El valor del sacrificio

«Un momento de dolor merece la pena por toda una vida de gloria». Se trata de una frase de la película "Invencible" ("Unbroken" en inglés), que narra la vida del atleta y soldado estadounidense Louie Zamperini. La frase es pronunciada por su hermano justo cuando Louie va a partir hacia los JJ.OO. de Berlín de 1936, para darle ánimos.

Esta frase, aplicada aquí al contexto deportivo, se refiere al sufrimiento, al sacrificio que conlleva todo entrenamiento deportivo, que bien merece la pena por toda una vida de gloria como atleta de élite, tras haber conseguido la victoria en las diversas competiciones que se puedan llegar a disputar. Sin embargo, se puede aplicar a un trasfondo mucho más profundo, a nuestra propia vida.

Muchas veces estamos dispuestos a sacrificios, ya sean grandes o pequeños, porque sabemos que nos pueden reportar beneficios. Puede ser ponerse a dieta para mejorar la línea o por motivos de salud, privarnos de algo que desearíamos comprar pensando en ahorrar, y tantos otros ejemplos que se nos pueden venir a la cabeza.

Pero cuando alguien menciona que hace un sacrificio por otros motivos, como no comer carne los viernes de Cuaresma, encontramos gente que se echa las manos a la cabeza. ¡Qué tontería!, podemos llegar a escuchar. Sin embargo, no se puede olvidar que los sacrificios que de verdad valen la pena son aquellos que nos llevan a la verdadera vida de gloria, al encuentro con Cristo y a su Reino. A veces esto se olvida, o nadie nos lo ha dicho, pero está bien alzar los ojos y descubrir cuál es la meta que nos espera.

Merece la pena cualquier sacrificio con tal de llegar al Cielo, que es el triunfo definitivo. Con esto en la mente, y en el corazón, podremos luchar mejor contra aquello que nos impide vivir en tensión de santidad. Además, gracias a la misericordia de Dios, podemos realizar sacrificios y ofrecerlos por la conversión de los pecadores, por la salvación de las almas… Los sacrificios no sólo nos ayudan a alcanzar la vida eterna, sino que pueden ayudar a otros. Sabiendo esto, que estamos llamados a algo grande y no podemos conformarnos con menos, se pueden afrontar los sacrificios con otros ojos. Nunca con miedo o pensando en el dolor que nos supondrán, sino con alegría y mucho amor en el corazón, como los pastorcitos de Fátima.

- Por Marta Troyano