Los pobres de espíritu

Cuando hablamos de pobreza, por lo general, entendemos este término en referencia a lo material. Tú sabes que eres pobre o careces de algo cuando te falta. Sin embargo, una persona puede ser rica viviendo muy pobre o, por el contrario, alguien puede ser pobre pero estar muy aferrado a sus “riquezas”.

Vamos a usar el término “pobre de espíritu” para referirnos a una persona que sabe dar no solo cosas materiales, sino también del ámbito interior: sus criterios, sus opiniones, su tiempo… Nada es suyo y siempre se amolda a la otra persona, pone por encima a los demás antes que su propio juicio. ¿Por qué? Porque es pobre y entrega todo por amor.

Qué doloroso es cuando agacho por voluntad propia la cabeza y decido valorar más la opinión del otro… Y más duele si me sobrestimo y creo que mis juicios y métodos son los mejores. Cuando te decides a preguntar: “¿Cómo prefieres hacer las cosas?”, aun teniendo en el interior el deseo de hacerlo a tu modo, ya has dado un primer paso.

La pobreza está muy ligada al silencio, pues es en el silencio de la oración donde crece. Sé pobre, no tengas nada de lo cual enorgullecerte y da a Dios lo que tienes. Pero no te que quedes con nada, contemplando tus miserias o victorias, sé cómo la viuda que entregó su única moneda y así alcanzarás cada vez más libertad. Esto solo tiene sentido en Dios, pues el mundo te enseña que tienes que ser siempre el primero, el “number one”.

La madurez de una persona se ve, justamente, en esto, en el desapego de sus cosas, tanto exteriores como interiores. Esto muestra si es madura o si es esclava de sí misma. El que no se acostumbra a decirse “no” de vez en cuando, puede llegar a tener un gran problema. Cuando Cristo invitó al joven rico a seguirle dejando sus riquezas y comodidades, este vio que no podía dejarlas y se fue triste. Jesús le miró y le amó, pero él no fue capaz responder con el mismo amor.

La pobreza de espíritu implica libertad, sencillez, sin excesos inútiles ni superficialidades. Esto es un don que hay que pedir. Quien lo alcanza es, justamente, dichoso, pues nada le hace levantar la cabeza hacia arriba ni le oprime hacia abajo; sabe que todo le viene de Dios y, por eso, su corazón solo está en Él. Quien es verdaderamente pobre es también verdaderamente humilde, porque reconoce que está necesitado y que depende de Dios.

Los frutos de vivir verdaderamente como un pobre de espíritu son la confianza, la paz y la serenidad ante las circunstancias que rodean al alma. Igual que un niño se fía de su padre, así el alma debe llegar a poder descansar en los brazos de Dios y decirse confiadamente: “Él ya lo sabe, Él ya lo hace”.

-Ana Belén Parrales