Nuestro camino seguro

Cuanto más nos acercamos a Nuestra Madre y más le abrimos el corazón, mejor podrá moldearlo, darle forma y formarlo a imagen de su propio corazón y del corazón de su Hijo. Se convertirá en una dulce necesidad de volver a ella constantemente y de tener una vida de unión con ella. “Mi dulce Jesús no debería ser llamado mi Hijo único , sino más bien el primero. Primero le concebí a él mi vientre, pero después de Él, o mejor dicho, a través del Él, os he concebido a todos vosotros para que podáis ser sus hermanos y mis niños, adoptándoos en el vientre de mi maternal amor” (revelación a Santa Gertrudis).

El apóstol no tendrá la devoción que le debe a María si su confianza en ella carece de entusiasmo o si su relación con ella se limita a algo puramente exterior. Al igual que su Hijo, ella mira nuestro corazón y nos tiene como sus verdaderos hijos en la medida en que nuestro amor desea responder a su amor por nosotros: un corazón firmemente convencido de su grandeza, sus privilegios y su función, al mismo tiempo, de Madre de Dios y Madre de toda la humanidad; un corazón penetrado por la convicción de que su fidelidad en la batalla contra sus propios defectos, en la batalla de adquirir virtud y el reinado de Jesús en su alma está en proporción al nivel de amor que tenemos a Nuestra Madre; un corazón que sabe que todo es más fácil, más seguro, más suave y más rápido en nuestra vida espiritual cuando la vivimos con María; un corazón que rebosa confianza filial -sin  importarle lo que le suceda- hacia el que sabe que es tierno, atento, misericordioso y generoso.

“Se avanza más en poco tiempo de sumisión y de dependencia de María que en años enteros de propia voluntad y de apoyo sobre sí mismo” (San Luis María Griñón de Montfort).

“¡Hijos míos, ella es la base de mi confianza y la razón  de mi esperanza! (San Bernardo).