¿Estás preparado?

Vivimos una situación complicada, un tanto irreal, que verdaderamente nos hace reflexionar acerca de nuestra vida. Todos hemos experimentado muy de cerca la presencia de la muerte. Gente que queremos, que no tenían aparentemente problemas se han ido «al otro barrio», y al igual que se han ido ellos podemos irnos tú y yo. Ante esto, es importante preguntarse: ¿estamos preparados para ello? Dios quiere nuestra salvación, pero, ¿trabajamos y luchamos realmente por alcanzarla?

Un ejemplo claro de lucha por llegar a la meta es Marcelo Javier Morsella, joven seminarista del Instituto del Verbo Encarnado (IVE). Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962 en el seno de una familia pudiente. Era un joven culto, amante de la lectura, con una gran cantidad de dones humanos, destacando, especialmente, su don de gentes. La separación de sus padres y la marcha de su padre a EE.UU. le sumieron en un sufrimiento que le hizo crecer en la fe y madurar.

Tras terminar la secundaria ingresó en la escuela de mecánica de las Fuerzas Armadas. Al año de estar allí, se despertó en él la semilla de la vocación, pero no pudo ingresar en el seminario, ya que el Señor le pedía ayudar económicamente a su familia. Este tiempo de espera fue para él un momento de purificación y maduración.

 Fue de los primeros seminaristas del IVE. Con la comunidad vivía intensamente cada momento de celebración, como las ordenaciones, de trabajo y estudio, y de evangelización. Destacaba por ser un gran apóstol, por vivir la caridad, sobre todo con sus hermanos, a quienes se ofrecía completamente dejando a un lado sus propios quehaceres. Pero lo más importante, destacaba por su amor a la Eucaristía y a la Santísima Virgen.

 En febrero de 1986, en una convivencia cerca del Lago Nihuil, en la provincia de Mendoza, Argentina, Marcelo y otro seminarista volvían a la costa después de haber cruzado el lago con una pequeña embarcación. Al empujarla, el mástil chocó con un cable de alta tensión produciendo una descarga sobre Marcelo, que murió en ese instante, a los 23 años de edad.

Su sepultura se ha convertido en un lugar de peregrinación y oración. Fue el primer religioso del IVE que partió de esta vida para la Vida Eterna y que, esperamos, en el cielo, ha fundado la primera comunidad de su amada congregación.

Otro ejemplo de lucha por llegar a la meta es el Padre Henry Kowalczyk, Siervo del Hogar de la Madre, sacerdote estadounidense, que tras una fuerte conversión y un abandono total de sí mismo siguió el camino de la santidad. ¿Cómo? Haciendo completamente lo que Dios le pedía. Pero no haciéndolo sin más, sino entregándose totalmente, con una alegría inmensa y contagiosa.

Al igual que Marcelo, el P. Henry supo poner todos sus dones, virtudes y capacidades al servicio de quien se las había dado, lo que hacía posible que el Señor se valiera de Él para acercar a muchas personas a la fe, a pesar de su español tan peculiar.

Irradiaba, al igual que Marcelo, el amor por la Eucaristía y por nuestra Madre de un modo muy intenso y sencillo, de manera que a todo el mundo le acercaba un poquito más el Cielo, te hacía querer llegar de verdad, siendo consciente de que es nuestro fin, nuestra meta.

La servicialidad y la humildad eran otros dones que el Señor le había dado. Estaba dispuesto a ofrecerlo todo por Él. Durante el confinamiento por el COVID- 19 fue capaz de dejar a su comunidad para ir a atender a un convento de Carmelitas Descalzas en Amposta, Tarragona, que se habían quedado sin atención espiritual.

Allí vivió sus últimos días con una entrega total, sin condiciones, sin reservas, y con una alegría tan inmensa que le hacía sentirse muy cerca del Cielo.

La mañana del 15 de abril murió, con 54 años, tras una caída producida por un ataque epiléptico. Fue un acontecimiento inesperado para su comunidad, para el Hogar de la Madre y para todo el mundo que lo conocía.

Con su partida, también esperamos que, por la misericordia de Dios, llegue al Cielo y el Hogar pueda fundar una nueva comunidad de Siervos allí, la comunidad más privilegiada, la que está más cerca de Dios y de nuestra Madre, la que más puede trabajar por todos nosotros.

Resulta conmovedora la muerte de estas dos almas de Dios, tan separadas en el tiempo y tan similares. Ambos, primeros miembros de sus congregaciones en fallecer tras una muerte repentina. El Señor tenía prisa por llevárselos a los dos, quería tenerlos en su ejército del Cielo para que nos ayuden a los que nos quedamos en la tierra en estos momentos tan difíciles y para que sigan trabajando por las almas.

 Con estos dos testimonios quiero llamarte la atención, no como una regañina, sino como un ¡espabila! Los caminos de Dios son estrechos pero merece la pena seguirle; el Cielo merece la pena, no lo olvides. 

Abandónate a la voluntad del Señor, enamórate de la Eucaristía y métete bajo el manto de la Virgen, como Marcelo y el Padre Henry. Cojámosles como buenos amigos, imitémosles en todo lo bueno que hicieron y luchemos para poder llegar a nuestra meta, el Señor nos espera. Si no, habremos frustrado nuestra vida.

- Escrito por Ana Pérez