La multiplicación del chocolate

Todos estamos familiarizados con la historia de la multiplicación de los panes y los peces que se encuentra en el capítulo 14 del Evangelio de San Mateo. Jesús siente compasión por la muchedumbre que le seguía y, no queriendo despedirles en ayunas, pide a los discípulos: «Dadles vosotros de comer». Ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». Al final, Jesús multiplica los panes y los peces que le dan y, no solo sacia a todos los que estaban allí, sino que, además, sobró comida.

Ahora pregunto: ¿por qué no conocemos el milagro de la multiplicación de los panes, los peces y el chocolate?

Podríamos suponer que a la pregunta de Jesús, hubo discípulos generosos que le dieron sin reservas y sin miedo todo lo que tenían. Sin embargo, uno de ellos, llamémosle por ejemplo Judas Iscariote –que era el poseedor del chocolate—, no lo quiso entregar por egoísmo, pues viendo la cantidad de gente que había, pensó que lo mejor sería comérselo todo él cuando estuviera solo y no repartirlo con toda esa gente.

Los discípulos no sabían lo que iba a pasar. No se podían ni imaginar el milagro que Jesús iba a realizar. ¿Podría haberlo realizado sin pedirles esos panes y peces? Pues claro que sí. Era Dios. Si hubiera querido, podría haber sacado de la nada la comida para todos; pero quiso que sus discípulos pusiesen todo lo que tenían de su parte.

Ante la petición de Jesús podríamos decir que hubo tres tipos de reacciones:

Primero, hubo algunos que lo entregaron todo sin pensarlo dos veces. Estos, entre los cuales seguramente se encontraba San Juan, le lanzarían sus petates completos sin reservarse nada. El Maestro se lo pedía y eso bastaba para darle todo lo que tenía.

Otro grupo reflexionaría primero en qué era lo que tenían; luego, al ver tanta gente, dudarían, pero al final, escépticamente y con cara de preocupación, agarrando fuertemente sus bolsos, le dirían a Jesús: «yo… solo tengo un trocito de pan, algo insignificante… no da para mucho, lo estaba guardando para luego, para repartirlo entre nosotros, pero… bueno… si lo quieres…tómalo, pero si no, no pasa nada eh, me lo quedo». Al final, con sus dudas -y a pesar de ellas-, acabaron dándoselo.

Por último, tenemos a Judas Iscariote. Podemos suponer que, viendo toda la gente y el hambre que tenían, dijo para sí: «Con todos los que somos… este chocolate no nos va a quitar el hambre, así que me lo quedo yo, no digo nada y luego cuando se vayan todos, ya lo disfruto a solas». Y así fue, no dijo nada y se lo quedó.

Y por eso no se hizo el milagro de la multiplicación del chocolate.

Jesús quiere obrar milagros, pero nos pide que le demos lo poco que tenemos. No nos obliga a dárselo. Quiere que cada día le entreguemos libremente ese poco que tenemos, esa miseria, esa pequeña aportación, para hacer un milagro con nosotros. No es mucho, es un trozo de pan, un pez… Él pone el resto.

Es como el padre que ayuda a su hijo pequeño a comprar un regalo para su madre el día de su cumpleaños. El niño no tiene dinero. Entonces, meses antes, el padre le da algunas monedas para que las vaya guardando para la ocasión. Por fin llega el día. El papá lleva a su hijo a la tienda, y el pequeño se da cuenta que sus pocas monedas no bastan para comprar el regalo que a mamá más le va a gustar. El niño se preocupa, pero el padre le dice: «Tú pon lo que tienes y yo te ayudo a pagar el resto». Entonces, el pequeño pone todo lo que tiene, es insignificante, pero es su todo. Y el padre pone el resto.

Jesús nos pide nuestro todo, tu todo. Que le des tu todo día a día. Tú pones el 1% y Él pone el 99%.

Él, Jesús, llenó de vino el cáliz, lo llenó con su Preciosísima Sangre, pagó nuestro regalo, nuestra deuda. Y a nosotros solo se nos pide poner esa gota de agua, esa moneda, un pequeño sacrificio diario.

Jesús no solo acabó dándole de comer a todos, sino que los sació.  Jesús nos sacia, nos colma, siempre y cuando le demos lo que tenemos. Él solo nos pide el chocolate, quiere que se lo demos. ¿Se lo darás para que realice su milagro en ti?

P.D.: Al caer la tarde, Judas fue a comerse su chocolate y lo encontró todo derretido y pegado a la tela de su bolsillo. Al final, su egoísmo le dejó sin nada, sin su “todo”.


Hna.-Patricia

Me llamo hna. Patricia Mª del Amor Crucificado y soy Sierva del Hogar de la Madre.
Vivía una vida llena de aventuras: tirolinas, piraguas, escalada, caballos… Era monitora de campamentos; era mi sueño: lo tenía “todo”. Hasta que un día la Virgen me sorprendió viniendo de "acampada" a donde yo trabajaba e hizo que mi vida cambiara por completo.
Dejé esas aventuras del mundo por una más apasionante: vivir para Dios y mi Madre, la Virgen. Así que ahora, me he lanzado sin vuelta atrás, y mi vida es una tirolina en la que al otro lado me espera alguien: Jesús.