A los soldados

Estas palabras están dirigidas a todos aquellos soldados que continúan luchando, con valentía e intensidad, por una causa noble que se hace visible en todo lo que hacen; a todos aquellos soldados que han entendido que su peor derrota, su peor fracaso, sería rendirse en la lucha por ser hombres y mujeres de oración y apostolado, hombres y mujeres de una intensa y creciente vida espiritual; a todos aquellos soldados que un día, desanimados y desengañados por los fracasos y la debilidad, sintieron la tentación de abandonar la lucha y de esconderse en las cómodas trincheras de la mediocridad.

Jesús: vida de todo lo que hacemos.

Solamente Dios tiene el poder de crear vida. Los hombres pueden producir el desarrollo de células humanas en laboratorios, pero solo Dios puede infundir el alma, la vida de la persona humana. Él es el dador de la vida y la vida en sí misma.

El apóstol Juan nos describe a Jesús diciendo que en Él estaba toda vida. Jesús mismo dice: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10b); “Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Jn. 11, 26); “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 5).

¿Recordáis la parábola de la vid y los sarmientos? “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque, separados de mí, nada podéis hacer” (Jn. 15, 5). Jesús mismo es la vida. Si queremos tener esta vida y queremos ser capaces de ayudar a otros para que tengan esta vida, nosotros mismos debemos injertarnos en la vid. Tenemos que unirnos fuertemente a Jesús, como el percebe que se incrusta en la roca, de manera que nunca le dejemos ir, ni siquiera en medio de la tormenta más grande.

Si no estoy unido a Jesús, injertado en Él, si su vida no está en mí, ¿cómo voy a dar esa vida a los demás? Es imposible dar algo que no se tiene. El fruto de todos mis trabajos depende de Él. Si estoy cerca de Él, si su vida está dentro de mí, si estoy luchando constantemente por permanecer unido a Él, todo lo que haga tiene un valor infinito y ayudaré a que otros se acerquen a Él. Sin embargo, si no estoy unido a Él, lo que yo haga alejará a los demás de Él. Ese es un punto sobre el cual debemos reflexionar…

¿Qué es la vida interior?

Mi vida interior es mi relación personal con Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tener vida interior no solo para los santos o para los sacerdotes. Es algo que está al alcance de cada uno y que, además, todos estamos llamados a buscar. En otras palabras, todo el mundo está llamado a tener una relación intensa y personal con Dios en sus tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Cómo se empieza a tener vida interior?

La vida interior comienza en el momento del bautismo. Este es el principio de mi pertenencia a Dios como hijo suyo y del inicio de su vida de gracia en mi alma.

En el bautismo se nos borra la mancha del pecado original de nuestra alma y comienza la vida de la gracia, nuestra amistad con Dios. El pecado siempre debilita nuestra relación personal con Dios, pero, cuando se trata del pecado mortal, cortamos la cuerda que nos une a Dios.

Por lo tanto, si el pecado mortal corta la cuerda que me une a Dios, el primer paso para tener vida interior, obviamente, es luchar por evitar el pecado mortal, y luchar con todas mis fuerzas. Después viene la lucha contra los pecados veniales, que debilitan mi relación personal con Dios, conocida como vida interior.

1. Evitar el pecado mortal
2. Evitar el pecado venial
3. Tener una relación personal con Dios

Entonces, ¿cómo tener una relación personal con Dios? Pasando tiempo con Él, hablando con Él, escuchándolo…¿Te has parado a pensar en serio alguna vez que, cuando estás en gracia, Dios vive en tu alma? ¡Dios está en mi alma! Y Él siempre está allí. Puedo recogerme en el santuario de mi alma y hablar con Él, estar con Él y escucharlo… ¿No es impresionante?

Pregúntate a ti mismo si haces alguna de estas dos cosas y, si no es así, empieza ya y lucha por ser constante.

1. ¿Me acuerdo de recogerme con frecuencia en el santuario de mi alma para estar con Dios, para hablar con Él?
2. ¿Lucho por vivir durante todo el día unido al Señor y a nuestra Madre, la Virgen? ¿Les pido ayuda?

Recuerda: esto es una batalla. En una batalla tienes que sudar, sangrar…, pero perder no es una opción. En la batalla por la santidad, la comodidad de la mediocridad no es una opción. Por lo tanto, no temas salir al campo de batalla, porque la victoria y el triunfo son dulces. Permanece siempre cerca de tu Reina y Madre, María, maestra de la vida interior. Pídele ayuda para poder participar en la victoria de su Hijo. Y recuerda sus palabras: “¡Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará!”.

¡Reina de las Victorias, ruega por nosotros!