Rema mar adentro

Es impresionante cómo el Evangelio nos habla a cada uno, y puede darse la situación de que uno lea un mismo pasaje muchas veces sin que le diga nada hasta que, de pronto, un día, el entendimiento se abre y la inteligencia comprende lo que el Señor quiere decir a cada uno con la gracia del Espíritu Santo.

Eso me sucedió con el pasaje del evangelio de Lucas sobre la vocación de los cuatro primeros discípulos (Lc. 5, 1-11). Partiendo de la base de que cada uno tiene una llamada y una vocación particular, es magnífico cómo un mismo texto puede decir tanto.

“Rema mar adentro” (Lc. 5, 4) es como un sinónimo de “confía en mí”. Son muchas las veces que ponemos todo bajo nuestra perspectiva y tratamos de conseguir aquello que deseamos con nuestros propios medios y según nuestras medidas. Yo espero esto, yo espero lo de más allá... Me gustaría un trabajo así, querría tener un novio que fuese de tal manera...

Son tantas las veces en las que nos empeñamos en lo que queremos y en lo que no queremos, sin nada que nos haga cambiar de opinión, a pesar de habernos dado de bruces con la realidad y las expectativas frustradas. Y te descubres a ti mismo exhausto, sin saber hacia dónde caminar, cansado de buscar algo que no llega nunca. Y, de pronto, se te abren los ojos, por gracia de Dios, y descubres que lo único que había que hacer era rendirse a su Palabra.

"Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes" (Lc 5, 5). Pedro y sus compañeros eran expertos en pesca, sabían de sobra que el mejor momento para pescar era durante la noche, tenían largos años de experiencia. Y de pronto viene Jesús, un carpintero de Nazaret, a decirles cómo deben hacer su trabajo. Pero, aun así, obedece.

Muchas veces somos como Pedro; nuestra cabeza no concibe que el Señor pueda decirnos cómo debemos hacer las cosas a nosotros, que llevamos tanto tiempo luchando por algo, que tenemos nuestras expectativas. ¿Qué va a decirnos que no hayamos intentado ya? Probablemente que nos dejemos hacer, que dejemos de intentar llevar las riendas como si Él no existiera, que le tengamos en cuenta a Él, que dio la vida por nosotros.

Es entonces cuando nosotros, como Pedro, remamos mar adentro, nos dejamos en sus manos, confiamos en su Palabra, y volvemos a la orilla con las redes llenas, tan llenas que ni siquiera hubiéramos podido imaginarlo por un momento, porque hemos recibido muchísimo más de lo que esperábamos. "El asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido" (Lc. 5, 9). Uno queda asombrado porque, aunque en nuestras expectativas conseguíamos todo aquello que queríamos, lo que se recibe al haber sido dócil a su voz no tiene comparación con aquello que tú habías pasado tanto tiempo buscando. Lo que esperabas y deseabas no es ni un asomo de lo que finalmente Él te ha regalado.

Y lo mejor de todo es que eso es aquí; lo que recibiremos en la vida eterna no podemos ni siquiera concebirlo.

- Por Marta Troyano