Déjalo pasar

«Ser o no ser, esa es la cuestión». Si has escuchado esta expresión una vez, la has escuchado miles de veces. Hamlet es conocido en el mundo de habla inglesa y más allá, por sus soliloquios profundos y estimulantes. Cuando leí por primera vez Hamlet, de Shakespeare, lo que realmente me llamó la atención fue el tema de la aceptación.

La aceptación no era lo primordial para Hamlet. Pensó una y otra vez en lo que le había sucedido, qué destino había traído y cómo debía reaccionar. Siempre estaba dando vueltas a lo que había pasado; no podía soportar la idea de lo sucedido: «¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos?» (acto 4, escena 10). 

Reflexionando sobre la jugada me pareció que Hamlet siempre volvía al mismo punto: es así pero no debería ser así. La existencia, la vida misma, su destino, cómo la vida había llegado a su camino le disgustaba: «¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él, es un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos.» (acto 1, escena 5). Esta incapacidad para aceptar la realidad tal como era lo lleva incluso al punto de contemplar el suicidio. Gime: «¡Oh! ¡Si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y liquidarse, disuelta en lluvia de lágrimas! ¡O el Todopoderoso no asestara el cañón contra el homicida de sí mismo! ¡Oh! ¡Dios! ¡Oh! ¡Dios mío!» (acto 1, escena 5). Hamlet era indeciso sobre cómo actuar o quería huir de la realidad tal como la encontró, pero no le quedó claro la necesidad de aceptar primero la realidad tal como es.

Nosotros también podemos encontrarnos reflejados en la ansiedad e incapacidad de Hamlet para aceptar la vida tal como viene. Sabemos que las cosas son de cierta manera, pero cuando se trata de dar un paso, buscar cómo actuar, qué hacer, volvemos al mismo problema, dándonos cuenta de que nunca hemos aceptado la situación en primer lugar. La protesta que se nos escapa es: «¡Pero no es así como debería ser!» Al leer Hamlet podemos comenzar a vislumbrar una realidad en nuestras propias vidas: el primer paso a menudo es simplemente la aceptación.