Ejercicio contra la pereza


Agáchate:
Cuando veas algo en el suelo, agáchate y cógelo. ¿Cuántas veces lo has dejado pasar? Pero, cuando lo cojas, no lo dejes en cualquier esquina, ve y ponlo en su sitio.

Levántate:
cuando estés sentado y no te apetezca levantarte para tirar algo a la basura, poner algo en su lugar o coger alguna cosa (comida, el mando, tu libro de estudio, etc.), en vez de intentar hacer canasta de tres puntos en la basura con la bolsa de Doritos hecha una bola o de pedir a alguien te pase lo que necesitas, levántate y hazlo tú mismo.

Elige las escaleras:
es un pequeño sacrificio que en ocasiones nos resulta difícil. Montse Grases (en proceso de beatificación), cuando tenía unos quince años, decidió hacer diariamente este sacrificio para ofrecerlo a Jesús por amor y luchar contra la pereza. (Puedes leer más sobre Montse Grases).

Muévete rápido:
Trata de hacer todo un poco más rápido: levantarte por la mañana, hacer la cama, arreglarte, ducharte, hacer tus cargos, lavarte los dientes.

Utiliza las piernas:
en vez de esperar en el coche para ir con tus amigos a tomarte algo a la cafetería que está justo bajando la calle, ¿por qué no caminas? Sí, no será tan cómodo como estar en tu coche con el aire acondicionado, pero no te preocupes, no te derretirás, a menos que estés hecho de mantequilla.

Incorpórate:
es decir, no te tumbes. En vez de tumbarte en el suelo o en el sofá como para tomarte una siesta, incorpórate. Uno se acuesta solo para dormir.

Recuerda que estos son pequeños sacrificios para fortalecer nuestra voluntad. Si estamos siempre dando a nuestro cuerpo todas las comodidades y las cosas que nos pide, ¿cómo vamos a decirle que no cuando se trate de algo pecaminoso? Pero no olvides, ante todo, que estos sacrificios deben hacerse por amor, por amor a Dios. Esa tiene que ser la fuente y la fuerza para hacer estas pequeñas cosas. Y, cuando las hacemos por amor, las hacemos con alegría. “¡Dios ama al que da con alegría!” (2 Cor 9, 7).