¿Dejarlo escapar...?

«Ser o no ser, esa es la cuestión». Habrás oído esta frase miles de veces. Hamlet es muy conocido en el mundo angloparlante por su profundidad, por sus soliloquios que invitan a la reflexión. Cuando leí por primera vez Hamlet, de Shakespeare, lo que realmente me llamó la atención fue el tema de la aceptación, aunque no parece que este fuera el principal contenido de la obra en la mente del autor.

Hamlet reflexionaba una y otra vez sobre lo que le había sucedido, lo que el destino le había deparado y cómo debía reaccionar. Sus pensamientos eran atropellados, no podía soportar la idea de lo que había pasado: «¿Cómo yo, que tengo un padre asesinado y una madre prostituida, con las perturbaciones y fuertes emociones que asedian mi mente, sigo sin actuar?» (Escena XII). Reflexionando sobre la obra, me parece que Hamlet siempre regresaba al mismo punto: esto es lo que sucede ahora, pero no tendría que ser así. La existencia, la vida misma, su destino... como su vida había cambiado, le disgustaban: «¡Qué mercenario, qué insulso y caduco me parece todo! El mundo es un jardín lleno de ortigas, invadido por la inmundicia y la putrefacción» (Escena I). Esta incapacidad de aceptar la realidad como tal, le lleva al punto de plantearse el suicidio. Él gemía: «¡Oh, si esta carne mía, tan, tan sólida se derritiera hasta convertirse en rocío...! ¡Oh, si el suicidio no estuviera terminante prohibido por las leyes divinas...!» (Escena I). Hamlet, o bien estaba indeciso sobre cómo actuar, o bien quería huir de la realidad en la que vivía, pero no tenía clara la necesidad de aceptar la realidad tal como es.

Nosotros también podemos vernos reflejados en la ansiedad de Hamlet y en su falta de capacidad para aceptar la vida como es. Nosotros sabemos que las cosas son de una cierta manera, pero cuando se trata de dar un paso, de discernir sobre cómo actuar o qué hacer, volvemos al mismo problema: nos damos cuenta que nunca hemos llegado a aceptar la situación. La queja que se nos escapa es: « ¡No tendría que ser así!». Leer Hamlet puede ayudarnos a empezar a tener una visión de la realidad de nuestras propias vidas. El primer paso es, a menudo, la aceptación.