¿Y si quiero ser diferente?

Hace unos días decidí hablar a una compañera sobre la fe… En realidad no tengo ni idea de si esta chica está tan siquiera bautizada, pero por las palabras que me dijo me daba a entender que lo mejor que yo podía hacer era esconder mi fe, que hablar de Dios era algo prohibido que solo me iba a causar problemas, y me hizo sentir un gran rechazo por su parte. 

Lo que estaba ocurriendo, en el fondo, era que le incomodaba el tema. Quería que yo ocultase que era católica, sin llegar a comprender que es la fuente de mi felicidad, de mi esperanza… que es mi razón de ser. No quería que sus amigos supieran que yo era creyente porque eso podría suponer que ellos no me aceptarían. ¿Cuál fue mi reacción? Decir: «¡Bendito sea Dios!», porque un rechazo por ser fiel al Señor son puntos para el Cielo. 

La verdad es que la reacción de esta chica no me sorprende. En muchos casos, la manipulación y adoctrinamiento que hay en nuestra sociedad, desde las escuelas hasta los medios de comunicación, han conseguido invertir la escala de valores más fundamentales, haciendo que lo que es un verdadero bien para la persona se perciba como un mal - como por ejemplo la maternidad -, y que se valoren cosas que son en sí mismas degradantes para el ser humano - siguiendo el ejemplo, el placer por el placer -, como si con ello fuéramos a alcanzar la felicidad y la verdadera libertad. 

Al hilo de esto, y volviendo a la conversación con mi compañera, me decía que es extraño que a una persona de nuestra edad le preocupase su vida espiritual y viviera acorde a algo tan anticuado como los mandamientos.

Pero lo que más me preocupa no es que una chica que ni tan siquiera sabe que tiene un alma que hay que salvar se extrañe de esto, lo realmente preocupante es que personas que se supone que han tenido un encuentro con el Señor y que son cristianos practicantes, se dejen influenciar por lo que piensa el mundo, ya que como dice san Juan en el capítulo segundo de su primera carta: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1Jn, 15-16). Esta mentalidad mundana lleva a estas personas incluso a afirmar que la Iglesia no es lugar para la juventud. 

¿Por qué nos quieren hacer creer que Dios no puede habitar en nuestras almas? ¿Por qué tenemos que actuar como marionetas cuando hemos recibido la gracia de Dios que es lo que nos hace libres? Y lo más importante, ¿por qué se empeñan en distraernos para que no hagamos la voluntad de Dios? 

Hay gente que parece vivir por y para arrancar la fe de la vida de las personas, y yo me pregunto: ¿por qué? Es impresionante como nos quieren arrebatar la esperanza, la felicidad, pensando que te están haciendo un bien cuando te animan a pecar. Sus argumentos son siempre los mismos: «estás perdiendo tu juventud, esa felicidad no es real, eso no es propio para tu edad, tú mejor ve y drógate para ser como el resto, para no desentonar…» 

Pues yo, con San Pablo, grito a los cuatro vientos que «NADA NI NADIE ME SEPARARÁ DEL AMOR DE CRISTO» (cf. Rm 8, 35-39) porque esta es nuestra única y verdadera seguridad, fortaleza y felicidad. 

Chicos, no tengáis miedo, anunciad el evangelio. El diablo nos quiere callados porque no quiere que las almas se salven, trata de desanimarnos porque no quiere que seamos felices; pero, aunque puedan venir cansancios, la gracia de Dios no falta nunca, no os desaniméis, no perdáis la esperanza porque estamos en el equipo vencedor y tenemos que salvarnos, y con nosotros el resto de almas que tenemos alrededor. 

-Ana Pérez