Teresa González Quevedo

La venerable Teresa González Quevedo nació el 14 de abril de 1930, un Sábado Santo, en Madrid, en el seno de una familia conocida y bien posicionada, siendo el padre un médico de muy buena fama y la madre ama de casa. Vivían en el centro de la ciudad, justo enfrente del Palacio Real. Teresita era la menor de tres hermanos: Luis, el mayor y Carmen, la mediana. 

Siendo pequeña gozó de una vida bastante cómoda. De carácter testarudo e irascible, el «no me gusta» era su comentario preferido en la mesa. En su familia todo esto le mereció el apodo de «venenita».  Y nunca pedía perdón por nada.

Tanto su madre como su padre tenían una fe profunda. Todas las noches la familia se juntaba alrededor de una preciosa estatua de la Inmaculada a rezar el rosario. El amor por María en casa de los Quevedo era palpable. Aquí es donde nació el amor de Teresita por nuestra Señora, amor que empezó a crecer más y más en su corazón. El rosario se convirtió en su oración preferida. De hecho, le gustaba tanto que fue a enseñárselo a su niñera y a la cocinera. ¡Con tan sólo cinco años!

Durante la Guerra Civil la familia tuvo que huir de Madrid para ponerse a salvo y vivió en Santander durante un tiempo. Allí Teresita se encontró con muchos niños pobres que jugaban delante de su casa. Pero después de conocerlos se negó a volver a jugar con ellos. Le daban asco sus manos, su ropa sucias y malos modales. Se lo contó a su padre y éste la corrigió: «esos niños son más pobres que el Niño Jesús y le rezan igual que lo haces tú». Teresita entendió que los tenía que amar a ellos también. Cayó en la cuenta de que debía de hacer algo para revertir la situación y así empezó a invitar a los niños a casa. Les enseñó a lavarse manos y la cara, les dio chocolate caliente y les enseñó a usar la servilleta. También empezó a juntar juguetes para regalárselos, algo que siguió haciendo durante la época de instituto. Así, poco a poco, Teresita fue dejando atrás su apodo.

Siempre que hacía un pequeño sacrificio como privarse de algo que quería o comer algo que no le gustaba se lo contaba a la Virgen María y se lo ofrecía como un pequeño regalo.

Un suceso de gran importancia que ocurrió en la familia le ayudó en este camino. Uno de sus tíos fue mártir de la Guerra Civil dejando huérfanos a siete hijos. Todos se fueron a vivir con los Quevedo. Este repentino incremento de la familia enseñó a Teresita a cuidar de los demás sin tener en cuenta sus propias necesidades.

Al acabar la guerra volvieron a Madrid y Teresita empezó a ir a un colegio de monjas. Con diez años les pidió que le dejaran ir a un retiro de Ejercicios Espirituales con las chicas mayores que se estaban preparando para la confirmación. Durante este retiro escribió en su diario: «He decidido ser santa».

Y su camino para ser santa era la Virgen. Eso siempre lo vio con claridad. No podía hacer nada sin su buena Madre. María se convirtió en el secreto de cómo amar y gustarle a Jesús. Le tenía un amor tan lleno de ternura a nuestra Señora que la empezó a llamar «mi madrecita».

Con 13 años entró en la Congregación mariana de su Instituto. Se consagró totalmente a María, rezaba diariamente, procuró vivir la fe en la vida diaria y acercar otros a la fe. Las niñas llevaban una medalla de nuestra Señora con una inscripción que cada una elegía individualmente. Teresita eligió: «Madre mía, que quien me mire, te vea». Esta fue la oración de consagración que escribió: 

«O dulce Virgen María, Madre mía, hoy me ofrezco completamente a vos. Os pido le deis mi cuerpo, mis ojos, oídos y lengua, mi alma y corazón a Jesús. Soy toda vuestra, santa Madre de Dios. ¡Guárdame! Amén».

El día de la Inmaculada Concepción de María, 8 de diciembre, teniendo quince años, le escribió una carta a nuestra Señora en una estampita: «Santísima Madre, hoy solemnemente prometo vivir santa y castamente para siempre. Mi único deseo es seros a vosotros, Jesús y María, del mayor agrado».

Teresita había madurado haciendo alarde de sus habituales virtudes y jovialidad. Le encantaba estar con sus amigos, ver películas (por aquel entonces «La canción de Bernadette» era su preferida), ir a fiestas, los deportes, la ropa, los coches y ayudar a los pobres. Fue capitana del equipo de baloncesto y premiada como «la mejor vestida». Pero siempre procuró encontrar tiempo para ayudar a su prójimo. A menudo, al finalizar los paseos con sus amigas, se detenía en el hogar de las Hermanas de la Caridad para visitar y consolar a los ancianos. Mantuvo la costumbre de recoger comida, ropa y juguetes para los niños pobres.

En esta época Teresita ya sabía que Dios la quería sólo para Él. El tema de la vida religiosa no era extraño entre las amigas ya que algunas alumnas del instituto habían entrado como monjas. Una vez una amiga dijo: «Yo viajaré, me divertiré mientras sea joven, y cuando sea más vieja, entraré en el Convento para asegurarme el Cielo».

A lo que Teresita, indignada, le respondió inmediatamente: «¡Qué tacaña y egoísta! ¡Como que te crees que Jesús te va a admitir ya achacosa, cuando hayas ofrecido lo mejor de tu vida al mundo! Jesús tiene mejor gusto, y quiere como ofrenda la juventud con sus alegrías y sus ilusiones».

Un fragmento de una carta de Teresita dirigida a su tía Irene:

«Cada día soy más feliz. ¡Nuestro Señor me ha amado tanto! Por esta razón quiero ser muy generosa y no negarle nada de lo que me pida. Le digo mucho que me entrego totalmente a Él, pero como aún no sé cómo hacerlo bien, Él se encarga de tomar lo que necesite de mí. Y junto con Jesús y María, la Virgen, haré todo el bien que pueda. ¿No parece un buen plan?».

Teresita finalmente entró como Carmelita con 17 años. Lo dejó todo atrás diciéndole a su padre: «nada de eso me llena».