Once verdades de la vida interior (1ª parte)

 1.       Mi vida sobrenatural es la misma vida de Jesucristo en mí. Esta presencia de Jesús en mí se llama "vida de la gracia". Toma como ejemplo los órganos vitales. Se llaman “vitales” porque los necesitamos para vivir, como, por ejemplo, el corazón. Necesitamos el corazón para estar vivos y tiene que estar latiendo para que no muramos. Y, al igual que el corazón necesita estar continuamente en acción, latiendo sin parar, de la misma forma, Jesús tiene que estar vivo y activo dentro de nosotros. Jesús es como el corazón de nuestra vida interior.

2.        Por la vida interior, Jesús me da su Espíritu. Y esto significa que mi vida espiritual se comienza a construir. Es como llamar a un contratista para empezar a organizar y dirigir una obra. Si yo no pongo obstáculos por mi parte, este “divino contratista” (el Espíritu Santo) empezará a construirme de nuevo, hará de mí una persona nueva. Él me hará pensar, juzgar, amar, querer, desear, sufrir y trabajar con Él, en Él, por Él y como Él; mis acciones exteriores serán la manifestación de esta vida de Jesús en mí y podré alcanzar el ideal de la vida espiritual, que es poder llegar a decir, como San Pablo: “Vivo, pero ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

Y cuando decimos “si no pongo obstáculos por mi parte…”, queremos decir que tengo que colaborar con la gracia, con el Espíritu Santo. Este es un momento crucial de la batalla. Mi alma tiene que reaccionar ante las gracias y ayudas que recibo, para enderezar mis inclinaciones, sentimientos, pasiones naturales, etc. Esto significa que no puedo quedarme en las cómodas cabañas de la mediocridad, sino que tengo que “sudar la camiseta”, como dijo el Papa Francisco. Tengo que luchar con todas mis fuerzas, con mi sangre y mi sudor, en la tierra de todos mis malos hábitos, hasta que todo esté en orden y haya adquirido el hábito de juzgar y actuar en todo bajo la luz del Evangelio, y siga en todo el ejemplo de Cristo.

Para ser capaz de colaborar con la gracia y ser transformado en otro Cristo, hay dos pasos necesarios:

a.       Tienes que separarte de todos aquellos y de todas las cosas que se oponen a tu vida interior, a tu relación con Dios, o la perjudican.

b.      Lánzate, pero no te lances a la ligera… Lánzate con todas tus fuerzas hacia Dios para unirte a Él.

Al hacer esto, demuestras a Dios que tú quieres mantenerte fiel a la gracia que Él te ofrece en todo momento. Y, de esta forma, empiezas a vivir unido a Jesús. Entonces, tu vida comenzará a dar fruto y la construcción seguirá adelante.

3.     Voy a privarme de esta vida interior si no lucho por tener una fe totalmente convencida de esta presencia activa de Cristo en mí. La presencia activa de Cristo en mí tiene que ser una realidad viva, tiene que ser absolutamente real para mí. ¡Deja que Él tome las riendas! Profundiza más y más en este increíble misterio y don: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo habitan en tu alma. Convéncete totalmente de eso y medita frecuentemente sobre esta asombrosa realidad.

Si yo hago eso, Cristo se convertirá para mí en mi luz, mi ideal, mi consejero, mi apoyo, mi meta, mi fuerza, mi médico, mi consuelo, mi alegría, mi amor. En una palabra: ¡mi vida! Y, de esta forma, seré capaz de crecer en buenos hábitos, construyendo mi nuevo edificio sobre el firme y precioso pilar de las virtudes.

“Dulce Jesús, mi Dios, transfigúrame”.  -San Buenaventura