¡No te muevas!

No muevas ni un músculo, cuando te encuentres ante una dificultad, hasta que no hayas alzado la mirada a Cristo en la cruz, porque allí verás escrito en mayúsculas cómo debes actuar. ¡Sigue fielmente este ejemplo! No desfallezcas si alguna vez te ves perturbado por tu amor propio, no abandones la cruz. Regresa a la oración y persevera en la humildad hasta que rindas tu voluntad y desees solo lo que Dios quiere para ti.  Y, si al final de la oración, “solo” has alcanzado este propósito, alégrate. Pero, si no has conseguido esto, te sentirás vacío por dentro. Ten cuidado, no des vueltas y vueltas a pensamientos inútiles para excusarte y convencerte a ser infiel al Señor. Deja que Dios more en tu corazón.
Habrá momentos de prueba en los que te sentirás privado de la consolación. De los sentimientos muchas veces se levantará una nube de polvo, y podrá en ocasiones cegarte o nublar tu visión impidiéndote ver el camino que debes tomar.

Dios permite esto por un bien mayor. Recuerda que esta es una guerra en la que los santos han recibido una corona de victoria por sus grandes méritos. En todas las dificultades y pruebas debes decir: “He aquí tu siervo, Señor, que se haga tu voluntad. Yo creo y confieso que la verdad de tu palabra permanece para siempre, que tus promesas son verdaderas y en ellas confío. He aquí a tu criatura, haz de mí lo que quieras. No tengo nada que me detenga, Dios mío. Soy tuyo”.

Dichosa el alma que se ofrece al Señor cada vez que es probada. Y si la lucha continúa y no puedes ir  tan rápido como quisieras, une tu voluntad a la del Señor, no te descorazones. Persevera en la oración y en el ofrecimiento de tu persona a Dios, y obtendrás la victoria.