¡Un sacrificio! Espera… ¿De qué?

“Ofrezcamos sin cesar a Dios un sacrificio de alabanza” (Heb. 13, 15)

¿Habías escuchado alguna vez esta frase?
Un sacrificio suena como algo que tengo que entregar, dejar. Suena como algo que me va a costar dejar; o que me va a doler. No es tan fácil como donar una camiseta antigua que ya no quiero.
Alabanzas, por el contrario, suena como algo que daríamos a alguien como recompensa por algo bien hecho, como una afirmación o aprobación por algo positivo.

¿Pero no son estas dos cosas polos opuestos? ¿Como el blanco y el negro? ¿No son excluyentes? ¿Qué relación tienen?

Dios nos pide que le ofrezcamos algo que nos cuesta, y no tanto en el sentido monetario. Nos invita a darle algo que no nos sea fácil darle.

Es en este sentido en el que Dios nos pide una sacrificio de alabanza,  especialmente cuando no nos apetece. ¿Y cuándo sucede esto?

Pues bien, cuando todo va mal, y te das cuenta de que la “ley de Murphy” existe (es broma)… Después de haber estudiado durante horas para un examen, te quedas dormido porque es un día lluvioso, te olvidas de tus apuntes y finalmente pierdes el autobús para llegar a clase... Creo que puedes pensar en ejemplos similares a estos.

Es exactamente en esos momentos cuando Dios te está pidiendo un sacrificio de alabanza y de acción de gracias a Él.

Pero, espera… ¿Y porqué tengo yo que hacer eso? ¿Estoy sufriendo y quieres que le dé gracias a Dios por eso?

Pues.. ¡Sí!

Por muy ridículo que suene, es precisamente eso lo que Él quiere que hagamos.
Dios es infinito, y Él es amor. Sus planes van más allá de los nuestros. No siempre sabremos qué es lo que Él tiene planeado para nosotros, pero una cosa es segura, siempre será para nuestro bien.  El profeta Jeremías escribe: “Bien sé los pensamientos que tengo sobre vosotros, oráculo del Señor, pensamientos de paz y no de desgracia, para daros un futuro con esperanza” (Jer. 29, 11).

Aun en ese momento de sufrimiento, de enfado, incluso de vergüenza, da gracias a nuestro Padre del Cielo, porque te está dando una oportunidad de acercarte más a Él; de crecer, madurar y confiar en Él; de aprender que, sin la ayuda de Dios y su gracia, pereceríamos; de aprender que somos muy pequeños y de que en todo lo que hacemos necesitamos su ayuda.

Así que da gracias a Dios si se te quema la comida y cuando pierdas el autobús. Dale gracias por este día lluvioso que ha mojado tus zapatos… Estas cosas no importan. Da gracias a Dios por esa fiebre alta que tienes o la tos que tienes desde la semana pasada. Da gracias a Dios por no saber aún lo que tienes que hacer con tu vida. Da gracias a Dios por haber terminado con tu novio/a.

En toda situación, da gracias a Dios. Eleva tu corazón a Él, dale gracias y pide: “¡Señor, ayúdame! ¿qué tengo que hacer?