virtud

  • ¿Valor o agallas?

    Imagínate esta escena: un socorrista salta al mar turbulento, arriesgando su vida, para salvar a otro. ¿Darías la enhorabuena a sus padres, diciéndoles: "Vuestro hijo tiene agallas" o "Vuestro hijo tiene mucho valor al arriesgar su vida por los demás"?

    Algunas personas definen la valentía como el hecho de ser capaz de enfrentarse a un peligro o a un posible daño. Pero, ¿es esto todo lo que se necesita para ser valiente? Durante el "parkour", la gente se expone a peligros y daños, es un deporte que se practica con protección y medidas de seguridad. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre las arriesgar la vida por otro y hacer un deporte de riesgo? ¿Por qué no tenemos la misma respuesta para ambas cosas?

    La valentía o el valor es una virtud que nos prepara para afrontar las dificultades, los peligros y los obstáculos que encontramos en la vida. Nos ayuda a superar el miedo que sentimos. Pero el distintivo característico para que un acto sea virtuoso y no solo expresión de "tener muchas agallas" es que sea hecho en defensa de algo superior o de alguien, o buscando un bien mayor. Este pequeño, pero gran detalle, es lo que puede hacer que un acto sea realmente valiente o no.

    Aquí tienes algunos ejemplos de bienes mayores: la vida de otro, defender el valor de la vida, defender la fe y a Dios, seguir tu conciencia, etc. Hay una gran cantidad de ejemplos de personas que se enfrentaron al peligro para defender un bien mayor, figuras notables en la historia, como Martin Luther King Jr., Rosa Parks, Juana de Arco, Sophie Scholl, San Maximiliano Kolbe, etc. Pero no olvidemos a las personas que son también valientes en las pequeñas -pero no menos importantes- cosas de su vida diaria: un estudiante universitario que decide mantenerse casto hasta el matrimonio, pese a las críticas que recibe de los demás; el matrimonio que está abierto a la vida, aguantando los comentarios y las miradas burlonas; la chica que se levanta y defiende la reputación de otro al que están criticando.

    Entonces, ¿quieres tener un poco más de valor? Pues empieza por ti mismo, haciendo un buen examen de conciencia. Tienes que tener mucho valor para mirarte a ti mismo y llamar a tus pecados por su nombre. Cuando hayas hecho esto, podrás empezar a trabajar en otras cosas, como hacer el bien a los demás y ponerte a ti mismo en el último lugar. Hace falta ser una persona muy valiente para seguir siempre la propia conciencia, digan lo que digan, sin amoldarse a lo que todo el mundo hace.

  • 2 pasos hacia la valentía

    El coraje o la valentía es una virtud que nos prepara para afrontar dificultades, peligros y obstáculos por los que tenemos que pasar en la vida. Nos ayuda a combatir los temores que experimentamos. La característica distintiva que hace del acto de la valentía un acto virtuoso, y no simplemente una expresión de tener “muchas agallas”, es que el acto debe realizarse en defensa de algo superior o de alguien, en busca de un bien mayor.

    Tienes que aprender a ser valiente contigo mismo antes de poder realizar un gran acto de valentía con los demás. Los dos primeros  pasos para crecer en la virtud de la valentía comienzan dentro de ti mismo."

    1) Haz un buen examen de conciencia
    Hay que ser muy valiente para repasar el día y reconocer tus faltas y fallos, llamando a los pecados por su nombre y sin tratar de excusarlos. De esta manera, puedes sobreponerte al temor de enfrentar la verdad de tus faltas y hacer resoluciones para trabajarte en distintos aspectos de tu vida que necesiten mejorar. Hacer un buen examen de conciencia puede llevarte unos diez minutos al día. Aunque te pone ante la verdad de tus fallos, es la clave para la santidad.

    2) Confiesa tus pecados a un sacerdote
    Ahora que has enfrentado el temor de reconocer tus propios pecados, puedes vencer el miedo de confesarlos a otro. Sin embargo, este otro no es simplemente otra persona, sino que es el sacerdote, que actúa en “persona Christi” y es un instrumento de la misericordia de Dios y de su perdón.

    Muchas veces, el miedo que experimentamos es el resultado de nuestro propio orgullo, pero esto se resolverá fácilmente si pones en práctica de forma habitual estos dos pasos. El resultado será un crecimiento, no solo en la virtud de la valentía, sino también en la humildad y en la constancia.

  • Adquirir la virtud

    Una virtud solo puede adquirirse trabajando de forma constante, día a día, poco a poco. Nadie va de expedición al Himalaya como un entrenamiento previo al inicio de su carrera como senderista. Antes tienes que fortalecer tus músculos gradualmente, comenzando por trabajos de menor esfuerzo y prosiguiendo en esa línea hasta poder alcanzar logros mayores.

    Esta misma regla se aplica a la virtud. Es verdad que cada persona, por naturaleza, tiene unas virtudes que practica con más facilidad que otras. Si no nos esforzamos constantemente en ejercitarlas en cada situación que lo requiera, podemos perder la facilidad para practicarlas. Si esto sucede en el caso de la llamada “virtud natural”, resultará mucho más necesario para cualquier otra virtud que intentemos ejercitar.

    Debemos estar atentos a esos momentos que se nos presentan como pequeñas oportunidades para practicar una virtud. Si los perdemos, se nos escapará la oportunidad de fortalecernos más en ella. A veces, la gente sueña o imagina que, si tuviesen que salvar una vida a costa de la suya propia, serían capaces de hacerlo de una manera heroica, con valentía. Bonito sueño, ¿verdad?
    En realidad, si no has estado dando pequeños pasos cada día en poner los gustos, deseos y la voluntad de los demás (siempre y cuando sean buenos) por delante de los tuyos propios, nunca serás capaz de responder ante situaciones más drásticas.
    Todos los grandes ejemplos de respuestas virtuosas con las que querríamos responder cuestan la lucha del día a día.

  • Clave para vivir la virtud

    The Key to VirtueLa virtud está en el punto medio, en el centro entre los dos extremos. Una persona valiente sabe cuándo debe actuar y lo hace sin miedo, pero con prudencia, buscando el bien de los demás. No es cobarde ni demasiado arriesgada. Hay una clave para vivir la virtud.

  • Constancia: fidelidad en el día a día

    En muchas ocasiones, después de un retiro, una buena confesión, un viaje misionero, o cualquier otra ocasión en la que hayamos tenido un fuerte encuentro con Cristo; empezamos una fuerte vida espiritual. Pero, ¿Cuánto nos dura? ¿Una semana? ¿Dos meses, como mucho? Enseguida, debido a la tentación, la pereza, el sentimiento de que no tenemos tiempo, etc., nos encontramos siendo inconstantes en nuestras resoluciones y decisiones.

    Si queremos superar esta situación, tenemos que pedirle al Señor el don de la constancia.  La constancia es la virtud que nos ayuda a llevar a cabo nuestros buenos y santos propósitos, superándonos a nosotros mismos, de manera que podamos realizar nuestros deberes diarios, incluso los más pequeños. Si has decidido hacer cada día 15 minutos de limpieza, hazlo bien y durante los 15 minutos. Si le has prometido a la Virgen que rezarías el rosario todos los días, rézalo bien, pensando en lo que estás diciendo, no lo reces en la cama mientras te quedas dormido. Si es tiempo de estudiar, estudia de verdad, sin perder el tiempo dando vueltas.

    Ser fiel en las pequeñas cosas ordinarias de cada día es muy importante. Muchas veces pensamos que la santidad es hacer cosas grandes y actos heroicos, pero la verdad es que nunca vas a tener la fuerza de realizar estos actos, si no has sido constante en las cosas pequeñas de cada día.

    San Josemaría Escrivá constantemente animaba a los miembros del Opus Dei a buscar la santidad en las cosas ordinarias del día a día.

    Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas” (Camino, 825).

    Esta debería ser nuestra actitud, si verdaderamente buscamos y queremos seguir a Cristo.

  • Crecimiento en la virtud: sinceridad

    ¿Querías realmente decirle a alguien lo feo que te parece, si es lo que sinceramente piensas, cuando te preguntan cómo lo ves? ¿O decirles que hablan demasiado cuando siguen y siguen hablando sobre ellos mismos? A veces, tenemos este dilema: “Tengo que decir la verdad, pero…”. Hay un término medio. La sinceridad nos ayuda a ser veraces y no a no ser falsos, pero, al mismo tiempo, a no ser maleducadamente honestos.

    Pero entonces, si no digo o hago lo que me sale de manera natural, ¿cómo puedo ser sincero? ¿No estoy mintiendo a esa persona?

    No olvides que la clave de la virtud, como ya hemos mencionado, es siempre el amor. Todas las virtudes y los actos que hacemos en nombre de la virtud, deben fundamentarse y enraizarse en la caridad. Debemos ser naturales. Al mismo tiempo, no queremos llegar al extremo de ser absolutamente bárbaros, insensibles y groseros con nuestros comentarios. Es bueno preguntarse tres cosas antes de hacer o decir algo, como buena forma de ayudarte a vivir la virtud de la sinceridad. Estas tres cuestiones pueden ser nuestros “salvavidas”:

    1. ¿Es cierto lo que voy a decir?
    2. ¿Es bueno para alguien?
    3. ¿Es necesario?

    Por ejemplo, tienes que decirle a alguien que debería cambiar su forma de vestir, porque es necesario para que la gente no se ría de él. Pero, ¿hay alguna manera decírselo que sea buena para él? Párate y piénsalo, deja que en la forma de decírselo te mueva la caridad.

    También tenemos que tener en mente que hay algunas cosas que deberíamos decir siempre en privado. Puedes hacerle saber a alguien que lo que está haciendo está mal, si esa es la verdad y el bien para él, y si, además, es necesario para que deje de cometer un gran error en su vida. Pero, ¿debería hacerlo delante de otras personas? No, tenemos que ser discretos en nuestra sinceridad. Y si tienes alguna duda, pregúntate siempre a ti mismo cómo querrías que alguien te dijera lo que tú le dirías a los demás.

  • Crecimiento en las virtudes: fortaleza

    El simple hecho de llevar una vida cristiana normal, en estos días, puede suponer un esfuerzo heroico y mucha fortaleza. Muchas veces no puedes ni siquiera ir al supermercado a comprar sin ser atacado por la impureza: puede ser la música que está sonando, que tiene connotaciones sexuales; o las revistas que están en el mostrador; o la ropa que alguien está vistiendo (o que no está vistiendo). Y este es solo un ejemplo, se te pueden ocurrir muchos más. Si queremos llegar a la santidad que Dios nos tiene reservada, es muy importante para nosotros crecer en fortaleza.

    La primera forma de crecer en cualquier virtud es pedir al Señor que nos conceda tal virtud. ¡Señor, dame la fuerza! ¡Por favor, dame fortaleza! Recuerda que al que pide se le dará. El Señor nos da las gracias que necesitamos, pero debemos hacer un esfuerzo. Después de pedir al Señor su ayuda, tienes que ponerte a trabajar. Aquí te damos algunos pasos a seguir para crecer en la fortaleza, unos sencillos y otros más difíciles:

    Pasos sencillos

    1.    No quejarte de los sufrimientos e inconvenientes que te sucedan durante el día. Si quieres ser aún más fuerte, ofrécelos con una sonrisa. Parece muy fácil, pero puede resultar más difícil de lo que piensas. Ofrece el calor, el frío, algo molesto que está haciendo quien está a tu lado, el ruido que hacen los obreros en la calle, etc. Si tienes tiempo para pensar, quizá se te ocurran más cosas que durante el día pueden ser una razón para quejarte.

    2.    Cuando tengas la oportunidad de elegir lo que vas a comer, toma lo que sea menos apetitoso para ti. Si no eres alérgica a ello, no te matará, y te hará tener una voluntad más fuerte. Esta es una manera de fortalecerte y de superar tus deseos de buscar lo más agradable.

    3.    No elijas siempre la silla más cómoda. Haz un sacrificio; sé más fuerte que tus deseos de comodidad.

    4.    No seas impulsiva en tus reacciones o respuestas a las opiniones de otros. No quieras tener siempre la última palabra, así crecerás en paciencia.

    Pasos difíciles

    1.    Sé discreta con la información que comparten contigo. Muchas veces, nos dejamos llevar por el deseo de contar a todo el mundo lo que nos han dicho en confidencia. También puede suceder lo opuesto, que queramos saber todo sobre la vida de otra persona. Si consigues vencer estas dos tentaciones, ganarás la batalla a la curiosidad y a la indiscreción, creciendo así en templanza.

    2.    Escapa de cualquier relación dañina que te esté alejando del Señor, sea un amigo, o tu novio, o tu novia... Tendemos a seguir con ciertas amistades o relaciones, aunque sepamos que no son buenas, porque nos falta la fuerza de decirle a la otra persona: “No, se acabó”.   Debes superar el deseo de ser estimado por los demás. Deja ya las malas amistades y crece en fortaleza.

    3.    Conserva y defiende tu virginidad. Parece que, hoy en día, la gente se ríe de la castidad, si es que alguna vez se habla de ello. Pero, en realidad, el hecho de que te tomes en serio la castidad demuestra que tienes un gran respeto por tu dignidad y por la de los demás. También pone de manifiesto que no dejas que tus pasiones te controlen, y que tu dignidad y tus principios son los que marcan tu manera de actuar.

     fortaleza

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  • Crecimiento en las virtudes: Poner en orden tu vida

    Si, hasta ahora, tu lema de vida ha sido: "Voy a hacer lo que me toca ahora", solamente sabrás hacer lo que te toca, cuando te toca, y no tendrás un horario establecido. ¿Cómo puedes huir de eso y caminar hacia una vida más ordenada y organizada? La teoría es simple, pero la práctica requiere constancia y fortaleza para mantener tu resolución.

    Antes de continuar, ten en cuenta que, cuando haces un horario para organizar tu vida, siempre es mejor que otra persona, tu director espiritual, lo revise. Él será capaz de ayudarte a discernir si estás dando mucho o poco tiempo a algo y, como te conoce bien, te podrá ayudar a encontrar maneras de encajar estas cosas.

    Ten en mente lo que ya hemos dicho antes acerca del orden. Tenemos que tener nuestras ideas y valores en orden antes de poder ordenar el resto de nuestra vida. Como cristianos, nuestro orden de valores empieza por Dios, luego van las obligaciones propias de mi estado o vocación y, finalmente, el entretenimiento, la cultura y el resto. Así que, cuando comiences a hacer tu horario, puedes empezar marcando la hora a la que te sueles levantar y la hora a la que te acuestas. También debes marcar la hora a la que empiezas las clases o el trabajo, la hora de las comidas, así como la hora de otras actividades que no se puedan cambiar facilmente.

    Después, piensa en los compromisos que tienes con Dios según tu estado de vida y piensa cómo colocarlos en tu horario, asegurándote de que los puedes cumplir sin problemas. Esto es algo importante. Por ejemplo, no es una buena idea dejar la oración para el final del día, justo antes de ir a la cama. La tentación será muy grande... Es más, sabes que te quedarás dormido. Por lo tanto, es esencial ver cuándo y cómo puedes cumplir tus compromisos, dando lo mejor de ti a Dios. Luego, añade el tiempo que necesitarás para cumplir con tus obligaciones. Para un estudiante, eso sería el tiempo de estudio; para un padre de familia, eso sería tiempo para estar con tu mujer y tus hijos, para hacer cuentas o solucionar cosas...

    Bueno, tu horario ya va tomando forma. Ahora ya puedes incluir otras cosas como el entretenimiento, los deportes y la cultura.

    Esta es una manera de poner un poco de orden en tu vida. No olvides que, de vez en cuando, algo puede cambiar inesperadamente. También debes ser capaz de ser flexible, lo cual no significa que cambies todos los días tu horario. Una vez que lo revises con tu director espiritual, es tiempo de cumplirlo.

    También puedes revisar el plan de vida. Es algo similar al horario, pero está más enfocado en la vida espiritual y el crecimiento de las virtudes.

    orden

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  • Fortaleza: ¡Señor, dame fuerzas!

    Es posible que hayas decidido guardar la pureza en tus pensamientos, en tu cuerpo y en tu alma. Ya estás cansado de lo que has visto en las relaciones de otros -si es que se pueden llamar así, pues más bien son personas que se usan unas a otras para conseguir placer-. Tú quieres vivir de manera diferente, quieres esperar a encontrar a la persona adecuada para casarte... Pero, ¿cómo mantenerte puro y ser fiel a tus propósitos con todo lo que hay en la televisión, en las revistas, en la música, en la radio, en la manera de vestir de los que te rodean..., cosas que atentan contra tu pureza?

    Tienes que pedir al Señor fuerzas, necesitas la virtud de la fortaleza. La fortaleza es la virtud que nos ayuda a caminar por el sendero que lleva al bien y a superar los obstáculos que encontramos en este camino. ¡Señor, dame fuerzas! ¡Dame la fortaleza para vivir en castidad!

    Pero, obviamente, necesitas la fortaleza para cualquier buen propósito que hayas hecho, no solamente para la castidad. Quizás hayas decidido ser siempre amable con los demás. ¡Señor, dame fuerzas para tratar a todos con amor! Y empiezas tu camino sonriendo a todos, diciendo siempre una palabra amable, sin murmurar. Hasta que llega un día en el que no has podido dormir bien y te has levantado con el pie izquierdo. Entonces, tu paciencia es muy poca. Si tu compañera de habitación te saluda por la mañana y te pide que no olvides tirar la basura cuando salgas... ¡Señor, dame fuerzas para seguir siendo amable! ¡Señor, dame fuerzas para superar los obstáculos por los que estoy pasando ahora (un dolor de cabeza, el cansancio, la impaciencia...)! ¡Te he hecho una promesa, ayúdame a vivirla!

    Para vivir una vida de virtud y santidad, necesitamos pedir a Dios la fortaleza. Y con más razón ahora, cuando parece casi heroico el vivir algunas virtudes como la pureza, la modestia, la honestidad, la fidelidad..., porque el resto de la sociedad las desprecia. 

    ¡Señor, dame fuerzas! ¡Dame la fortaleza para ser santo!

  • La magnanimidad: corazón grande, espíritu generoso

    Todos estamos llamados a hacer cosas grandes. Nos sorprendemos cuando vemos ejemplos de héroes, de aquellos que ponen todos sus talentos, dones y vidas al servicio de los demás. Hay un deseo en nosotros, al menos cuando somos pequeños, de hacer grandes cosas. Buscamos la grandeza y el esplendor. Soñamos con cambiar el mundo, con descubrir la cura para el cáncer, con erradicar con la pobreza. Muchas veces, cuando crecemos, perdemos estos deseos y esta grandeza de espíritu. La virtud de la magnanimidad consiste en el deseo de hacer cosas grandes, en orden a responder a aquello que Dios nos pide.

    Una persona magnánima tiene un gran corazón, está abierta a recibir a otros, a amarlos y servirlos. Su corazón abierto los lleva a tener un espíritu que hace grandes esfuerzos por amar a Dios y al prójimo. Se vuelven nobles en sus pensamientos, palabras y acciones, haciendo lo que está bien, pero sin buscar honores. Tienen una visión grande y amplia. Una visión amplia mira a los que le rodean, y ayuda a no enfocarse en sí mismo. Una visión grande nos hace mirar a Dios, haciendo que nuestro corazón y nuestros deseos se centren en Él.

    ¿Qué quiere decir ser magnánimo? Significa tener un gran corazón, tener un alma grande, quiere decir tener grandes ideales, el deseo de lograr grandes cosas en respuesta a lo que Dios pide de nosotros. Y, para ello, hace las cosas bien todos los días: todas las acciones cotidianas, los compromisos, los encuentros con la gente; y hace las pequeñas cosas de todos los días con un gran corazón abierto a Dios y a los demás”. - Papa Francisco

    magnanimo

  • Orden: cada cosa en su sitio

    Imagínate que quieres ser un jugador de fútbol profesional. Una vez que tienes esto en mente, ¿qué haces para conseguir tal meta? Levantar pesas, llevar una alimentación equilibrada, entrenar y estudiar las estrategias del juego. Todo esto está muy relacionado con la virtud del orden. El orden es la virtud que nos ayuda a colocar cada cosa en su sitio. Pero no se puede limitar esta virtud a las cosas exteriores. Para vivirla, es necesario empezar por tener todo en orden a nivel interior, incluyendo tus ideas y tus valores.

    Para un momento y piensa: ¿Cuáles son los principales criterios e ideas que tú valoras en la vida? Si estás bautizado, entonces eres hijo de Dios, y este hecho es tan grande que debería determinar tu forma de vivir. Luego, si eres hijo de Dios, deberías hacer lo que Dios manda. Sabemos que Él nos pide que cumplamos los 10 mandamientos, que quiere que amemos y seamos santos... y podríamos seguir escribiendo una lista. Es necesario que pongamos orden en nuestras vidas de manera que estos valores tengan la mayor prioridad. Antes de la llamada a ser intelectuales, atletas, estudiantes, mecánicos... o a ejercer cualquier otra ocupación, está la llamada a la santidad.

    Una vez que hayas establecido el orden de prioridades espirituales, ¿qué más tienes que hacer? Reflexionar sobre la llamada específica que Dios te hace a ti. Él tiene un plan para cada uno de nosotros, diseñado exclusivamente para cada persona. Una vez que sepas cuál es el tuyo, preguntándoselo en la oración, entonces puedes empezar a trabajar para que se pueda cumplir en tu vida.

    Es posible que, en este momento, estés llamado a ser estudiante universitario. ¿Qué es lo que eso requiere por tu parte? Como estudiante, tu deber es ir a clase y atender durante las lecciones, no entretenerte hablando en clase con los amigos (esto sería un desorden, pues no es ni el sitio ni el momento adecuado para ello). Y no solamente ir a clase, sino también dedicar el tiempo necesario a la lectura, a los deberes y al estudio. Es importante cumplir con estas tareas y obligaciones de nuestro estado de vida, pero siempre tienen que estar pospuestas a las exigencias espirituales.

    Dedica tiempo a reflexionar sobre quién eres, para qué has sido creado, a qué estás llamado. Una vez que pongamos en orden nuestras ideas y valores, entonces podremos organizar nuestras tareas, nuestras obras, nuestras actitudes, nuestro tiempo... de forma que podamos vivir bien nuestra vocación.

    Pregúntate a ti mismo: ¿Quién soy? ¿Para qué he sido creado? Mi manera de vivir, ¿me está ayudando a convertirme en la persona que estoy llamado ser?

     ¿Virtud sin orden?¡Rara virtud!

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  • Sinceridad: sé tú mismo

    A veces, puede resultar complicado expresarnos, ser lo que realmente somos, especialmente, si eso significa que seremos señalados por nuestros amigos. En ocasiones, nos volvemos tan cuidadosos que, al final, no expresamos realmente lo que llevamos dentro. Algunas personas lo describen como “ponerse una máscara” o “no ser uno mismo”. Terminamos midiendo nuestra forma de actuar, todo lo que hacemos y decimos, buscando nuestra propia conveniencia.

    La sinceridad es la virtud que nos permite expresarnos libremente ante los demás, sin miedo a sufrir la decepción. Nos permite ser quienes somos de forma natural. Si somos sinceros, no buscaremos crearnos una imagen falsa de nosotros mismos. Podemos actuar, pensar y sentir con libertad, sin pretender ser otra persona.

    En la actualidad, vivir de ese modo es un verdadero regalo, así como estar rodeado de aquellos que son sinceros. Parece ser que, cada vez con más frecuencia, la gente está buscando ser de otra manera, en lugar de ser lo que Dios quiere que sea. San Juan Pablo II dijo: “Sé quien tienes que ser”. Es decir, sé lo que tú eres y no lo que son los demás o lo que los otros quieren que seas. En realidad, vivir de una manera sincera y natural es muy atrayente para los demás. Pueden ver que tú tienes algo que ellos no tienen: la valentía de ser tú mismo, sin preocuparte de lo que otros puedan pensar o decir. Todos queremos, en lo más profundo de nuestro interior, que así sea, pero hay también muchos que, por cobardía, no están dispuestos a llegar tan alto.

    En orden a vivir así, tienes que dedicar tiempo a la oración, para llegar a conocer quién quiere Jesús que seas. Pídele fortaleza para no volver la espalda a su plan para ti, aunque vivir como los demás te parezca más atractivo. Aunque resulte más atrayente, el hecho de dejar atrás su proyecto de quién debes ser, sería vivir una mentira. Vive en la verdad; sé sincero contigo mismo y con los demás.

  • Virtud: ¿por dónde empezar?

    ¿Cómo puedes saber cuál es la virtud en la que tienes que trabajarte? Conócete a ti mismo y sabrás cuál es la virtud que más necesitas. Es verdad que debemos practicar todas las virtudes y esforzarnos en vivirlas, pero también es verdad que tenemos una inclinación natural hacia ciertas cosas y un completo rechazo hacia otras.

    Para saber cuál de ellas debes trabajar, tienes que examinarte a ti mismo, tu conciencia y tus pecados. Esto te guiará para encontrar tu defecto dominante. ¿Defecto? ¿Por qué tienes que conocer tu defecto si estamos examinando la virtud? Igual que el doctor, para curar a alguien, para devolverle la salud, tiene que examinar los síntomas de su enfermedad, en la vida espiritual, para saber cuál es la virtud que más tienes que practicar, tienes que ver cuál es el defecto que más domina en ti. Casi todos nuestros pecados siguen el mismo rastro de nuestro defecto dominante. Tienes que estar dispuesto a examinarte con sinceridad y tener coraje para llamar al vicio por su nombre sin excusas, con el fin de conocer la virtud adecuada que necesitas para conquistarlo. Todos los vicios tienen una virtud opuesta, la cual, si la aplicas, te hará superar el vicio.

    Debemos ser conscientes de que la lucha nunca se acaba. Aunque logres ganar pequeñas batallas y superar grandes luchas, tu defecto dominante siempre permanecerá y estará constantemente tratando de salir otra vez dentro de ti para conquistarte. Debemos tratar de perseverar en la lucha hasta el final.

    Esta es la lista de los vicios capitales y las virtudes opuestas a ellos

    Lujura (excesivo apetito sexual) - castidad (pureza)

    Gula (excesos en el comer, beber) - templanza (autocontrol)

    Codicia (avaricia) - caridad (donación)

    Acedía (pereza) - diligencia (celo, laboriosidad)

    Ira (cólera) - perdón (compasión)

    Envidia (celos) - amabilidad (admiración)

    Orgullo (vanidad) - humildad (sumisión)