibir a Jesús.

Para aquellos que somos unos privilegiados y podemos ir a Misa frecuentemente (con un poco de suerte a diario), este es un buen momento para reflexionar cómo vivimos la Misa, siendo conscientes que hay muchas personas ahí fuera que no pueden recibir a Jesús en la Eucaristía. Podemos preguntarnos:

  1. ¿Somos conscientes de que cada Misa puede ser nuestra última, o creemos que la Eucaristía la tenemos asegurada? ¿Damos gracias por el regalo que es el poder ir a Misa todos los días?
  2. ¿Sabemos la responsabilidad que supone tener la oportunidad de ir a Misa? ¿Cómo nos preparamos para recibir la Comunión? ¿Nos vamos arrastrando hasta llegar a la Iglesia o vamos corriendo con alegría pensando que Jesús está esperándonos?
  3. ¿Cómo vivimos la Misa? ¿Hacemos el esfuerzo de estar vigilantes y no estar distraídos? ¿Estamos atentos a lo que el sacerdote va haciendo en cada parte de la liturgia y lo que eso significa? ¿Nos esforzamos en formarnos para poder entender la importancia de la Misa y así poder vivirla mejor?
  4. Cuando rezamos el padrenuestro, ¿realmente le estamos pidiendo a Dios que nos dé “nuestro pan de cada día”, no solo para nosotros sino para todos los cristianos?
  5. ¿Difundimos el amor de la Eucaristía entre nuestros familiares y amigos, animándoles a ir a Misa y a recibir a Jesús? ¿Nos confesamos frecuentemente, y si –desgraciadamente- hemos cometido pecado mortal, para poder recibir a Jesús con el corazón limpio? 

Si nos damos cuenta que no estamos siendo fieles a nuestra primera misión del Hogar –la defensa de la Eucaristía– tenemos que correr hacia la Virgen, Madre de la Eucaristía y Madre Nuestra. Tenemos que pedirle que interceda por nosotros para que nuestro amor por la Eucaristía crezca y recibamos a Jesús como Ella, con pureza, humildad y devoción, para que así, podamos ser realmente transformados en lo que consumimos.

«El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el pan del cielo. Cristo “mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial”» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2837).

-Winnie Ng, Singapur