Creados para la eternidad

«¿Quién eres Tú, Señor, y quién soy yo?». Esta es una de las preguntas más fundamentales que, desde los principios de la historia hasta hoy, el hombre siempre se ha planteado. Ya que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, podríamos decir que, en cierto sentido, es una pregunta inscrita en lo más profundo de nuestro ser… y que mucho, o más bien todo, depende de su respuesta.

Todos los hombres, de una manera u otra, buscan a Dios. Esta sed de Dios, este anhelo de lo eterno, no siempre es consciente. Sin embargo, como dijo san Juan Pablo II a los jóvenes: «es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis con la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar».

En un mundo donde Dios, a veces, parece que está tan escondido o que es totalmente inalcanzable, es fácil caer en el error de pensar que el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, está condenado a buscar a Dios a tientas y que, al final, estará más contento cuando decida llevar una vida prescindiendo totalmente de Él. Nada más lejos de la realidad. Es Dios mismo el primero que sale al encuentro del hombre. Su amor infinito nos precede, pues antes de que Él nos amara, no existíamos.

Es verdad que hay una distancia casi infinita entre Dios y el hombre. El hombre, creado de la nada, en comparación con su Creador, eterno e infinito, es más bien nada. Este es un hecho que al hombre a veces le cuesta aceptar. No nos gusta vernos tan pequeños, contingentes… sino que quisiéramos ser como Dios. Por esto, muchos deciden vivir como si fueran pequeños dioses de sus propias vidas; intentan fabricar su propia felicidad buscando sus propios intereses, etc., a pesar de chocar continuamente con su propia miseria y sus numerosísimas limitaciones. Los hombres humildes, en cambio, se gozan de su pequeñez, porque en ella se manifiesta el amor que Dios nos tiene. De hecho, la criatura, sin el Creador, dejaría de existir. Como ya hemos dicho, existimos porque Dios nos ama y nos ama con un amor fiel, constante y eterno. En este amor que Dios nos tiene está nuestra mayor dignidad, nuestra verdadera grandeza.

Nos tiene que llenar de admiración el hecho de que Dios se haya querido revelar al hombre, y no solamente a través de las cosas que ha creado. En la persona de Jesús encontramos la más sublime revelación que Dios ha hecho de sí mismo a los hombres, la plenitud de la manifestación de su amor. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, hace visible al Dios invisible. De esta manera, acercándose Dios al hombre, hace posible que el hombre se acerque a Él. Y esto porque, como decía san Agustín, «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él». La manifestación en Cristo del amor redentor de Dios hacia nosotros es, al mismo tiempo, una invitación que, si la acogemos, nos capacita para poder establecer una relación de intimidad con Él. 

Y esta es una verdad que nos debería llenar de asombro: Dios no solo se manifiesta al hombre, sino que, al darse a conocer, también llena nuestra propia existencia de verdadero sentido. ¿Qué sería de nosotros si el Señor no nos hubiera redimido? La vida sería insoportable y la muerte nuestro destino. Pero, como dice san Pablo, «Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos. […] En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de la gracia que en su sabiduría y prudencia ha derrochado sobre nosotros» (Ef. 1, 5. 7-8). No podemos pretender conocernos a nosotros mismos si no conocemos a Dios, pues Dios mismo nos revela quiénes somos y la dignidad a la que nos ha llamado.

En este sentido, san Pablo también afirma: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro» (Ef. 1, 17-21).

Un verdadero conocimiento de Dios va indisolublemente unido a esta «iluminación» de nuestro corazón, para que entendamos la esperanza a la que nos llama –que no es una esperanza fútil e incierta como las del mundo («espero que mañana haga buen día», «espero no enfermarme», «espero vivir muchos años»), sino que es la certeza de que Dios me ama, me ha redimido y me tiene preparado un sitio en el Paraíso–; la riqueza de gloria que da en herencia a los santos; la convicción de que la vida eterna a la que Dios me llama es una vida en plenitud, en la que el Señor enjugará todas las lágrimas y hará nuevas todas las cosas, donde el amor lo será todo en todos; y la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes –pues, aunque yo soy pobre y muy limitado, aunque por mis propias fuerzas jamás podría llegar a tan sublime destino, «todo lo puedo en Aquel que me conforta»–. Es una certeza que nos infunde ánimo y fuerza para seguir por el camino de la santidad a pesar de cualquier dificultad, con la mirada fija en el Cielo, con una inmensa alegría y con un canto incesante en el corazón: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?».

 


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.