Raíces de nuestra devoción a la Virgen María: “Arca de la nueva Alianza”

Si Cristo era el nuevo maná venido del Cielo, alimento que saciaría por siempre nuestra hambre, la pregunta que probablemente surgió en las mentes de los judíos del tiempo de Nuestro Señor fue cuál era, entonces, el Arca de la Alianza, pues en ella se contenía el maná, junto con la vara de Aarón y las tablas de la Ley.

El Arca era, en efecto, la morada del Señor sobre la tierra, razón por la cual tenía que ser guardada en la Tienda de la Reunión y viajar de un lugar a otro. Siempre que el Arca viajaba con los israelitas, se vencía la batalla y quien la tocaba caía muerto a tierra.

Varios son los elementos que del libro del Éxodo se pueden extraer acerca del Arca y que constituyen de por sí un paralelismo con Nuestra Madre.

En primer lugar, se trataba de un contenedor sagrado, cubierto de oro, que era signo de la presencia de Dios y mandamiento suyo. Estaba fabricada de madera de acacia, la más noble y duradera, una madera incorruptible.

El profesor Brandt Pitre nos cuenta que siempre que el Arca salía de la Tienda de la Reunión, se recubría con un manto azul, detalle al menos sospechoso. Azul y dorado eran, pues, los colores del Arca.

Una vez construida el Arca, “la nube cubrió la Tienda de la Reunión y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo” (Ex. 40, 34).

¿Cuál es la historia del Arca?

La tienda fue viajando con los israelitas durante generaciones hasta que el rey David la llevó a Jerusalén. Cientos de años más tarde, en el siglo VI antes de Cristo, durante la conquista de Babilonia, Jerusalén fue destruida y… ¿qué pasó con el Arca? Pese a que mucho se ha debatido sobre el tema, llegando a teorías y películas extrañas, es la misma Biblia la que nos da la respuesta. En el segundo Libro de los Macabeos, se narra cómo Jeremías subió con los deportados al monte Nebo. “Cuando llegó allí, Jeremías encontró una cueva habitable, en la que depositó la tienda, el arca y el altar del incienso, tapando después la entrada (…) Este lugar permanecerá desconocido hasta que Dios congregue a la totalidad del pueblo y vuelva a ser misericordioso”.

Por lo tanto, años antes de que naciera el Salvador, cuando el Sumo Sacerdote entraba al Santo de los Santos para rociar con sangre el tabernáculo, lo que encontraba era una habitación vacía.

Llegado, pues, el momento culminante en el que Dios iba a encarnarse, María va a llevar a plenitud las profecías: “Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.

La mismas palabras usada para referirse a la presencia de Dios en Éxodo 40, 35 (episkiazen) vuelven a surgir de lo profundo del pasado para describir ahora la inhabitación del Verbo en las entrañas purísimas de la Virgen (Lc. 1, 35).

Pero los paralelismos entre el Antiguo y el Nuevo Testamento que demuestran que María es el Arca de la Nueva Alianza no acaban aquí.

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La última mención del Arca de la Alianza en la Biblia, la encontramos en el libro del Apocalipsis: “Y se abrió el templo de Dios en el cielo y en el Templo apareció el arca de su alianza; y se produjeron relámpagos, fragor de truenos, un terremoto y un fuerte granizo.

Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas”.

¡Cuál no sería la sorpresa de los primeros cristianos al volver a ver aparecer el Arca de la nueva alianza, incorruptible, en el cielo, después de haber estado oculta por milenios, esperando a que Dios volviera a ser misericordioso!

¿No fortalece también en nosotros la aparición del Arca en los Cielos nuestra convicción de la Asunción en cuerpo y alma de la Santísima Virgen, aquella que tenía que contener, ahora más que nunca, las tablas de la  nueva Ley, la vara sacerdotal del nuevo Aarón y el maná que alimenta a los comensales?

Muchas veces se juzga excesiva nuestra veneración a la Virgen María, por lo que es necesario distinguirla de la adoración, como apunta el profesor Pitre.

Entre los que practican formas de cristianismo donde el culto no reviste carácter sacrificial, es decir, que el culto solo se lleva a cabo a través de oraciones, cánticos e himnos, el cantar y rezar a la Virgen María se percibe como escandaloso. Pero no es esta la postura de la Iglesia Católica, pues sostiene que el sacrificio, centro de nuestro culto, solo puede ser ofrecido a Dios. Por ello, en efecto, en el siglo IV, la doctrina de los coliridianos fue declarada herejía, pues se pretendía ofrecer el sacrificio a la Virgen.

Pero ¿cómo ha de ser nuestra veneración, fortalecida ahora por las enseñanzas de la Iglesia y ratificadas por nuestra razón? ¿Tenemos conciencia de que María, participando ya en cuerpo y alma de la resurrección de su Hijo, está viva realmente e intercede desde el Cielo por nosotros? ¿La honramos como a una madre, con la familiaridad de los hijos y la veneración de los súbditos? 


Gunter HijoProdigo

Soy Günter Rauer y soy un joven, miembro del Hogar de la Madre. Podría haber dicho que soy estudiante de Derecho, que tengo cinco hermanos o que me gusta tocar la guitarra, pero en primer lugar soy hijo católico e hijo de María, Nuestra Madre.
Nunca he dudado de la existencia de Dios pero no pensaba que aquello implicaba todo mi ser. Entendí que no podía darle algunas horas de mi semana o algunos bienes de mi posesión, sino todo mi ser.
En la Semana Santa de 2016 recibí la gracia de que Dios se hiciera sensible para mí de forma que ya no pudiera dudar de su amor por mí. Entendí su deseo de que fuera santo y estuviera junto a Él por toda la eternidad, para lo cual es preciso que me siga convirtiendo día tras día, también gracias a tu oración, querido lector.
Nuestra fe es fascinante: la apologética, la liturgia, la vida de los santos o aquella coherencia interna de todos los misterios revelados, el nexus mysteriorum. Aprender de ella sacia el alma.