Cinco tentaciones típicas del cristiano “avanzado”

Como no puede hacer daño directo a Dios, decidió herirle usando a las criaturas a las que Dios ama más: a nosotros. Así que, a ninguno debería sorprendernos, menos aún a los cristianos (su presa favorita), que el demonio esté constantemente atacándonos y tentándonos.

La cuestión es que él es muy astuto y nosotros los cristianos estamos muchas veces “fuera de juego”. Creemos que por ir a misa, rezar el rosario y vivir una vida aparentemente coherente con nuestras creencias, estamos exentos de todas las luchas espirituales contra el enemigo. La triste realidad es que eso no es verdad. De hecho, el demonio hace un doble esfuerzo cuando ve que estamos viviendo una vida coherente y crea nuevas estrategias de ataque. Ya no nos tentará con lo que nos tentaba antes, porque sabe que lo rechazaremos de inmediato. En lugar de hacer eso, nos presenta “pensamientos espirituales” y usa nuestros sentimientos para tratar de hacernos perder nuestra relación con Dios.

¿Qué clase de pensamientos espirituales y sentimientos usa para tentarnos? Los que veremos a continuación. Son lo que podríamos llamar las tentaciones típicas de los cristianos que han empezado a dar pasos hacia la santidad.

Uno de los mayores cambios espirituales que Dios nos pide cuando nos hemos determinado a ser cristianos de verdad, es no estar tan centrados en nosotros mismos y pensar más en los demás. Dios hace esto para que podamos ver por nosotros mismos, que hay más alegría en dar que en recibir. Y precisamente aquí, en esta batalla espiritual, el demonio saca sus armas. ¿Por qué? Porque es muy difícil engañar o hacer caer a una persona que tiene su mirada puesta en Dios y en su prójimo. El demonio, de alguna manera, necesita que nuestra mirada esté puesta en nosotros mismos para poder atacarnos con éxito. Veamos algunas de las sutiles maneras que usa el demonio para hacernos caer en la trampa:

1. La fe es un contenido, no una relación

La fe cristiana es una relación viva con Jesucristo y se manifiesta de muchas formas: lo que creemos, lo que queremos, lo que pensamos y lo que decidimos. Es una fe que sopla y enriquece nuestra vida entera, porque es una fe viva, basada en una relación real con Jesús. Cuando la vida cristiana se alimenta del diálogo amoroso con Cristo, el demonio puede hacer poco o nada contra nosotros. Su estrategia, por lo tanto, consiste en destruir esa relación. ¿Cómo? Tratando de hacer que nuestros pensamientos y sentimientos religiosos, nuestros deseos de santidad, nuestra devoción a la Eucaristía, nuestra sensibilidad social y espiritual se conviertan en una meta personal, algo que alcanzamos por nosotros mismos, en lugar de ser un regalo que recibimos.
Lo que el demonio quiere de nosotros es que nos convirtamos en personas religiosas sin Dios. Quiere que creamos que podemos convertirnos en mejores cristianos sin ayuda de nadie, sin un trato personal con Jesús. Y esto convierte la fe en mera ideología: tienes un conjunto de ideas en las que crees (doctrina) y sigues sus costumbres propias (tradición), que luego se convierten en reglas de conducta útiles para llevar una vida recta (moralidad). Tal vez no suene a gran cosa, pero en realidad el demonio ha logrado lo que quería. Nos ha convertido en cristianos adoctrinados que cumplen rituales y prácticas católicas, y que incluso pueden ser considerados como buenos ejemplos morales, pero que por dentro están muertos. Sin una relación personal con Jesucristo, la fe está vacía. Está muerta porque ya no tiene corazón, y sin él no podemos amar.

2. La sensualidad

En la vida espiritual es crucial rezar y cumplir con nuestras obligaciones religiosas con amor. Cuando hacemos esto, no es malo sentir satisfacción y paz interior. Estamos haciendo lo que la Iglesia nos invita a hacer y ¡estamos perseverando! Es bueno sentirse contento en las prácticas espirituales, pero debemos ser prudentes. Es fácil perder de vista el acercamiento a Dios y el fortalecer nuestra relación con Él al caer en la trampa de cumplir con todas nuestras devociones o rezar solo porque nos hace sentir bien. Hay veces que Dios nos dará su consuelo, y eso es genial, pero también hay momentos en la vida espiritual en los que tal vez no “sentiremos” que está cerca de nosotros, o no “sentiremos” el deseo de ir a misa, pero no nos dejemos engañar. Dios quiere que le amemos por lo que es, no por lo que nos da. Debemos ser fieles a nuestros compromisos con Dios contra viento y marea, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad. Y un examen de conciencia diario es lo que la Iglesia recomienda para ayudarnos en esto.

3. Apegos a ideas y planes

Amamos el éxito; somos humanos. Queremos que nuestros planes salgan bien y por ello rezamos para que así sea. Y no hay nada malo en eso. Dios también quiere que nuestros esfuerzos apostólicos triunfen. Pero el demonio es consciente del hecho de que el corazón humano muchas veces le da demasiada importancia a los planes personales, hasta el punto de que podemos sumergirnos en lo que estamos haciendo y olvidarnos del motivo por el que lo estamos haciendo o por quién lo estamos haciendo. Esto puede pasar fácilmente, por ejemplo, con los proyectos de evangelización y apostolado. El hecho de que el objetivo de lo que estamos haciendo sea evangelizar no nos inmuniza de desplazar a Dios del centro y ponernos a nosotros mismos. Al demonio le encanta hacernos pensar que estamos haciendo el trabajo por Dios, cuando, en realidad, lo estamos haciendo por satisfacción propia. Hay gran cantidad de cosas buenas y santas que podemos hacer, pero no tienen por qué ser necesariamente las que Dios quiere para nosotros. Por ello es tan importante ponernos en manos de Dios y pasar tiempo delante de la Eucaristía, poniendo nuestro corazón y nuestros planes ante él.

4. Fariseísmo

¡Qué bien! Estamos viviendo una vida limpia, vamos a misa, pensamos como cristianos y ayudamos a los ancianos a cruzar la calle. Tomémonos de las manos haciendo un círculo al que nadie puede unirse a menos que vivan la virtud como nosotros. ¿Esto te parece bien? Claro que no. Pero la terrible realidad es que juzgar y despreciar a otros por no vivir y pensar como nosotros es una práctica común cuando estamos avanzando en la vida espiritual. Obviamente, esto no es la madurez; es otra táctica que al demonio le gusta usar para que disfrutemos de nuestro nuevo rol de fariseos de Dios. Pensamos que podemos definir quién vive una vida de fe y quién no. Podemos pasar un largo tiempo por la noche en oración de reparación por los pecados de otros y llorar porque el mundo se está derrumbando, cuando, en realidad, nosotros mismos estamos ciegos y ofendemos a Dios con nuestro amor propio. Si has caído en esta trampa, lo importante es reconocerlo con humildad. Dios no estaba bromeando cuando dijo que las prostitutas y los publicanos entrarían en el reino de los cielos antes que los fariseos, así que no juzgues tan a la ligera. Siempre hay que crecer en santidad, y la mejor manera de mantenerse en la pista es pedir a Dios que te mantenga humilde.

5. Falsa perfección

Esto puede sorprender, pero el demonio puede tentarnos con cosas en las que podamos vencer fácilmente para hacernos sentir bien, santos y bastante virtuosos. Esta es una trampa peligrosa, porque nos lleva al orgullo espiritual. Por nosotros mismos, no somos capaces de vencer al príncipe de las tinieblas; es solo por Dios, que nos da su gracia. El orgullo espiritual nos lleva a creer que somos capaces de vencer cualquier tentación solos si nos lo proponemos. Dios y su gracia se van por la ventana y vemos un camino pavimentado de tentaciones con las que el demonio nos muestra quién es en verdad. Incluso podríamos estar rezando mientras luchamos contra nuestro pecado, pero no será el centro de nuestra batalla espiritual, porque estamos ya convencidos de que vencemos por nosotros mismos. Cuando descubrimos que no podemos combatir las tentaciones solos perdemos la paz. ¿Por qué? Precisamente porque pensamos que ya éramos suficientemente virtuosos y buenos. El siguiente paso al que esto nos lleva es a abandonar toda esperanza y desesperarse hasta el punto de no creer en la misericordia de Dios. Pero la verdadera perfección cristiana consiste en morir y resucitar constantemente. Se expresa en un amor humilde que nunca se coloca a sí mismo por encima de nadie ni se engrandece por sus éxitos. Es una perfección que sabe su completa dependencia de la ayuda de Dios, porque ve su pequeñez ante la grandeza de la llamada de Dios. No se atribuye a sí mismo ninguna victoria, porque reconoce que la victoria viene solo de Dios, que es puro don.

Así que mientras avanzas por el camino de la santidad, ten en cuenta estas tentaciones tan típicas y mantente en guardia, porque "vuestro enemigo, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (1 Pe 5, 8).