¡Hazlo a lo grande o no lo hagas!

Hace un tiempo tuve la gracia de participar en la misa de Confirmación de los jóvenes en mi parroquia de Singapur. Celebró el arzobispo y predicó una homilía muy buena, que conmovió a mis padres.

El obispó hizo hincapié en la importancia de ser responsable para hacer crecer nuestra fe incluso después de la confirmación.

¡Busca a personas que sean testigos reales de la fe, busca programas que te ayuden a crecer, ve a buscar actividades y haz amigos que te ayuden a proteger, nutrir y hacer crecer el regalo que Dios te ha dado! ¡¡Es tu fe!!

Después se dirigió a los padres y padrinos que estaban allí, y les preguntó si ellos habían sido testigos fieles para sus hijos y ahijados. 

¿Han educado a sus hijos? ¿Les han explicado lo que está bien y lo que está mal? ¿Acaso saben lo suficiente sobre la fe? ¿O es una fe débil? Y, su relación con Dios, ¿es temerosa, como el hombre que enterró su talento porque tenía miedo de su maestro?

Más importante aún, ¿han arriesgado algo por Dios? ¿Educando a sus hijos, arriesgando discusiones, guerras frías, berrinches y malos comportamientos? ¿Haciendo cambios en vuestras vidas y en vuestras rutinas para que puedan predicar con el ejemplo, ser testigos de la fe y mentores para sus hijos? ¿Sacrificando tiempo con los amigos para pasarlo con sus hijos, o con el Señor en el Santísimo Sacramento?

¿Has arriesgado algo por Dios?

Yo fui una escaladora ávida cuando estaba en la universidad y en el instituto. Aun teniendo miedo de las alturas, me encantaba la sensación de estar en una posición peligrosa en la pared o en el acantilado. Estar enganchada por un arnés y un trozo de cuerda más delgada que mi brazo, y posiblemente también más delgada que mis huesos, sintiendo el viento soplar a 10 metros del suelo y perdiendo el agarre de mis manos. Me encantaba esa sensación. 

Incluso cuando estaba escalando en el gimnasio o fuera, siempre tenía un límite. Siempre llegaba ese momento en el que tenía miedo a correr ese riego. Porque podía resbalarme y caerme por no llegar a sujetarme, porque mis brazos y mis dedos estaban doloridos y se iban, porque soy muy bajita, porque no soy suficientemente fuerte, porque mi técnica es mala, porque estoy cansada… porque … porque … porque.

Bien, honestamente es porque tenía mucho miedo. Estoy segura de que os lo podéis imaginar. Seguro que lo habéis experimentado alguna vez.

Tenía miedo. ¡Estaba aterrorizada! El miedo era siempre un obstáculo para llegar a mi meta. El miedo siempre me impedía alcanzar mi sueño. El miedo estaba siempre me impedía confiar en la habilidad que Dios me dio.

Cuando estamos en la roca, todos llegamos al punto donde tenemos que decidir: ¿Me rindo? ¿O me empujo a mí mismo y corro el riesgo? 

Muchas veces me daba cuenta de que ese miedo era solo una ilusión. El miedo era un obstáculo que podía superar. Y ese miedo no era real. Me frenó de hacer muchas cosas, pero cuando sí corría el riesgo, al final pensaba: "Bueno, ¡no era para tanto!". 

Había un cierto sentimiento de logro, pero aún más, había un sentimiento de libertad. Adictos a la adrenalina, vosotros chicos, sabéis a lo que me refiero.

Y si lo piensas, podemos decir lo mismo sobre nuestra fe.

¿Has tenido miedo de hablar con alguien sobre la fe? ¿Sobre tu fe?

¿Has compartido tu testimonio sobre cómo Dios te ha tocado? No tiene que ser nada cursi, solo de la manera en que te ha tocado en la homilía, o durante una charla, o lo que fuera que leyeras o vieras en la calle.

Dios está en todas partes.

Él está constantemente hablándonos. Siempre nos está cortejando como un chico locamente enamorado de nosotros. Siempre nos está protegiendo, nos sustenta, pasa tiempo con nosotros y nos baña con su amor como padres devotos. Este es nuestro Dios. Nuestro poderoso e increíble Dios.

Y se merece que tomemos el riego. ¡Él merece ese riesgo!

Nosotros arriesgamos mucho por muy poco… ¿Por qué no lo hacemos por Dios?

Arriesgamos nuestra salud para entrar en nuestra ropa, arriesgamos nuestra vida para tener un subidón de adrenalina… esto solo dura treinta segundos.

¿Por qué el miedo cuando se trata de Dios? ¿Por qué la vergüenza cuando tenemos que hablar de Él? ¿Por qué huir del amor perfecto?

San Juan nos anima cuando dice: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo» (1 Juan 4,18).

A Dios no es a alguien a quien hay que temer. Dios es amor. La forma más pura de amar que existe.

Dios no es alguien de quien deberíamos avergonzarnos. Dios está muy orgulloso de nosotros, ¡¡Él le habla a todos de lo buenos que somos!!

Dios no es alguien que nos haga daño. Dios siempre tiene las mejores cosas para nosotros. Planes que son para nuestra felicidad, amor y alegría.

Si no corremos el riesgo con Dios, nunca seremos capaces de encontrar lo que nos ofrece. Nunca descubriremos el tesoro que Él nos está dando. Nunca conoceremos a Dios de una manera más profunda. Si no corremos el riesgo, nunca creceremos.

Así que, da un salto en la fe. Haz lo que Dios te esté pidiendo. Responde a esa llamada. Comienza dando gracias antes de las comidas, Misa frecuente entre semana, reza el rosario con tus amigos, o incluso con tu familia.

«Si no arriesgamos nada por Dios, nunca haremos por Él algo que valga la pena» San Luis María Grignion de Montfort. 

- Escrito por Stephanie Chia