Ferdinand

En una de las escenas de la película “Ferdinand” (2007) encontramos una situación en la que muchos de nosotros podemos identificarnos con la forma de actuar del protagonista.

En ella se observa cómo Ferdinand tiene una gran ilusión por acudir un año más con su amo a la fiesta de las flores, pero este decide que no puede ir. Ferdinand, que tiene un gran aprecio por su amo y sabe que lo que le ha mandado tiene una razón de ser, se queda triste y reflexivo pensando acerca de esta situación. Es en este momento donde vemos como el protagonista experimenta una gran lucha interna entre obedecer o seguir su propia voluntad.

Para tomar esta decisión buscará signos en los distintos acontecimientos normales de la vida que excusen su actitud, para que así parezca que lo que él quiere es lo que tiene que ser. Así, observamos cómo espera que una naranja no se caiga de un árbol y a eso le atribuye la decisión: si no cae, será que tiene que ir. Paradójicamente, la naranja termina cayendo. Vuelve a intentarlo, argumentando que si una piedrecilla del camino no se mueve, significará que debe ir a la fiesta, pero, contra todo pronóstico, llega un pájaro y se lleva la piedra. Por último, ve un huevo de gallina y decide que si cuenta hasta diez y el huevo sigue intacto, esta será la señal definitiva para acudir a la feria, pero se da cuenta de que mientras empieza a contar, el huevo se comienza a romper, y por ello se salta números y lo hace todo más rápido, para conseguir al fin llegar al 10 sin que el huevo se rompa. Esta es la excusa perfecta y definitiva. Ya lo tiene claro: ¡se va a la fiesta!, y medio segundo después el huevo se rompe.

Esta lucha reflejada de forma cómica no está muy lejos de la realidad. Muchas veces los cristianos experimentamos una gran dificultad en la toma de decisiones importantes, debido a que sabemos que debemos obrar conforme a la voluntad de Dios, pero, a la vez, sentimos una gran atracción hacia lo opuesto, que muchas veces corresponde a cosas buenas también, pero que no están dentro del plan de Dios para nosotros. Ya lo decía San Pablo: “Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco” (Rm. 7, 19).

A pesar de tener buena intención y querer obrar siguiendo lo que Dios quiere –porque sabemos que eso es lo único importante–, nos encontramos atados a nuestra propia voluntad y a una vida cómoda, apegados a nuestra mediocridad.  

En esas situaciones, en la oración y a la hora de discernir y preguntar al Señor, se busca un sentido oculto a las cosas normales de la vida cotidiana en las que parezca que la voluntad de Dios es lo que yo quiero, intentando encontrar un doble sentido a las cosas que ocurren con normalidad cada día, interpretándolas como una “señal” que Dios envía y justificando la decisión, que solo se basa en la propia voluntad y que, en realidad, no responde más que al orden normal de las cosas.

Me llama la atención lo rebuscados que somos muchas veces en nuestra vida espiritual intentando conseguir nuestros deseos. Eso impide que el Señor obre con libertad en nosotros, por nuestro miedo a salir de nuestra zona de confort, de nosotros mismos, por el miedo a entregar la vida, a pesar de que sabemos que ahí reside la plenitud de ella.  Y buscamos miles de excusas enrevesadas en vez de ponernos delante del Señor, abriéndole de par en par nuestro corazón y diciéndole: “Señor, que verdaderamente reine tu voluntad en mi vida y, si es posible, que sea en contra de lo que yo quiero, para que de una vez por todas rompas mi comodidad y mediocridad.

Recientemente, en un encuentro con el obispo José Ignacio Munilla, se le hizo una pregunta muy cercana a este tema. Se le preguntaba por qué a pesar de que un alma busca obrar conforme a la voluntad de Dios, continúa haciendo su propia voluntad en los pequeños actos del día a día, como un impulso natural y casi incontrolable, y muchas veces bajo la falsa apariencia de estar haciendo la voluntad de Dios. El respondió, dando mucha luz a todos los jóvenes allí presentes, que se trata de una cuestión de apegos. Nuestro corazón se encuentra atado por los apegos –materiales, hacia personas, o hábitos– que nos dificultan actuar libremente y que así nuestra entrega al Señor no sea ni verdadera ni total.

Por ello Mons. Munilla nos invitaba a discernir delante del Señor, a la luz de la verdad e invocando al Espíritu Santo, a qué está apegado nuestro corazón. Para ello, es imprescindible ayudarnos de un guía espiritual, para que en esta lucha pueda salir siempre victoriosa la voluntad de Dios y, por fin, podamos caer rendidos ante ella.

Pidamos por todos los jóvenes que nos encontramos en esta situación, para que nos dejemos transformar por el Señor, para que dejemos de vivir engañados en nuestra propia comodidad y nos lancemos a cumplir la voluntad de Dios. Que el Señor nos dé luz para reconocer aquello que ata nuestro corazón y fortaleza para cumplir su voluntad, y así podamos progresar en el camino de la fe para mejor amarle y servirle.

- Por Beatriz Fra, HMJ