¿Rosas o espinas?

¿Cuántas veces has perseguido una meta que pensabas que te haría feliz? ¿Y cuántas veces has acabado sumido aún más profundamente en un mar de remordimientos y soledad? ¿Cuántos perfumes seductores de rosas te han cautivado y al final no han resultado ser otra cosa que espinas de decepción y tristeza?

¿Te has preguntado alguna vez cuándo cambiará todo eso?

¿Y cuándo cambiará todo esto, amigo mío? ¿Cuándo cesará la decepción? ¿Cuándo pasarán la tristeza y la soledad? ¿Cuándo encontrarás las rosas que deseas en tu corazón? ¿Dónde ha quedado la dulzura que anhelas y que jamás se tornará en amargas espinas?

Santa Bernarda escribió en su diario:
"Mi Divino Maestro, ¡he hecho una elección! Preferiría sufrir contigo hasta la muerte antes que alegrarme, aunque solo fuera por un instante, con aquellos que te insultan y abandonan… He considerado el camino ancho… He sopesado el valor de las riquezas pasajeras de esta vida… He medido la duración de sus fugaces placeres… He contemplado su vana riqueza y su gloria efímera. He visto radiantes flores bajo las que crecen las espinas del remordimiento y las decepciones de la tristeza. ¡Gracias a tu divina luz lo entendí todo! Y apartando los labios del cáliz envenenado, exclamé con los sabios: “Vanidad de vanidades, todo en este mundo, fuera del amor y servicio a Dios, es vanidad”.

¡Así que alcé la mirada y ya no vi a nadie más que a Jesús!
Sólo Jesús como mi Meta,
sólo Jesús como mi Maestro,
sólo Jesús como mi Modelo,
sólo Jesús como mi Guía,
sólo Jesús como mi Alegría,
sólo Jesús como mi Tesoro,
sólo Jesús como mi Amigo.

¡Oh sí, Jesús mío! Desde ahora en adelante quiero que Tú seas mi todo y mi vida. Te seguiré donde quiera que vayas… ¡Adelante, alma mía, ten coraje! Sube al Calvario tras Jesús y María solo por un día más. Y experimenta, entonces, junto con Jesús y María: alegría, regocijo, eternidad".

¿Te has decidido ya? ¿No es hora ya de que lo hagas? ¿Te cuesta tanto dejar atrás toda la amargura que conocías? ¿Por qué estás indeciso?

Mi querido amigo, deja atrás las decepciones y las vanidades de este mundo, alza tus ojos hacia Jesús, deja que te cure y te enjugue las lágrimas. Deja que la dulzura de su amor renueve tu corazón. Deja que sea tu todo y tu vida. ¡Síguele adonde quiera que vaya y no tengas miedo! Solo Él puede llenar tu corazón con la alegría que anhelas. ¡Deja que te haga feliz! Y aunque a lo largo del camino encuentres desdichas, nunca olvides que no se pueden comparar con el sufrimiento de no estar con Él. ¡Recuerda que algún día te regocijarás para siempre con Él en la victoria!

Que nuestra buena Madre, Madre de aquellos que caminan y buscan, Madre de los indecisos, afiance nuestros pasos y sea la estrella que nos guíe en el camino hacia su Hijo. Amén.

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6). "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24).