Naves en llamas: una lección de fidelidad

Muchas naves fueron quemadas en la historia de los misioneros americanos. ¿Quiénes quemaron los barcos? ¿Puedes creerte que fueran los mismos misioneros? ¿Por qué, una vez que llegaron a su destino, sintieron que tenían que quemar el único medio de transporte que tenían para volver a casa?

La respuesta es muy sencilla: para ser fieles a cualquier precio. Ellos experimentaron muy fuertemente que tenían que cumplir con sus obligaciones, tenían un gran deseo de permanecer en la verdad. No querían dar la espalda a Dios de ninguna manera, y tampoco a la gente que iban a evangelizar. Los barcos les ofrecerían una escapatoria cuando las cosas se pusieran difíciles. Sabían que habría tiempos muy duros durante la misión. Entendieron que tendrían que enfrentarse a condiciones duras, hambre, enfermedad, hostilidad e incluso el martirio. Con eso en mente, eran conscientes de que los barcos podrían ofrecerles una “escapatoria”, lo cual suponía una tentación para ellos. Pensaron que, si los conservaban, podrían, tal vez, renunciar a sus deberes para con Dios y los demás en situaciones difíciles, y huir.

¡Qué lección de fidelidad! Su celo por Dios y por las almas les hizo deshacerse de todo lo que les impedía ser fieles a su deber. Otro aspecto a destacar aquí es que tuvieron que ser honestos y reconocer que los barcos eran una posible tentación. Una vez hecho esto, tuvieron el coraje de quemarlos.

Muchas veces, podemos descubrir cómo tenemos algún apegamiento o “un plan alternativo” que nos impide dedicarnos completamente a los planes de Dios. Desafortunadamente, en vez de ser valientes y reconocerlo, muy fácilmente encontramos una excusa para justificar su necesidad y defender que no conviene deshacernos de ello. Deberíamos entregárselo a esos misioneros que fueron tan valientes como para aceptar el precio de la fidelidad. Quizá podemos pedirles ayuda para deshacernos de todo lo que obstaculiza nuestra fidelidad.