¡Ánimo!

¿Tienes un hermano más pequeño en casa? ¿Has observado alguna vez cómo aprende un bebé a darse la vuelta? ¿Has visto cómo luchan, utilizando todo su cuerpo y agitando todas sus extremidades, solo para darse la vuelta?

¿O has visto a un niño pequeño aprender a dar sus primeros pasos? ¿Te has fijado en cómo todo su cuerpo se tambalea al intentar llevar su peso sobre sus pequeñas piernas? Es un verdadero misterio cómo aprendemos todas estas cosas por nuestra cuenta. No hemos aprendido estas cosas en la escuela ni las hemos aprendido gracias a instrucciones.

Pero ¿has notado alguna vez la reacción de la gente a su alrededor cuando pasan estas cosas: cómo los padres se vuelven locos cuando sus hijos aprenden a darse la vuelta, cómo animan siempre al niño a volver a intentarlo una y otra vez, aun con el riesgo de caerse, después de que han dado el primer paso? ¡Cómo se emocionan los padres cuando ven a su hijo intentarlo y luchar! Muchas veces, estos pequeños logros van acompañados de palabras de ánimo y apoyo.

Sin embargo, no sé si habéis notado que, conforme vamos creciendo, tendemos a oír menos este tipo de palabras. Recibes menos apoyo cuando, a los treinta, intentas hacer un salto mortal de 360 grados en tu patinete; o cuando, a los cincuenta, intentas hacer una voltereta… si es que llegas tan lejos. Hay menos reconocimiento por obtener una buena nota en un examen de una asignatura que no te gusta nada. Hay menos ánimo y apoyo cuando consigues hacer el caballito con la bici durante tres grandes segundos después de un millón de intentos. ¡Eso es un tiempo realmente largo… después de tantos intentos!

¿No es extraño? En cuanto crecemos, recibimos menos ánimo de parte de los demás. Casi parece que el apoyo y el ánimo son solo para niños, y que se espera de nosotros que perseveremos por nuestra cuenta cuando nos enfrentamos con retos y dificultades. A veces, parece incluso que nadie se interesa por las cosas que hacemos.

Pero el Señor siempre está con nosotros. Él es el padre más perfecto, que está siempre, siempre, siempre a nuestro lado. Él estaba allí dándote ánimos cuando nadie te vio hacer esa pirueta. Él estaba allí cuando nadie te vio sonreír a ese mendigo en la calle. Él estaba allí cuando nadie vio o ni siquiera notó que limpiaste tu habitación. Él conoce el sacrificio que has hecho por ahorrar dinero para comprarle un regalo a tu madre, a tu padre y a tus hermanos. Él lo sabe, y Él lo ve.

Muchas veces nos olvidamos de que, en todo momento y actividad, el Cielo nos está mirando y dando ánimos. Simplemente, imagínate un estadio lleno de santos, coros de ángeles y almas del purgatorio alentándote. Al mismo tiempo, sin embargo, hay también un estadio de fútbol de demonios en el infierno, esperando y deseando que tú falles. De tus decisiones depende qué hinchas te animarán más y más fuerte.

Aun cuando falles y cometas un error, si luego recibes el sacramento del perdón, habrá una celebración tan grande por ti en el cielo que no te puedes ni imaginar.

“El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso. Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría” (Sof. 3, 17).

Dios está loco de amor por nosotros. Él no nos abandona nunca. Él siempre nos anima… ¡si tan solo quisiéramos escucharle!

La próxima vez que veas a alguien luchando, abatido, o a punto de tirar la toalla, recuerda el estadio de ángeles y demonios animándote a ti… y vete a darle aliento a esa persona con una palabra de ánimo, una afirmación positiva, una sonrisa.

-Por Stephanie Chia