Una batalla sin precedentes

Estamos viviendo tiempos realmente convulsos que nunca antes habíamos vivido en la historia, para los cuales estamos más desprotegidos que nunca; no estamos preparados para poder afrontarlos. Llevamos décadas dejándonos minar, y han sido socavados los cimientos sobre los que nuestras civilizaciones cristianas habían asentado nuestra cultura y nuestra fuerte vida espiritual, y apenas aún, nos quedan las rentas de lo sembrado. Los grandes “avances” científicos, biológicos y tecnológicos nos están llevando contra las cuerdas y no parece que opongamos resistencia ante un constante abofeteo que nos deja tirados en el rin.

Hemos dejado de lado lo verdaderamente importante y nos hemos dejado sumir en la materialidad y la inmanencia, sin orientar nuestras vidas hacia lo que verdaderamente tiene sentido: la transcendencia, el cielo, la vida eterna. Vivimos en una “cultura” de la muerte, que aprueba leyes cada vez más atroces y, sin embargo, nos sometemos a una tiranía absoluta sin ningún espíritu de crítica y valoración de la realidad. Hemos tirado la toalla o nos han inoculado un suero que ha debilitado nuestra capacidad de pensar y razonar, ha debilitado nuestras voluntades hasta extremos lamentables, no tratamos de buscar fuentes fidedignas, valorando los hechos concretos que hay a nuestro alrededor. Hemos perdido el amor y la pasión por la verdad, por la vida, por el hombre, por las cosas preciosas que Dios ha puesto en nuestras manos. 

No es mi intención hacer un análisis de los hechos, sino tratar de dar un poco de esperanza, poniendo la mirada donde realmente hay que ponerla, y en abundancia, porque Dios sigue siendo el Señor de la Historia y a Él no se le escapa nada, ni nadie. Dios hace obras grandes con instrumentos muy pequeños, este ha sido siempre su sello a lo largo de toda la historia, pero quiere y le gusta contar con esos pequeños instrumentos. ¿Puedes tú ser uno de ellos? Quizá nos resulta cada vez más difícil escuchar la voz de Dios en medio de este caos pero Él sigue hablando y comunicándose a las almas que no le abandonan y que le siguen pidiendo ayuda. Busca un mínimo resquicio para entrar y hacer grandes obras, es cuestión de confiar y abrirse a Él.

En los últimos años, para mí ha sido motivo de gran crecimiento en la confianza y ánimo, el comprender que la Iglesia no solo la componemos la Iglesia militante. Ella es la que se nos hace más visible, porque estamos aún en esta tierra, y parece que está en plena tormenta amenazada por el oleaje del mar que la zarandea y quiere hundirla. Hay también una iglesia purgante y una iglesia triunfante, ambas muy vivas y atentas, y todos formamos una única Iglesia cuya cabeza es Jesucristo, por ello es imposible que la Iglesia se destruya; ya hemos triunfado, solo tenemos que seguir en la lucha hasta el final, en la dirección correcta, para poder engrosar las filas de nuestra querida Iglesia. Olvidamos muchas veces recurrir a ellos, y son realmente nuestros aliados, protectores y ayudantes en este caminar del día a día. Lo hemos visto en las vidas de muchos santos, sí, pero también lo podemos ver en nuestro propio día a día. Hay muchas veces en las que nosotros no podemos cambiar las situaciones, no podemos cambiar los hechos, ni quitar los sufrimientos, pero sí podemos recurrir a las almas del purgatorio y a los santos para que ellos intercedan, actúen y ayuden, y yo doy testimonio de que lo hacen. Uno debe poner todo de su parte y confiar aquello a lo que él no llega, al mundo sobrenatural. 

Estamos muy desprotegidos porque el acceso a los sacramentes es cada vez más difícil; también nos van quitando los sacramentales y, en medio de esto, el demonio va tomando fuerza y actuando a sus anchas a través de sus secuaces. Es realmente una batalla espiritual, una batalla por las almas, pero no podemos perder de vista que la guerra ya ha sido ganada, Jesús pagó el precio con su sangre en la cruz, solo tenemos que acudir a esa fuente de vida que nos permitirá vivir y dar el paso final, que será el verdaderamente importante. A mí me gusta pensar que los santos forman parte de nuestra vanguardia y las almas del purgatorio de nuestra retaguardia, a veces no los vemos con claridad, pero están ahí, en la misma batalla, en el mismo ejército, dispuestos a intervenir en el momento en el que los necesitemos. Podría parecer un cuento pero no lo es, es más real que toda esta negrura que parece haber apagado nuestras ilusiones, nuestros corazones, nuestras mentes y nuestros espíritus. 

No nos dejemos morir, recuperemos la esperanza, Dios nos quiere con locura, nos espera, es un Dios vivo que sigue comunicándose al alma en cualquier circunstancia. La muerte física no es un problema, la pérdida de la vida eterna sí sería la mayor catástrofe para nosotros y por ello el demonio, que lo sabe, trata de arrebatarnos la esperanza y arrastrarnos a un final nefasto. Pero Dios espera hasta el último momento. No le abandonemos, el hombre vivo es la gloria de Dios. Tenemos las armas suficientes para participar del triunfo de una batalla que ya ha sido ganada. 

-Hna. Teresa María de la Eucaristía, SHM