Amor y placer

Para el hombre, el amor lleva a la realización más completa posible. Es la mayor, más íntima y única cosa que puede llenarnos completamente. Cuando una persona se enamora de una manera pura y honesta, se llena de ardor por darse y vivir por el otro. Es de las cosas más maravillosas que nos pueden pasar.

El placer que una persona experimenta con el amor conyugal es posiblemente el placer más intenso que pueda experimentar el cuerpo. Cuando se unen amor y placer en la entrega de sí mismo, una persona puede experimentar una felicidad y un placer inmensos. Por otro lado, cuando se persigue el placer físico como un fin en sí mismo, este se convierte en algo efímero y fugaz, dejando una huella de profunda insatisfacción y vacío. La razón es que el placer sexual solo es una parte (la menos importante) de algo mayor, que en realidad es la alegría de darse a sí mismo en cuerpo y alma al otro en total abnegación. Y eso solo puede encontrar su máxima expresión en el amor conyugal.

Reducir las cosas a mero placer es utilizarlas. Y cuando esto sucede no hay ni amor ni respeto, porque se degrada la intimidad de una persona.

El sexo está concebido para expresar nuestra capacidad de amar y, por tanto, llega a lo más profundo de nuestro ser, a lo más íntimo de nuestra persona. Esto implica la totalidad de una persona. Al tener un valor y una dignidad tan altos, pervertir la sexualidad o corromperla es especialmente dañino.

Es importante aprender cómo amar, y esto empieza con el más importante de los gobiernos: el gobierno sobre nosotros mismos. Si una persona es incapaz de dominarse en el área de la sexualidad, vive tiranizado en sus adentros. El amor entre un hombre y una mujer no es solo un instinto. Tenemos que aprender a dominar nuestro cuerpo para que no sea controlado por la búsqueda del placer inmediato y egoísta. Nuestro cuerpo debería estar al servicio del amor.

Entrenarnos en nuestra sexualidad es como el entrenamiento de un deporte. Es difícil y requiere mucho esfuerzo si nos lo tomamos en serio, pero al final el resultado vale la pena. No solo estaremos en forma, sino también preparados para la victoria.

Si, en cambio, nos negamos a entrenarnos, corremos el riesgo de permitir que nuestra capacidad de amor verdadero se deteriore completamente. Eso conlleva perder el mayor tesoro que poseemos. No nos quedará ni placer ni amor. Acabaremos viendo al prójimo de manera egoísta y seremos incapaces de llevar relaciones puras y profundas.

El aprendizaje y el entrenamiento en el amor nos convertirán en aquel en quien realmente estamos llamados a ser y nos satisfará plenamente. Solo entonces seremos capaces de experimentar la verdad de que “nadie está tan lleno como aquellos vacíos de sí mismos”.