¿Por qué se empeña el demonio en alejarnos de la Virgen?

¿Por qué pone el demonio tanto empeño en alejarnos de la Virgen? Porque el demonio quiere alejarnos eternamente de Dios, quiere arrebatar nuestras almas de Dios; quiere herir a Dios en lo más profundo y por eso busca hacer caer a los hijos amados de Dios que somos los hombres. El demonio tomó su decisión de alejarse de Dios cuando se rebeló contra Él en el cielo y fue lanzado al infierno. Desde entonces, el odio que su soberbia le procura, lo impulsa a querer esa desgracia también para los hombres. En esa terrible empresa del demonio, ¿quién es su mayor rival? Pues, aquella mujer que le aplastará la cabeza. Y esta mujer no es otra que María Santísima, la Madre de Jesús. Por eso el demonio se empeña en alejarnos de Ella, ya que, sabe que si acudimos a Ella él no podrá acercarse, pues su derrota es segura.

Una tentación sutil que el enemigo emplea de vez en cuando es crear en nosotros un cierto temor de acercarnos a la Virgen o un cierto rechazo a Ella por pensar que el acudir a Ella sería como dejar a un lado a Jesús, o que tanto cariño a la Virgen ofendería a Jesús porque sería como ponerla por delante de Él. 

¿Por qué nos susurra esto el demonio? Porque sabe que la Virgen es nuestro camino hacia la santidad. De hecho, no hay ningún santo que no haya amado con locura a la Virgen. Los testimonios de los santos son innumerables. San Luis María Grignon de Monfort nos dice: «María es el camino más seguro, el más corto y el más perfecto para ir a Jesús». San Juan Bosco nos dice: «Quien confía en María no se sentirá nunca defraudado». Y San Ignacio de Loyola: «Por mucho que ames a María Santísima, Ella te amará siempre mucho más de lo que la amas tú». ¿A qué hijo no le gusta que amen y aprecien a su madre? La medida con que debemos amar a la Virgen la tenemos en la medida con que la amó Jesús. Y, por tanto, no debemos preocuparnos de amarla demasiado, pues, nunca podremos amarla más de lo que Jesús la amó. 

Y más que ningún santo, escuchemos lo que Jesús mismo dice sobre su Madre: 

«Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la multitud exclamó:
— ¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó! 
— Dichosos más bien —contestó Jesús— los que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 27-28).  

Ciertamente la Virgen era dichosa, y aquella mujer de entre la multitud lo percibía, pero estaba equivocada sobre la razón por la cual María era dichosa. Cuando Jesús dice: dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la cumplen, nos está haciendo elevar la mirada, pues, aunque ciertamente el ser la madre humana de Jesús es algo grande —grandísimo— hay algo en Ella aún más grande, y es que hizo la voluntad de Dios. Antes de concebir a Jesús en su seno lo concibió en su corazón, con su disposición de FIAT, «hágase en mí según tu palabra». ¿Quién cumplió más perfectamente la voluntad de Dios? La Virgen. Además, el acudir a la Virgen es hacerle caso a Jesús, pues Él nos la dejó como Madre antes de expirar. Y la vocación de una madre es llevar a sus hijos al cielo, encaminarlos, enseñarles virtudes. Y ya que la Virgen es la persona que más perfectamente ha cumplido la voluntad de Dios en su vida, es la mejor maestra que podemos tener. Por eso los santos nos exhortan a acudir a la Virgen. 

No obstante, el demonio no cesa de ingeniar maneras de impedir que acudamos a la Virgen. Y, cuando el demonio se da cuenta de que no puede crear en ti oposición o rechazo a la Virgen de la manera que aludimos arriba, entreteje aún otra tentación que te susurra. Te dice: «Eso es una devoción inútil… Tantos rosarios que has rezado, tantas veces que has invocado a la Virgen y sigues siendo una miseria… ¿Para qué seguir acudiendo a la Virgen?... ¡Déjalo, no sirve de nada!… Es una pérdida de tiempo… Para ti no hay solución… ¡Te crees que eres muy bueno por acudir a Ella pero eres una miseria, no seas hipócrita!... Déjalo».   

A esto podemos responder que si así caemos —aun acudiendo a la Virgen— ¡qué bajo caeríamos si no acudiéramos a Ella! Menos mal que acudimos a la Virgen, de otra manera sólo Dios sabe en qué pozo profundo terminaríamos. Es verdad que somos débiles, pero, esta afirmación no hace sino reforzar lo que hemos dicho antes: la Virgen me fortalece en mi debilidad. 

Para concluir, el demonio siempre está buscando por dónde enfriar nuestra relación con la Virgen. Ya sea susurrándonos que amarla mucho sería desplazar a Jesús, o al contrario, que el amarla y el acudir a Ella no nos hace ningún provecho, pues seguimos siendo igual de pecadores. Lo primero es una mentira y lo segundo también. Jesús nos dio a su madre como madre, entonces no puede desagradarle que Ella nos cuide como madre y que nosotros acudamos a Ella como hijos. Terminemos con unas palabras de Lumen Gentium, la constitución dogmática sobre la Iglesia, que dedica su último capítulo a María, la Virgen: «Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada» (62).

María, auxilio de los cristianos, ruega por nosotros.

- Por la Hna. Sara del Mar Martínez, SHM