«La Virgen lo tuvo más fácil…», te susurra el demonio al oído

Jesús nos dejó el tesoro más grande que Él tenía, nos dejó a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). 

La Virgen se ha tomado y se toma muy serio su papel de Madre Nuestra. Ella es el auxilio del cristiano, y está a nuestro lado para ayudarnos a vivir con fidelidad nuestra vida cristiana; nos alienta y anima en nuestras dificultades y penas, y siempre está dispuesta a acogernos. Sabemos esto, y sin embargo, con frecuencia tenemos dificultad para acercarnos a Ella. El demonio se las arregla para tentarnos con mil excusas que —en la práctica— nos alejan y apartan de tener un trato filial con la Virgen, y esto nos impide acudir a Ella y aprender de Ella; recibir de Ella toda la ayuda y todas las gracias que Dios quiere derramar en nosotros a través de Ella. Por esa razón, el demonio se empeña en entorpecer nuestra confianza en Ella. 

Una de sus tácticas es la de hacernos pensar que la Virgen no fue tentada, que fue librada de toda tentación. El demonio te susurra: «La Virgen es tan perfecta que no puede relacionarse contigo, no puede entenderte ni ayudarte porque no ha pasado por las tribulaciones que tú pasas… como Ella no fue tentada porque era inmaculada, no te entiende en tu sufrimiento al ser tentado». Y eso nos lleva a pensar que Ella lo tuvo más fácil que nosotros; que por eso pudo ser tan buena y no pecar; y que, por lo tanto, no me puede comprender. Esos pensamientos son un engaño del demonio, una tentación lanzada a ti, para procurar alejarte de tan buena Madre, la Virgen, que es la ayuda que Jesús nos dejó momentos antes de morir en la cruz. Y sencillamente no son verdad. Durante toda su vida la Virgen fue tentada fuertemente, especialmente al pie de la cruz; Ella más que nadie entiende la lucha interior por serle fiel a Dios en cada momento.  

¿Sabes? El demonio ya se había enfrentado con una mujer inmaculada, con Eva, y él venció, logró que Eva desconfiara de Dios. Y comprobó el desastre tan grande que aquel pecado primero causó en toda la creación de Dios. El demonio contemplaba cuántas almas había logrado arrebatar de Dios, cuántas habían caído en sus seducciones y ahora ardían por siempre en el infierno. Eso consiguió Satanás al lograr la caída de Eva, aquella mujer inmaculada, ¿qué conseguiría ahora si lograba hacer caer a la nueva mujer Inmaculada? Pensaría el demonio: «¿Acaso lograría detener la redención?, ¿acaso lograría hacer caer a Cristo?» Y por estas razones, durante toda la vida de la Virgen el demonio se empeñó en hacerla caer. Pero fue durante la Pasión del Señor cuando el demonio lanzó su ataque más feroz contra la Virgen.

Camino al Calvario la Virgen sería tentada al ver la ingratitud de las personas beneficiadas por su Hijo. Ella vio cómo su Hijo era entregado en manos de los judíos y de los romanos. Luego le vio recorrer las calles de Jerusalén hasta el Gólgota. ¿Dónde estaban ahora todos los que días antes le habían aclamado como Rey? ¿Dónde estaban todos aquellos leprosos, ciegos y paralíticos que curó Jesús? ¿Dónde estaban aquellas personas que se alegraban al escuchar a Jesús enseñar con tanta autoridad? Es muy probable que el demonio tentara a la Virgen con el juicio duro hacia aquellos beneficiados que ahora mostraban ingratitud, para que Ella se llenara de odio hacia ellos. 

Nosotros también tenemos la tentación de criticar a los demás, y dejarnos llenar de odio en nuestro interior. A veces el enemigo nos acribilla con pensamientos como: «No son agradecidos; siempre yo dando; anda que él podría también dar…». Y muchas veces nosotros señalamos con el dedo y juzgamos. En cambio, el Señor nos enseña una manera de actuar totalmente distinta (Lc 6, 36-38): 

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

La Virgen es nuestro ejemplo. Ante todos los reproches que el demonio quizás le traía a la cabeza, Ella los rechazaba y no se llenaba de odio, de amargura o de crítica. Ella fue compasiva, no juzgaba, no condenaba; ella perdonaba, ella se dio por completo. Fue fiel cumplidora de las enseñanzas de su Hijo, ya que Ella misma hacía aquello que le recomendó hacer a los criados en las bodas de Caná: «Haced lo que Él os diga». Y es más, en esos momentos de ver padecer a su Hijo, Ella se unió a la oración de Jesús: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». 

Termino con una frase del Papa Pablo VI en su Exhortación Apostólica Signum Magnum: «Conviene, además, tener presente que la eminente santidad de María no fue tan sólo un don singular de la divina liberalidad: fue también el fruto de la continua y generosa correspondencia de su libre voluntad a las internas mociones del Espíritu Santo».

El susurro del demonio que te dice que la Virgen por ser inmaculada lo tuvo más fácil y que por eso no te podrá comprender… y que te lleva a no acudir a Ella, es claramente un engaño. La Virgen fue tentada, pero en todo momento correspondió a la gracia de Dios con su libre voluntad. Y es aquí donde nosotros flaqueamos tantas veces: ¡cuántas veces no correspondemos a la gracia de Dios, sino que nos dejamos llevar por las mociones del mal espíritu! Aquí es donde entra la Virgen, Ella es nuestra ayuda, nuestra Madre y Maestra de virtudes. Jesús nos la ha dejado como Madre para que nos ayude. Acudamos a Ella y dejemos que Ella nos enseñe cómo vivir todo, siempre unidos a su Hijo.

- Por la Hna. Sara del Mar Martínez