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Adviento

Adviento

Cuando era más pequeño, el adviento me parecía una de las mejores épocas. La sensación de que pronto iba a ser Navidad, la decoración y los cantos hacían surgir esas emociones de alegría anticipada. Con el tiempo, esa visión infantil se fue yendo, porque no conseguía reavivar esa emoción y hubo algún año en que el adviento ni siquiera era navideño. Eso sucede y, si uno no se da cuenta, intenta seguir ese mismo camino haciendo más cosas “navideñas” para poder regocijarse en esos sentimientos.

La razón es que esas ideas mundanas son un pozo con fondo. Durante algunos años podremos sacar sensaciones agradables, pero eso terminará. Hay que adentrarse en el misterio verdadero del adviento, el pozo sin fondo de la Encarnación y nacimiento del Verbo de Dios.

Por eso, este tiempo es sumamente importante. Es un tiempo de recogimiento, de silencio. Hay que esforzarse por adentrarse en el amor que tuvo el Padre para enviarnos su Hijo, en los que algunos consideran un escándalo. Tanto amor para unas criaturas tan pecadoras. Si pudiéramos captar solo una partícula de ese amor, nuestra vida tomaría un nuevo rumbo y un nuevo sentido.

Debemos guardar más silencio, tanto exterior como interior. Si el mundo se marea comprando y gastando dinero, nosotros debemos mortificarnos. Es el tiempo en que podemos revisar nuestra vida y prepararnos para la venida de Jesús. Él no anunció su venida con trompetas, entre gritos de júbilo de ángeles, con anuncios y ofertas; vino en el silencio, sin mostrarse a los grandes de este mundo y ni siquiera a los pequeños, sino a los humildes, a los que esperaban su venida.

El adviento es prefacio del tiempo que vendrá, del Gran Juicio, en el que el Rey del Universo vendrá a juzgar a la tierra. Es nuestra última oportunidad para arrepentirnos. Es la oportunidad para corresponder a ese amor que nos tiene, un amor que hizo del mismo Dios un mortal, para salvarnos.  

Es el tiempo en el que podemos purificarnos antes de que venga el que es verdaderamente puro. Debemos ofrecerle más que un pobre pesebre en nuestro corazón. La Navidad es una gran fiesta, pero sólo lo será si nos hemos preparado para ello, si la morada de nuestra alma está limpia, caliente y bien servida.  Y, como sabemos, prepararnos para un evento feliz, también alegra.

Acojámonos a María, la que se preparó toda su vida y, especialmente esos nueve meses, para el nacimiento de Jesús. Ella, que guardó silencio para hablar sólo con el Señor; ella, que en su recogimiento convirtió cada gesto en oración.

Modificado por última vez elSábado, 09 Diciembre 2017 14:15
Hijo pródigo

Somos Fernando, Eduardo y Joaquín,
tres hermanos nacidos en 1991, 90 y 98,
amigos del Hogar de la Madre.

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