Los peligros de la tristeza

¿Alguna vez te has detenido a reflexionar sobre cuántos peligros tiene para nosotros la tristeza? Si nunca lo has hecho, lee el artículo completo y, seguramente al final, tendrás mucha más luz. «Aleja la tristeza de ti, porque la tristeza ha destruido a muchos, y no hay beneficio en ella» (Sir 30, 23).

El principal mal que nos causa la tristeza es, precisamente, el que, la mayoría de nosotros, no nos damos cuenta de cuánto daño puede causarnos y, por tanto, no hacemos más esfuerzos para luchar contra ella. «El dolor resulta en la muerte, y el dolor del corazón mina la fuerza de uno» (Sir 38, 18).

Algunos de los efectos que tiene la tristeza son:

1. Pereza espiritual

Es decir, actúas como si te «estuvieras arrastrando». El alma se vuelve cansada, lenta, letárgica, somnolienta por el aburrimiento. No experimenta ninguna motivación, sintiendo, además, repulsión y asco hacia todos los ejercicios espirituales y actos de virtud, como la oración, Misa, confesión, dirección espiritual, lectura espiritual, rosario, caridad...; llegando, en los peores casos, a abandonarlas totalmente. 

El alma se siente incapaz, inútil y torpe para todo buen trabajo. A veces la situación llega a ser tan deplorable, que cualquier ejercicio espiritual se vuelve molesto, enfadándote incluso con todos los que intentan ser virtuosos y tener una vida de perfección, pudiendo ser un impedimento para que otros vivan esa vida de virtud o sean fieles a sus compromisos.

2. Ira, amargura, impaciencia, rudeza, irritación, celos, falta de caridad

La tristeza te lleva, muy fácilmente, a estar de mal humor, a ser impaciente, grosero, áspero, amargado, enfadado, irritado, etc. Cuando uno se encuentra en este estado, la cosa más insignificante le hace explotar, cosas que en una situación normal no nos hubieran molestado y que sin embargo, en esta situación, nos hacen cometer faltas terribles contra la caridad.

3. Sospecha, miedo, juicio presuroso

«Donde hay amargura no hay comprensión» (Sir 21, 15, La Vulgata). Esta ira puede hacerte sospechar y juzgar a los demás, y, normalmente, deja tu alma tan inquieta que te quita la paz, sentido común y buen juicio. Además, te quitan la sensatez, te vuelves irracional, dejando de tener tus pensamientos fundamentos lógicos por tus miedos y sospechas, «te ahogas en un vaso de agua» y no reaccionas ni juzgas las cosas correctamente.

4. Sobre la sensibilidad, la autocompasión, la victimización

Cuando cedes a la tentación de la tristeza, te vuelves egoísta, mirándote demasiado a ti mismo y tus preocupaciones. Como solo te compadeces de ti mismo, dejas de estar atento a las necesidades, alegrías y sufrimientos de los demás; te conviertes en una víctima, mirando solamente tus problemas, que normalmente son insignificantes o desproporcionados. Tiendes a ser demasiado sensible, recibiendo lo que otros hacen o dicen como un gran golpe que te sumerge profundamente en tu melancolía y amargura.

5. Corrosión espiritual

Lo que las polillas le hacen a la ropa, lo que las termitas le hacen a la madera o lo que el óxido le hace al metal, eso es lo que la tristeza le hace al corazón. Un trozo de tela comido por las polillas ya no vale nada, un trozo de madera comido por termitas o un trozo de metal corroído, no se pueden usar para construir nada sólido y estable, porque se desmoronaría bajo cualquier peso. Cuando cedes ante la tristeza y la melancolía, te vuelves inútil porque no puedes soportar ningún peso. 

6. Tentaciones y caídas

«A muchos ha matado la tristeza». (Sir 30, 25, La Vulgata). Algunos santos han comparado la tristeza con un nido de ladrones y una guarida de demonios. En esas sombras de oscuridad y confusión que experimentas cuando estás triste, el diablo está escondido y esperándote, porque una vez que caes en la tristeza, él puede atacarte con todo tipo de tentación, aprovechando tu debilidad. 

Cuando te dejas llevar por la tristeza, el diablo te tienta con desesperación y pérdida de confianza en el amor de Dios: «Esto no se puede arreglar, Dios no puede perdonarme», tal como lo hizo con Caín y con Judas. Pensar esto es no entender el amor que Él tiene por nosotros. En otras ocasiones, el diablo puede tentarte con los placeres del mundo y de la carne bajo el disfraz de que estas cosas aliviarán tu estado actual y traerán algo de placer a tu corazón.

Otra de las cosas que utiliza el demonio es nuestra falta de generosidad con el Señor. Como el alma está perezosa y se vuelve egoísta, empezamos a ser rácanos con Él y dejamos de darle con alegría lo que nos pide, privándonos de las gracias que Él quería darnos a nosotros y a otras almas. Dejándote llevar por la tristeza, pierdes un tiempo precioso para acumular tesoros en el cielo, careces de la fuerza necesaria para el apostolado y dejas de ser testigo de la alegría de la fe. Además, dejas de amar a Dios todo lo que podrías, que es justamente lo que quiere el diablo, que Dios no sea amado como debiera.

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Ahora probablemente estés pensando: ¿Cómo es posible que todo esto sea tan obvio y sin embargo yo nunca me había dado cuenta? ¿Recuerdas lo que dije al principio de que hay una gran ignorancia sobre la gravedad de la tristeza? El diablo ama esta ignorancia y quiere mantenernos en ella porque de esa manera somos débiles, no luchamos y, así, puede continuar atacándonos con tanto éxito. Si él nos hace caer y nos quita la alegría, significa que, al final, nos quita nuestra gloria en el cielo y la gloria que le habríamos dado a Dios si hubiéramos sido fieles. 

Si este artículo ha sido luz para ti, da lo que has recibido. Compártelo con alguien, o con muchos, para que también pueda ser una luz para ellos. «Por eso, fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura» (Hebreos 12, 12-13). 

María, causa de nuestra alegría: ¡Ruega por nosotros! «La misericordia de Dios es hermosa en el tiempo de la aflicción, como una nube de lluvia en el tiempo de la sequía» (Sir 35, 24).