¿Por eso Me amas menos?

Todos los tiempos litúrgicos están dirigidos a amar al Señor. Pero, con razón, algunos de ellos son llamados tiempos fuertes, como la cuaresma.

Si vinieran seres extraterrestres espirituales y vieran a la humanidad, lo primero que harían dichos seres sería analizar el ombligo del hombre. Se preguntarían: “¿Qué interés encuentran los hombres en esa hendidura de su barriga?”. Toda la humanidad a eso tiende o está activamente mirándose el ombligo, examinándolo con gran atención, dándole vueltas y más vueltas –espiritualmente hablando–.

Es algo que nos pasa a todos y nos pasa mucho. Pero es un gran obstáculo, una gran desviación, ya que nos impide lo único necesario: ¡Amar a Dios! Estamos dedicándonos a nuestro ombligo en vez de amar a Dios... ¡Qué ridículo!

La cuaresma consiste en eso: quitarnos a nosotros del centro y poner a Dios. Es un ejercicio que nos cuesta mucho, que nos parece sumamente complicado. Y hacemos cálculos, elaborando métodos enrevesados, para algo que es lo más sencillo del mundo. Es sencillo, sí. Los complicados somos nosotros.

Nos sucede muchas veces –sobre todo cuando intentamos vivir una vida virtuosa– a la hora de pecar o cometer una falta. Nada más darnos cuenta, empezamos a darle vueltas a esa faltita que hemos cometido, y en la oración, en vez de amar a Dios, estamos preguntándonos si fue un pecado venial, grave o mortal; si ahora tenemos que confesarnos; si somos malos... Nos entristecemos, nos desalentamos.

En ese momento nos parece un ejercicio sumamente piadoso, pero lo único que estás haciendo es definir espirales espirituales como un avión sin piloto, que terminan... en ti mismo, ¡en tu ombligo! ¡Y estás amando menos a Jesús por pensar demasiado en ti!

Si el pensar que eres malo te lleva a amar menos ¡no pienses en ello!

En esos momentos deberías hacer lo que aconseja Jacques Phillipe: deberías pensar que vas por el buen camino, que el Señor está contento contigo, que amas a Dios con todo tu ser, que estás llamado a ser un santo muy grande, muy grande; que quieres amar a Dios como nadie lo ha amado jamás y que el mismo Dios te está ayudando en estos momentos para alcanzarlo.

Esta práctica no es nueva. San Francisco de Asís, cuando se sentía triste se retiraba a una gruta detrás de su convento para pensar en todas las razones por las que debería estar contento. Y no se iba hasta que no se alegraba.

Tenemos que hacer lo que haga falta por amar al Señor. La mayoría de las veces no amamos a Dios porque nos estamos mirando a nosotros mismos. Miramos nuestras miserias y pecados, quedándonos en ellos. Pero ¡eso no agrada al Señor!

Alejemos nuestra mente de las cosas malas, sean cuales sean, y pongámosla en Dios, Bondad infinita. El movimiento natural del hombre herido es de descenso. Hagamos el esfuerzo de elevar el alma.

Al Señor lo que le agrada es tener en sus manos a sus hijos, velar por ellos, cuidarlos, mostrarles que es su Padre amoroso. Eso no significa que sus hijos no sean pequeños y pecadores, pero eso no es en lo que Él se fija. Lo que Dios mira es si esos hijos le aman, si confían en Él a pesar de ser frágiles, si ponen su confianza en Él y no en sí mismos. El vivir sabiendo que su misericordia es mayor que nuestros pecados arrebata el corazón de Dios, le hace salir de sí, alegrarse inmensamente. ¡Somos capaces de alegrar a Dios!

Eso es lo que más agrada al Señor, esa es la penitencia agradable a sus ojos.

Vivamos así, dirigidos a Él. Somos pequeños, sí. Somos pecadores, sí. Pero los niños pequeños no miran lo que ellos pueden hacer por sí mismos. Todas las cajas de galletas están al alcance del niño, que sabe lo grande que es su padre. Y nuestro Padre es enorme.

Miremos más a Dios, por encima de nosotros mismos. Amémoslo siempre más y quitemos con prontitud cualquier obstáculo que nos haga tropezar en este camino.

Mira a María, la mujer cuyos ojos siempre están dirigidos a Dios. Esos ojos que nunca han mirado otra cosa que no sea Dios. Aprende de ellos.


Hno.Joaquin Hijo Prodigo

Me llamo Hno. Joaquín María de la Cruz y soy Siervo del Hogar de la Madre. La verdad es que me gusta usar mi nombre religioso, porque ahora soy verdaderamente un hombre nuevo.
Nunca he tenido problemas de ningún tipo, pero aun así el corazón puede estar muy lejos de Dios. Me atraían cosas que en sí no son malas: el triunfar en el mundo, hacer grandes cosas, tener una familia, mujer, hijos...
Ya digo, nada malo. Pero cuando Dios me mostró lo pobre que eran mis planes y el Cielo que tiene preparado para mí, dejé mi camilla y corrí tras él.
Quizá el blog se podría llamar así: "Del paralítico". Porque sí, yo era un paralítico, un hijo pródigo. En el mundo quizá tenía futuro... pero prefiero el paraíso. Por la misericordia de Dios ahora soy libre y le sigo de todo corazón. 
Desde que empecé a seguir la voz de María, cada día es mejor que el anterior y si esto sigue así, me va a dar vértigo. Y sobre eso quiero escribir.