Lección de Geografía para la Cuaresma

Si has estudiado Geografía antes, probablemente habrás estudiado sobre Jesús y María.

¿De qué rayos estoy hablando? Bueno, aquí tienes una idea: Dios es como el sol, y María como las nubes.

El sol es la fuente de toda la energía que da lugar a la vida física en la Tierra. Si desapareciera, la Tierra se convertiría en una bola de hielo, y los humanos en un flash. (¿Un flash con sabor a humano? ¡Qué asco!) El sol es el ancla alrededor del cual orbita la tierra; sin su atracción gravitatoria, la Tierra sería lanzada al espacio y succionada a la órbita de otras estrellas gigantescas, o peor aún, a un agujero negro.

¿Te recuerda a Dios? Sin el calor del amor de Dios – también conocido como Espíritu Santo – que transforma nuestros corazones de piedra en corazones de carne, nos quedamos revolcándonos en nuestro egoísmo e incapacidad para conocer, amar y servir a Dios y a nuestro prójimo. Sin Él para orientar y poner en orden nuestras vidas, gravitamos y terminamos esclavizados por las adicciones a nuestros móviles, a la tele, a las redes sociales, e incluso a nuestro propio cuerpo, que muchos adoran con productos de belleza o yendo al gimnasio.

A la vez, el mismo sol que da la vida es el mismo sol que podría quemarnos. El pueblo del Antiguo Testamento era muy consciente de que Dios es la justicia perfecta, y creían que si veían el rostro de Dios, seguramente morirían a causa de su pecado, un poco como la polilla que vuela demasiado cerca de la llama de una vela y provoca su propia muerte. Porque, en efecto, «si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Salmo 130,3).

Entonces, ¿qué debemos hacer, si nosotros, pobres pecadores, queremos acercarnos al Sol de Justicia? Cuando sentimos el calor abrasador del sol, siempre agradecemos una nube que pasa que nos proteja con su sombra. Para nosotros, esa es María, que con su intercesión y guía misericordiosa y maternal nunca deja de obtener el dichoso perdón de Dios. A través de las nubes cae la lluvia, así como a través de las manos de María se distribuyen todas las gracias y méritos de Dios. Si ella no derramara estas oraciones y gracias que Dios ha decidido darle, nuestras vidas estarían tan secas como un desierto, sin el agua vivificante que necesitamos para continuar en nuestro camino hacia el Cielo. Sencillamente, ¡no tendríamos ni fuerza ni vida! 

Sin embargo, sin el sol no puede haber nubes, ya que el sol es necesario para que el líquido se transforme en vapor que sube y se condensa para formar las nubes. María reconoce su estado de humildad ante Dios, que la ha agraciado con todo porque «mira su humillación». 

¿Cómo puede ayudarnos esta pequeña lección de geografía-catecismo? Al entrar en la Cuaresma, que los Evangelios comparan con un desierto, se nos pide que hagamos un examen de conciencia y nos enfrentemos a la realidad de nuestras vidas: cómo son nuestros propios pecados de palabra, pensamiento y obra, e incluso todas nuestras omisiones, que han herido tanto a Jesús. Pero la presencia misericordiosa de nuestra Santísima Madre está ahí para consolarnos, igual que se encontró San Pedro con ojos de misericordia y no de desprecio después de su negación de Jesús.

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El mismo sol derrite la cera, pero endurece el barro; las gracias que Dios derrama pueden desperdiciarse en nosotros si no las recibimos con corazón humillado y contrito.

En esta Cuaresma, no nos hundamos ni en la indiferencia ni en la desesperación a la vista de nuestros pecados, sino que resolvamos arrojarnos a los brazos de nuestra Santísima Madre, rogándole que nos enseñe sus disposiciones de docilidad y de abandono completo en las manos de Dios, para que, a su lado, permanezcamos fieles a Nuestro Señor crucificado, por grande que sea la cruz.

- Escrito por Winnie