María, nuestra jardinera

Querida alma escogida:

Hace poco estaba trabajando en el jardín y me di cuenta que había una mariposa muy bonita volando entre mis plantas. Tenía unas pálidas manchas amarillas en sus alas y una cola de color naranja oscuro. “Poco común, pero atractiva” -pensé-. ¡Me maravillé al verla y me alegré de ver una tan cerca de mí!

Una semana después, me di cuenta de que mis plantas estaban plagadas de agujeros. Miré un poco más a fondo y vi orugas en mis plantas antiguas, y en las que acababan de florecer dos días atrás. ¡Las hojas más frescas y jóvenes! ¡Jo! Me enfadé y entristecí, no pensé que una mariposa trajese tantos males a mis plantas.

¿Por qué no pensé en esto?

Ni siquiera me pasó por la mente. Estaba tan ocupada en contemplar la belleza de esta mariposa que olvidé lo que podría traer consigo… ¡huevos!

Los huevos de mariposa son muy pequeños y normalmente los ponen por debajo de las hojas. A veces se pueden encontrar en el tallo o en la parte superior de la hoja. Estos pequeños huevos de color amarillo pálido son una gran molestia cuando se convierten en orugas. También dejan las hojas de las plantas agujereadas.

Un día, durante la adoración al Santísimo, me di cuenta que nuestra fe es similar. Nuestra fe necesita crecer constantemente, ¡como una planta! Cuanto más joven es la planta, más nos damos cuenta de que ha crecido. Las semillas brotan de la tierra, crece el brote, salen hojas… ¡todo esto es emocionante!

A medida que va creciendo y madurando, vemos cambios menos llamativos en la planta, hasta que las flores y frutos aparecen. La planta permanece viva, pero nos preguntamos si está creciendo y las cosas parecen un poco aburridas. A veces, incluso nos preocupamos cuando las hojas se empiezan a caer.

Plagas e insectos -aún los bonitos- tienen una gran atracción por las plantas. Su fragancia y su color les atrae. Mientras crece y madura la planta, las flores y los frutos empiezan a aparecer. Necesitan un gran cuidado para prevenir que los insectos y las plagas, e incluso los animales (como los pájaros), ataquen a la planta y sus frutos.

Es similar en la vida espiritual: mientras crece nuestra fe, tenemos que protegerla, como un agricultor protege sus cosechas, como un jardinero protege su jardín.

Las plagas viene en todas las formas y tamaños. Se pueden localizar rápidamente. Las cosas que pueden herir nuestra fe son obvias para nosotros, como mentir, robar, descargar música y vídeos inapropiados, matar a alguien, etc. Pero, en ocasiones, aun lo que parece “bueno” e “inofensivo”, como las bellas y atractivas mariposas, pueden dañar la planta. De igual forma, lo que tiene apariencia de “bueno” e “inofensivo”, como la música, los amigos, los libros o las películas pueden ser peligrosos para nuestra alma en crecimiento.
Necesitamos estar alerta todo el tiempo de las cosas que pueden causar perjuicio en nuestras almas, aunque estas parezcan inofensivas.
San Luis Grignon de Montfort escribe acertadamente en “El secreto de María” cómo dejar a María, nuestra Madre, vivir y reinar en nuestras almas para ayudarnos.

“Cualquier cosa que pueda asfixiar el árbol o evitar el paso de sus frutos, como las espinas y los cardos, debe cortarse y eliminarse. Esto significa que, mediante la abnegación y la autodisciplina, debes acortar de manera seductora e incluso renunciar a todos los placeres vacíos y las relaciones inútiles con otras criaturas. En otras palabras, debes crucificar la carne, mantener una guardia sobre la lengua y mortificar los sentidos corporales.

Debes cuidarte de las larvas, que hacen daño al árbol. Estos parásitos son el amor por uno mismo y el amor por la comodidad, y se comen el follaje verde del árbol, frustrando la justa esperanza que ofrecía de producir buenos frutos; porque el amor al yo es incompatible con el amor a María.

No debe permitirse que este árbol sea dañado por animales destructivos, es decir, por los pecados, ya que pueden causar su muerte simplemente por su contacto. No se les debe permitir ni siquiera respirar sobre el árbol, porque su mera respiración, es decir, los pecados veniales, son los más peligrosos cuando no nos preocupamos por ellos.

También es necesario regar este árbol regularmente con sus comuniones, misas y otras oraciones públicas y privadas. De lo contrario no seguirá dando frutos” (El secreto de María, nº 73-76).

¡Que nuestra Madre nos ayude a perseverar y a permanecer vigilantes, a la vez que confiamos nuestro crecimiento espiritual a su cuidado!