Una gran batalla

En un Reino en el que se iba a librar una feroz y mortal batalla, el buen y noble rey emitió un decreto pidiendo a todos sus guerreros que vinieran en su ayuda. Poco después, un poderoso caballero llegó a la Corte. «Mi señor –dijo-, he respondido a su llamada. He traído mi caballo, mi armadura y mis recursos para ponerlos a su disposición». «Muy bien –respondió el rey— tienes mi bendición».

Después de esto, un hombre sencillo y humilde se presentó ante el rey. «Mi Señor –dijo—, no tengo nada que ofrecerle. No tengo ni caballos ni armas. No tengo nada que entregarle más que a mí mismo, pero sé que es un rey bueno y noble, y le doy todo lo que soy». Inmediatamente, el rey se levantó de su trono y gritó a sus ayudantes: «Rápido, ensillad mi caballo, coged mi armadura y dadle a este hombre mi propia espada, porque este buen hijo mío ha venido a servir, se vestirá con mi propia fuerza para la batalla y ganará gran gloria para el reino bajo mi bandera». 

Esta pequeña parábola encierra muchas enseñanzas que nos pueden ayudar en nuestra vida espiritual. Aunque no lo sepas o no lo quieras reconocer, todos estamos inmersos en una gran batalla espiritual; es una batalla entre el bien y el mal, entre el Reino de Dios y el reino del Maligno. Pero, ¿qué es lo que está en juego en este combate? Tu alma: la salvación o la condenación eterna de tu alma, y no, no es ninguna broma. Pero si eliges bien al Rey al que quieres servir y de qué lado quieres luchar, no tienes nada que temer, pues Jesús dijo: «No temáis, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). 

A lo mejor nos asusta un poco lo recia que puede llegar a ser a veces la batalla. Aunque queramos servir al Señor, cuando llega la tentación a menudo nos olvidamos de nuestros buenos propósitos y nos hacemos cómplices – más o menos conscientemente – del mal. Y es verdad, somos muy pobres, muy débiles. Aunque soñamos con ser valientes e invencibles guerreros, con frecuencia la vida nos recuerda que la realidad es más bien otra, y que a veces somos disertadores. 

Sin embargo –aquí viene la parte importante, así que prestad suma atención–, es justamente allí, en nuestra debilidad, donde encontraremos la clave que nos garantiza la victoria. Aunque parezca una paradoja y nos rompa todos los esquemas mentales, es así. Es de vital importancia – literalmente de vida o muerte – reconocer y creer firmemente dos cosas: primero, que yo no soy capaz de hacer nada bueno si Dios no me ayuda; y, segundo, que Dios es infinitamente bueno, infinitamente poderoso y me ama. Como leemos en la Carta a los Hebreos, esta convicción nos otorga una confianza inquebrantable, que nos permite acercarnos al «Trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno» (Heb 4, 16). Si actuamos así, Dios nos vestirá de su misma fuerza. Si le entregamos todo lo que somos, Él realizará milagros de gracia en nosotros, «porque para Dios, nada hay imposible» (Lc 1, 37) y como a San Pablo, también el Señor nos dice hoy a nosotros: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2Cor 12, 9).

Dios ve lo que hay en nuestro corazón, conoce nuestros buenos deseos y nuestras luchas. A veces nos desanimamos pensando que lo que le podemos ofrecer es sumamente pobre, y nos olvidamos de que Él no nos juzga con los criterios del mundo. ¿Te acuerdas de la historia de la pobre viuda que, mientras todos echaban grandes cantidades de dinero en el arca de las ofrendas del Templo, echó solamente dos monedas insignificantes? Pues Jesús se fijó justamente en ella, poniéndola como un ejemplo para sus discípulos y afirmando que había dado más que todos los demás. Imitemos la generosidad de esta mujer que dio absolutamente «todo lo que tenía para vivir», no seamos tacaños con el Señor, pues el Señor no se dejará ganar en generosidad. Si le damos solamente lo que nos «sobra», si tenemos el corazón apegado y atado a las criaturas o a nuestros propios planes y no estamos dispuestos a entregarle todo al Señor sin reservas, es como si le estuviéramos diciendo que no nos fiamos de Él y que no queremos que sea Él el Rey soberano de nuestra vida. Al fin y al cabo, es dejar un resquicio abierto al diablo. 

El Señor nos ha comprado a gran precio, la sangre de su Hijo. Somos suyos, y si nos entregamos a Él, si dejamos que Dios sea Dios en nosotros, tendremos la victoria. 

Para terminar, os animamos a repetir muchas veces durante el día, especialmente en los momentos de dificultad, esta poderosa oración que se encuentra en el centro, en el corazón del libro de los Salmos y que resume el anhelo más profundo del corazón del hombre: «Soy tuyo, sálvame» (Salmo 118, 94). Que Él sea siempre el Rey de vuestros corazones, ya que solo en Él está la salvación. 


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.