¿Salvar su honor?

Un día santa Teresita estaba arreglando las flores en la capilla. Había una hermana en el convento que siempre hacía comentarios negativos sobre las flores de la capilla, porque le hacían estornudar y le daban alergia.

Un día, una persona llevó flores falsas que parecían muy reales. Mientras santa Teresita las estaba colocando en la capilla, entró la otra hermana. Santa Teresita vio que la hermana estaba a punto de estornudar y de hacer un comentario negativo, pero antes de que la “alergia” de la hermana pudiera avergonzarla, santa Teresita, rápida y alegremente, comentó: “Parecen reales, ¿verdad?”. Así, la hermana se dio cuenta de que eran falsas antes de estornudar y santa Teresita salvó su honor, evitando la humillación que le hubiera causado estornudar ante flores falsas.

Una simple frase dicha con sincera caridad salvó el honor de su hermana. ¿Cuántos de nosotros habríamos dejado a esta hermana estornudar? Tal vez como una pequeña venganza… Al fin y al cabo, ella siempre estaba exagerando, y eso le serviría para humillarse a sí misma y darse cuenta de que siempre estaba exagerando. Santa Teresita actuó con verdadera caridad y salvó el honor del otro, y como resultado ayudó a su hermana a darse cuenta de ese defecto suyo de exagerar las cosas.

¿Podemos decir lo mismo de nosotros, queridos amigos?  ¿Es mi amor al prójimo tan ardiente como el de Santa Teresita? ¿Trato de salvar el honor de los demás? ¿Actúo de manera que pueda ayudar a los demás a evitar el pecado, no trayendo a colación ciertas conversaciones, evitando llevar a los demás a quejarse por mi forma de vestir, por mis gestos…? ¿Soy, a veces, la causa del pecado de otros? ¿He tenido posibilidad de ayudar a alguien a no caer en pecado y no lo he hecho?

Ahí tienes materia para pensar… Dios me preguntará un día si he amado de verdad y si mi amor ha crecido… ¿Qué le presentaré?