Gusanos y Confesión

¿Te has confesado recientemente? Si tu respuesta es no, sigue leyendo...

(Aclaración: si estás en medio de una comida, es mejor que la termines antes de leer este artículo).

Durante su infancia, mi madre vivía en un pueblo rural lleno de niños tan pobres como ella: al no poder permitirse un calzado adecuado, caminaban kilómetros descalzos para ir a la escuela. Naturalmente, eso planteaba varios problemas, como tener que emplear mucho tiempo solo para hacer el trayecto de ida y vuelta; el riesgo de pisar algo desagradable como un cristal roto; y tener que soportar las condiciones meteorológicas que a menudo podían ser bastante hostiles.

Pero había otro problema que, a primera vista, podía pasar desapercibido: LOS GUSANOS. 

Pasar el tiempo libre trotando en los arrozales embarrados era un pasatiempo popular entre los niños del pueblo de entonces. En esos campos de arroz, muchos gusanos se alimentaban felizmente de los desechos humanos utilizados para abonar los cultivos... gusanos que podían entrar fácilmente en un humano desprevenido a través de un pequeño corte, o incluso gusanos lo suficientemente pequeños como para colarse a través de los poros de la piel del pie de alguien. 

No era raro, por tanto, que mi madre estuviera hablando con una amiga y de repente viera cómo ésta fruncía el ceño mientras un gusano se escurría por su fosa nasal. Por no decir otra cosa…

Una vez al año, para ayudar a "exorcizar" a estos niños de sus parásitos, la enfermera de la escuela les administraba una gota de medicamento antiparasitario. Una gota de este medicamento, de acción rápida y extremadamente eficaz, era más que suficiente: en cuestión de minutos, los desagües y retretes de la escuela se llenaban de pobres niños que vomitaban los gusanos de su organismo. (Eh, para ser justa, ¡os he dicho que terminarais la comida primero!) Debía de ser un espectáculo al que uno no podía acostumbrarse, por muchas veces que se repitiera a lo largo de los años de escuela.

Entonces, ¿qué tiene que ver esta pequeña y repugnante anécdota con la confesión? Bueno, si pensabas que esos gusanos eran malos, piensa en nuestros pecados y en lo importante que es para nosotros recibir el sacramento de la reconciliación. 

Cierra los ojos e imagina al diablo en el momento en que haces una buena confesión. Y me refiero a una BUENA, en la que examinas a fondo tu conciencia, imploras la gracia de la verdadera contrición por haber ofendido a Dios, y haces propósitos realmente concretos (¡y se los cuentas a tu director espiritual!) sobre cómo superar tus pecados veniales. ¿Cuánto más potente es el propio poder de Dios, que entra en un alma humillada y contrita, totalmente abierta a su gracia? Las tinieblas del demonio huirán seguramente de la presencia de la fuente de Santidad y Pureza, que entra en nosotros en el momento de la absolución, más rápido de lo que los gusanos pueden arrastrarse fuera de nuestro cuerpo. 

Si hacemos un adecuado examen de conciencia, puede ser ciertamente muy nauseabundo reconocer el mal que somos capaces de cometer cuando la gracia de Dios no viene en nuestra ayuda. Sin embargo, por muy doloroso o repugnante que sea el proceso, es mejor haber vomitado esos gusanos (es decir, haber confesado nuestros pecados) que tenerlos dentro de nosotros, acumulándose y creciendo, y haciéndonos sufrir de desnutrición. 

A veces, sin embargo, puede ser tentador decirnos a nosotros mismos: «no he cometido ningún pecado mortal, y estoy tan ocupado con los deberes/ cuidando a mi hermanito/ entrenando para ese partido de fútbol/ practicando el violín… que realmente no tengo tiempo para confesarme». O peor aún: «No he pecado tanto desde mi última confesión el mes pasado». 

Pero considera el daño que hace el pecado venial, que debilita nuestra capacidad de amar, impide el progreso de nuestra alma hacia la virtud y el bien, y evidentemente, nos hace merecer el castigo temporal. «El pecado venial deliberado y no arrepentido nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal» (Catecismo de la Iglesia Católica #1863) - así que TENEMOS que luchar haciendo un buen examen de conciencia cada día y recurriendo frecuentemente a la confesión, o acabaremos encontrando nuestra vida espiritual debilitada y al borde del colapso:

«…no desprecies estos pecados que llamamos "ligeros": si los tomas por ligeros al pesarlos, tiembla al contarlos. Un número de objetos ligeros hace una gran masa; un número de gotas llena un río; un número de granos hace un montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Sobre todo, la confesión». (San Agustín)

La Hna. Clare, mirando a Cristo Crucificado, recibió la gracia de comprender la gravedad del pecado que residía en su corazón, que la había llevado a matar a un Dios que sólo había venido a salvarla y a demostrarle su amor. Si a nosotros nos cuesta despertar la contrición en nuestro interior, también podemos pedirle que nos ayude a recibir esa gracia del verdadero dolor y la contrición. 

Corramos a Nuestra Madre Santísima y supliquémosle que nos prepare mientras nos confesamos. Ella, templo y esposa del Espíritu Santo, nos ayudará a conseguir esa conversión del corazón que el Espíritu Santo hace posible, para que podamos hacer una confesión verdaderamente contrita.

- Escrito por Winnie