La gran lección de un videojuego

Nunca me han gustado los videojuegos, pero tengo sobrinos muy pequeños a los que les encantan, y con ellos he jugado muchas veces. Por eso conozco cómo funcionan y las tácticas que hay que seguir si quieres llegar al final. 

A pesar de no gustarme, el Señor lo ha utilizado para explicarme cómo actúa Él en mi vida. 

Un día entré en la capilla dispuesta a hacer oración como todos los días, y al empezar, después de concentrarme y tratar de hacer silencio, tuve la experiencia de estar metida dentro de un videojuego. «Qué desconcentrada estoy, vamos a empezar de nuevo…», fue lo primero que pensé. Empiezo de nuevo, cierro los ojos, y otra vez, ahí estoy, dentro del videojuego. Tuve la sensación de que había alguien cerca de mí y al mirar un poco me di cuenta de que era Jesús, y junto a Él, la Virgen. 

En los videojuegos existe la posibilidad de jugar en grupo. Cada uno es un personaje diferente que tiene habilidades y poderes específicos. La meta es muy simple: luchar contra los enemigos, superar niveles, y llegar a conquistar todos los niveles posibles. La pieza clave para ganar consiste, por lo tanto, en tener un buen equipo.

El juego parecía sencillo: caminar y reconocer el lugar. Después comenzó a complicarse y aparecieron los primeros enemigos. Su ataque siempre se dirigía contra mí. Como en todos los juegos, la estrategia es vencer al otro equipo atacando a los personajes más débiles. En este juego tan particular pronto entendí que yo era ese “personaje débil”, y aunque trataba de defenderme no podía, no tenía ningún poder. Lo único que podía hacer era correr. Tras intentar huir durante bastante tiempo, uno de los que me perseguía me alcanzó, y cuando me iba a atacar apareció enseguida uno de mis compañeros de equipo y se puso entre mi enemigo y yo. Era más grande que yo, y recibió todos los ataques que iban para mí. Con cada ataque, bajaba mi nivel muy rápido, pero el suyo, en cambio, no se acababa nunca. 

Como habrás podido adivinar, ese compañero era Jesús. ¡Qué alivio saber que estaba en mi equipo! Él me defendía para que no me quitasen la vida, solo me pedía permanecer a su lado. 

En la vida espiritual hay muchas luchas, caídas, momentos difíciles… pero si nos mantenemos junto al Señor, que es la fuente de la vida, tendremos esa vida en abundancia que Él nos quiere dar, sobre todo en la Eucaristía. Con su Cuerpo y su Sangre, recargas toda la vida que te han quitado, así como las fuerzas que tantas veces se desgastan. Solo en Él y con Él podemos vivir. Poco a poco fui entendiendo lo que Jesús quería explicarme con todo esto, pero aún faltaba más. 

Dentro del juego, muchas veces hay emboscadas o trampas en las que, si no tienes experiencia, caes con facilidad. Eso fue lo que me pasó a mí. Entré en una especie de casa abandonada y resultó ser un ataque terrible. Había enemigos por todos lados, era imposible salir. Jesús, mi compañero de equipo, hacía frente a todos los ataques – y eran muchos – pero yo no encontraba la salida. Fue en ese momento cuando apareció otro miembro del equipo que hasta entonces no había entrado en juego, al menos visiblemente: la Virgen María. Cuando apareció salió una gran luz de Ella que iluminó toda la casa y todos los enemigos desaparecieron al instante. Tenía un poder tal que no había enemigo que pudiera con Ella. 

Ella es la mejor aliada que podemos tener en la vida espiritual. Es tu Madre, y si la buscas, siempre está. Su intercesión es muy poderosa. Las tentaciones o las luchas que tengas, si las vives junto a María, no te vencerán. Muchos santos dicen que el demonio huye ante Ella. Eso fue lo que pasó en el videojuego. Todos los enemigos desaparecieron. ¡Menudo equipo! Jesús, que con su vida infinita luchaba para que no me matasen, y la Virgen, que con su poder vencía a los enemigos más poderosos. 

El juego seguía. Algunas situaciones se repetían y yo ya iba aprendiendo a buscar a María y llamarla, y a refugiarme en Jesús ante los ataques. Y así ese nivel en poco tiempo quedó completado. El siguiente paso era pasar al siguiente nivel. Llegamos a una gran puerta. Pensé enseguida que Jesús o la Virgen la abrirían, pero no fue así. 

Me miraban como diciéndome: «Ahora te toca a ti. Es tu turno». Yo no tenía ningún poder. Me seguían mirando y Jesús finalmente dijo: «Yo no puedo hacer esto por ti», y Nuestra Madre: «El límite de mi poder es esta puerta». Busqué en mis bolsillos y encontré muchas llaves. Entendí entonces que existen muchos niveles. Estábamos solo en el primero, y aunque no tuviera ningún poder, tenía las llaves que me permitían abrir las puertas de cada nivel. “Esas llaves son tu voluntad”.

Jesús me explicó con todo eso aquella frase que dice: «Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti». Es verdad que es el Señor el que lleva nuestra vida espiritual, quien nos defiende en el combate. Es cierto también que la Virgen es refugio en todo ataque y defensa ante el maligno, y con ellos la victoria es segura, pero tanto Ella como Jesús están siempre a la espera de mi «sí».

El arma más poderosa que yo tengo es mi voluntad. Sin ella no puedo avanzar en la vida espiritual. Hemos visto que el papel – la presencia— de Jesús es imprescindible y la ayuda de Nuestra Madre necesaria. También lo es que yo ponga toda mi voluntad en el combate espiritual a favor de Jesús y María, alistarme en su ejército; solo así ellos podrán actuar en mí para vencer la batalla que se presente. 

- Mayra Rodríguez, HM Ecuador