El sacrificio

Si tuvieras una enfermedad terminal y te dijesen que para no morir necesitas comprar una medicina carísima, para la cual tendrías que vender todas tus posesiones, y que además para salvarte tendrías que hacer una dieta muy dura, dejar el deporte que más te gusta mientas dura el tratamiento, ¿QUÉ HARÍAS? ¡Seguramente estarías dispuesto a eso y hasta a más! Entonces, si es bueno hacer sacrificios por la salud del cuerpo, cuánto más por la salud del alma. Esta es la razón por la cual los grandes santos hacían sacrificios y mortificaciones, no por despreciar el cuerpo sino por curar el alma.

Sacrificio significa hacer sagradas las cosas, honrarlas, entregarlas. Por ejemplo, en la antigüedad se ofrecían corderos y cabritos a Dios. Hoy en día podemos ofrecer todas nuestras obras a Él.
Mortificación significa literalmente dar muerte, «hacer morir» no se refiere a la materialidad del cuerpo, sino dar muerte a la inclinación al pecado, al mal.

Jesús murió por nosotros ofreciéndose como sacrificio en reparación por nuestros pecados. Así mismo nosotros podemos ofrecerle a Dios un sacrificio, una mortificación recordando que no todo concluye con la cruz, el dolor, el sufrimiento, sino que después está la Resurrección, por lo tanto, cada sacrificio que ofrecemos a Dios es un escalón más cerca del Cielo. Y si Él hizo todo eso por amor a nosotros, ¿no podemos manifestarle a Él nuestro amor haciendo pequeñas cosas que nos cuestan ofreciéndolas por amor a Él?

Además, si nos acostumbramos a negarnos a nosotros mismos con lo que es lícito, cuando llegue la tentación de cometer lo que es ilícito podremos decir que NO, pues estaremos acostumbradas a luchar con nuestras pasiones y deseos.

El sacrificio repara las ofensas que hemos cometido contra Dios y las de nuestros hermanos. La  Virgen en Fátima preguntó a los niños: «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros como reparación por los pecados con los que Él es ofendido, y para suplicar la conversión de los pecadores?». Ellos respondieron que sí, ¿Y TÚ?

Santa Jacinta Marto comenzó por preferir la leche a las uvas. Cuando su madre se la daba se la tomaba toda aunque a ella le repugnaba la leche. En ese caso ella mortificaba el sentido del gusto. Pero nosotros tenemos cinco sentidos. ¿Cómo podríamos mortificar la vista, el tacto, el olfato, el oído? Ese tipo de mortificaciones o penitencias se las podrían llamar PENITENCIAS BUSCADAS, por ejemplo, que tú voluntariamente te pongas el propósito de ver menos series de televisión por amor a DIOS.

Hay otras que tú no las buscas pero Dios las envía. Por ejemplo, ¿qué piensas si un día te empieza a salir todo mal, se te caen las cosas, rompes un vaso y tu madre te regaña muy fuerte? ¿Qué harías? Piénsalo bien, quizá sea tu oportunidad en ese día para ofrecer algo a Dios y asemejarte a Cristo crucificado salvando almas. Ese tipo de sacrificios surgen de las penas de la vida, son las que tú no buscaste pero que Dios te mandó y no puedes desaprovecharlas. A veces son las que más agradan a Dios porque son una oportunidad para aceptar santamente su voluntad.

Una regla de vida debe ser: Mientras menos se enteren mejor. Las abejas fabrican su miel en lo secreto. Jesús mismo nos dice: «que no sepa tu mano izquierda, lo que hace tu derecha». Porque si nos preocupamos de que los demás nos vean, o nos feliciten por hacer sacrificios por amor a Dios, caeremos muy probablemente en la vanagloria y habremos ganado ya nuestra recompensa aquí en la tierra, no en lo secreto que es donde el Padre nos lo reconocerá y premiará, es decir, en la ETERNIDAD.

Te dejo una frase de Santa Teresita para meditar: «Recoger un alfiler por amor puede convertir a un alma. ¡Qué gran misterio…! Sólo Jesús puede dar un valor tan grande a nuestras acciones. Amémosle, pues, con todas nuestras fuerzas».


Karla

Me llamo Karla Jiménez y soy candidata de las Siervas del Hogar de la Madre.
Conocí el Hogar de la Madre a los 13 años en un campamento y desde esa semana alejada del mundo, mi vida cambió drásticamente para siempre: empecé a ir a Misa diaria, a rezar el rosario, en fin, a ser el bicho raro de la clase.
Jesús se enamoró de mi miseria y Él me enamoró de su misericordia. Me dijo que quería que fuera totalmente suya y acepté, tuve muchas caídas y levantadas, pero su mano firme siempre estuvo junto a mí, su fidelidad nunca acaba y por eso le daré eternamente gracias.
Ahora solo quiero vivir para él, no negarle nada, ser el consuelo de su Corazón, y cogida de la mano de Nuestra Madre, llegar al Cielo; no sin antes haberles ayudado en esta tierra a que las almas se conviertan, amen la Eucaristías y conozcan el amor maternal de la Virgen.