Revaluar nuestro lenguaje

"Sea vuestra palabra: ‘Sí, sí’; ‘no, no’, pues lo que pasa de aquí proviene del Maligno" (Mt. 5, 37).

No es difícil ver que nuestra corrompida comprensión y visión de la sexualidad se deriva de lo que parece ser un intento deliberado de manipular el lenguaje. Términos como 'relaciones prematrimoniales' o 'relaciones extramaritales' han remplazado a las palabras 'fornicación' y 'adulterio'. La gente quiere reducir el peso moral y la carga que, a menudo, acompañan a un estilo de vida de promiscuidad elegido libremente. Y muchos han engrosado sus bolsillos con las mentiras que han vendido a los adolescentes, que caen en la trampa y se lo creen. "No te preocupes, todo el mundo lo hace... Además, los anticonceptivos son la forma más segura de seguir sin miedo a las consecuencias.... Y, por cierto, si esto no funcionase, siempre puedes abortar, y nadie tiene por qué enterarse...".

Nuestro reto es el de revaluar el lenguaje usado para hablar sobre sexualidad y mostrar que tener un punto de vista egoísta de ello va contra la persona humana y contra la verdadera naturaleza del amor. La sexualidad afecta a la masculinidad, a la femineidad, a la dignidad humana y a nuestro rol como seres sociales. En consecuencia, el lenguaje que usemos para hablar de ello debe tener en cuenta todos estos aspectos.

Esto tiene una doble cara. No basta decir a un joven que no puede tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Tampoco es correcto dar a los jóvenes licencia para ser "sexualmente activos sin consecuencias", porque eso es mentira. Debemos enseñar a los jóvenes a pensar con su inteligencia y a tomar decisiones libres y responsables, basadas en el conocimiento de sí mismos como personas. Esto es vivir en la realidad y saber quiénes somos en cuanto seres humanos, pero es más importante aún saber quiénes somos en cuanto hijos de Dios, que nos ama incondicionalmente y que quiere lo mejor para nosotros.

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