Las dos tentaciones

El objetivo del demonio es separarnos de Dios. No hay ninguna sutileza que se le escape para conseguir este objetivo, por muy retorcida que sea.

Advierte, por ejemplo, San Juan de la Cruz que a veces el demonio puede alimentar un fervor con tal de hacernos más soberbios.

Algo parecido ocurre en el campo de las tentaciones. Existen en efecto dos tentaciones y las dos son igualmente perniciosas para el alma.

Y mientras que la primera nos resulta evidente y solemos reconocerla inmediatamente, la segunda es piedra de tropiezo de muchas almas.

La primera tentación es obvia: el pecado. El demonio se viste de luz y hace creer al alma que es en realidad la felicidad. Se muestra seductor y se envuelve de inofensividad. Sobre todo cuando el alma es más avanzada y busca a Dios, hace creerle que lo que en realidad está persiguiendo es la bondad. Unas veces se viste de falsa piedad (como cuando pretende aligerar el sufrimiento), otras veces como fervor (juzgando a aquellos menos devotos que ella) o de cualquier otra virtud.

Aquí la tentación consiste en hacer caer al alma en un hueco. Realmente es esta una buena imagen para describir lo que experimenta el alma, por cuanto la pendiente es cada vez más acentuada cuanto más cercana está de ella y menos cuanto más alejada permanece. (Muchas veces los limpios de corazón ni siquiera sienten las insidias del demonio por estar tan alejados de este hoyo).

Pongamos por ejemplo que suena la alarma a las siete de la mañana. En esas centésimas de segundo estamos librando ya un combate y un discernimiento. Si pudiéramos ver lo que sucede en el plano espiritual, veríamos seguramente una lucha a vida o muerte entre los demonios y nuestro espíritu junto con nuestro ángel de la guarda. Seguramente, el que está acostumbrado a salir de la cama sin desperdiciar un segundo en el diálogo con el maligno, no se encuentre tan fácilmente con este obstáculo.

Obsérvese además que lo que hace el Espíritu Santo es diametralmente opuesto: lo que persigue —y a veces hasta violentamente— es que el alma no caiga y que no se aproxime al pecado.

Pero he aquí que el alma cae: posponemos la alarma. Y el perverso demonio no contento con verla en el hoyo – pues sabe que el Señor sabe sacar grandes beneficios de estas situaciones y sabiendo además que el que descendió a ese pozo de pecado fue Cristo— arremete con la segunda tentación contra el alma triste.

No debemos de ningún modo subestimar esta segunda tentación, repito. Lo que el demonio hará es acusar.

Le recordará durante todo el día lo perezosa que ha sido, lo dejada que es. Intentará insinuarle que todos los males de aquel día provenían de aquella dejadez: las prisas, el café derramándose, el grito de impaciencia...

Quiere alejar al alma haciéndole pensar que es la más vil de las criaturas y que no tiene remedio. Le grita que en el fondo el Señor no la quiere. Le hace desesperar para no volver a incorporarse. O para, en una apariencia de humildad, flagelarse eternamente sin la capacidad de aceptar el perdón que el Señor desde la Cruz dio a Dimas.

Y contra esta tentación debemos luchar igual de encarnizadamente que contra la primera. Pensemos que el demonio nos insinúa ahogarnos en el más vergonzoso de los pecados para huir de esta segunda tentación, porque el objetivo es igual de perverso, quizás incluso más. Porque mientras que con la primera caída el alma es capaz de salir más cerca de Dios, con la humildad acrecida, la segunda caída puede ocasionar una aversión al perdón de Dios.

Huyamos ante esta segunda tentación como huimos ante la primera. No nos engañemos pensando que hacemos un acto de virtud cuando nos repetimos una y otra vez nuestro pecado y lo malo que somos. «¡Qué mal lo he hecho! ¡Qué terrible soy!»

Pues lo que nos sugiere el Espíritu Santo cuando caemos es que nos levantemos con dulzura, mirando a la Cruz de donde brota el amor, el perdón y sobre todo, la esperanza.

¡Cuántos pecadores empedernidos no habrán salido de sus vicios! ¿Somos acaso peores? ¿Es que en nosotros la gracia no es capaz de obrar lo mismo que en san Pablo? ¿O “lo que a nosotros nos pasa no le pasa a nadie”?

Ánimo. Dios te ama.


Gunter HijoProdigo

Soy Günter Rauer y soy un joven, miembro del Hogar de la Madre. Podría haber dicho que soy estudiante de Derecho, que tengo cinco hermanos o que me gusta tocar la guitarra, pero en primer lugar soy hijo católico e hijo de María, Nuestra Madre.
Nunca he dudado de la existencia de Dios pero no pensaba que aquello implicaba todo mi ser. Entendí que no podía darle algunas horas de mi semana o algunos bienes de mi posesión, sino todo mi ser.
En la Semana Santa de 2016 recibí la gracia de que Dios se hiciera sensible para mí de forma que ya no pudiera dudar de su amor por mí. Entendí su deseo de que fuera santo y estuviera junto a Él por toda la eternidad, para lo cual es preciso que me siga convirtiendo día tras día, también gracias a tu oración, querido lector.
Nuestra fe es fascinante: la apologética, la liturgia, la vida de los santos o aquella coherencia interna de todos los misterios revelados, el nexus mysteriorum. Aprender de ella sacia el alma.