Once verdades de la vida interior (3ª parte)

7. Jesús quiere acercarnos a Él y tiene un plan de especial intimidad para cada uno de nosotros. Debería recordar que si no le respondo generosamente, no alcanzaré el grado de unión con Él al que me llama y que ha planeado para mí. Si caigo en cualquiera de estas dos categorías, no llegaré a esa intimidad con Él ni creceré en mi vida interior:
     a. Si no trato de vivir con el deseo de hacer feliz a Dios en todo e intento evitar todo lo que le pueda entristecer. Y si no lucho constantemente por hacer crecer este deseo y hacerlo más perfecto.
     b. Si no me esfuerzo a lo largo del día en tener una mínima unión con Dios. Por ejemplo, levantar mi corazón a Él, ofrecerle lo que estoy haciendo, hablar con Él, decirle que lo amo, pedirle ayuda para ser bueno, generoso, puro, humilde, fiel..., recordar que me ama y está siempre conmigo, que vive en mi alma, y recogerme a menudo en el santuario de mi corazón, para estar a solas con Él, en una silenciosa y amorosa conversación.

8. Mi vida interior crecerá en proporción a lo bien que yo guarde mi alma. Imagínate a un soldado en una guerra guardando las fronteras de su territorio... Él vigila con ojos de halcón. Sabe que está en guerra y que el enemigo intentará infiltrarse en su campo para atacar y destruir, por eso debe estar constantemente alerta. Tiene que analizar rápidamente cada movimiento, sonido, crujido, sombra o cualquier actividad, para ver si constituye una amenaza. Por ejemplo, un ruido de arbustos podría provocarlo el viento, un animal o el enemigo.
En nuestro corazón también surgen un montón de movimientos y de actividades: mis sentimientos, pasiones, deseos, intenciones, pensamientos... Tengo que vigilar todo ello con ojos de halcón, con sinceridad y humildad, para poder corregirlos o destruirlos tan pronto como sea posible; cualquier cosa que sea torcida, impura, egoísta o contraria a lo que Dios quiere. Mi corazón tiene que transformarse cada vez más y más en el corazón de Cristo. Cuanto más me mantenga vigilante e intente corregir mis intenciones, pensamientos, sentimientos, etc., más creceré en mi vida interior.

9. Cristo reinará en tu corazón si aspiras seriamente a imitarlo en todo por amor: criterios, pensamientos, sentimientos, deseos, acciones, palabras, humildad, pureza, pobreza, amor, oración, sacrificio, humillaciones, diligencia, etc. Y además, cuanto más trate de ser como Él por amor, más lograré conocerlo.

10. Tengo que estar firmemente convencido de que Jesús ha de ser la vida de todo lo que hago, especialmente en todos los trabajos apostólicos. Debo examinarme a mí mismo para ver si hago las cosas apoyado en mis propias fuerzas o si las hago por Él y con Él, sabiendo que sin Él no puedo hacer nada. Tengo que liberarme de toda vanidad, de todo egoísmo, de todo deseo de ser reconocido, de toda confianza en mis propias fuerzas y en mis talentos. Tengo que aprender a confiar en Dios como un niño en los brazos de su madre, queriendo solamente lo que Dios quiera, sea lo que sea; como Él lo quiera, cuando Él lo quiera y con quien Él lo quiera, sabiendo que únicamente entonces dará fruto... y fruto en abundancia.

11. En cada instante, Jesús me ofrece todos los medios necesarios para crecer en la vida interior y garantizar mi unión con Él, pero tengo que ser fiel a su gracia, a mi vida de oración, y tratar de vivir en unión con Él. Si permanezco fiel y soy generoso, entonces, incluso en medio de las batallas y tormentas, nunca me faltará su alegría. 

Entonces clamarás, y el Señor te responderá; pedirás socorro, y dirá: «Aquí estoy». Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad, repartes al hambriento tu pan y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz y lo oscuro de ti será como mediodía. Te guiará el Señor de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a tus huesos y serás como huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan (Is. 58, 8-11).