No llevéis nada

El camino de la vida espiritual es sencillo. Sí, es sencillísimo. Y esa sencillez siempre es una gran luz. A veces oigo frases de santos que me dejan impresionado e iluminado, y muchas veces me fascinan precisamente por eso: por su sencillez. 

El Señor, en el comienzo del capítulo 9 de San Lucas les dice a los apóstoles que no lleven nada para el camino: «ni báculo, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni llevéis dos túnicas» (9,3).

No solo es una indicación para un camino físico, sino sobre todo para el camino espiritual de cada uno de nosotros. 

Vamos constantemente cargados de nuestros pecados, ilusiones vanas, deseos inmoderados, miedos irracionales, como si fueran irremediables. Pero no solo eso. Además nos cargamos con nuestras conquistas espirituales, nuestras buenas obras, como si fuéramos nosotros los artífices y no Dios. (Quien de verdad ama, lo atribuye todo al Amado).

El que carga con sus pecados, va lleno de miedo y el que carga con “sus méritos”, hinchado de vanagloria.

Lo que Él quiere es que no llevemos nada: «No toméis nada para el camino». 

Y nosotros podríamos responderle: «Maestro: ¿Acaso no se necesita dinero para hacer un camino largo? ¿O un bastón para apoyarse? ¿O una alforja para llevar lo indispensable? ¿O pan para alimentarse, por lo menos?»

Pues el Señor del universo considera que no.

¿Qué tenemos que hacer entonces, Señor? 

Y él nos responderá: «Haz vacío de ti mismo para que yo pueda entrar en ti totalmente». Él quiere que corramos ligeros, sin embarazos, sin nada que pueda entorpecer nuestro camino. Porque una piedra puede hacernos tropezar, pero también el hecho de mirar una florecita puede hacer que nos desviemos del sendero. 

Él quiere nuestra confianza, nuestro amor. 

Dios no necesita muchas cosas. Es más: no necesita nada de ti, pero te necesita a ti. Desprecia la grasa de terneros, pero en cambio jadea, seco de angustia, por el amor de tu corazón.

Y muchas veces nos lo hace saber desbaratando nuestros planes, rompiendo esquemas, desgarrando ilusiones. Entra en el templo de tu corazón, lleno de puestos de cambistas, ídolos de plata y oro, hechos a otros dioses y, celoso, los tira y hace huir a los falsos amantes. Y todo eso por amor. Porque es un Dios celoso y te quiere solo a ti. No tengas en tu corazón más que a Dios, solo Dios.

Quítate los deseos de querer ser, de aparentar, de temer el que te desprecien los hombres. ¡¿Cuándo temerás que te desprecie Dios?!

Cuando te ocurra eso, cuando el Señor rompa todos tus planes e ilusiones, agradéceselo. Porque está desapegando tu corazón de todo lo que no sea Él, para que le ames solo a Él.

Y Dios te mira con amor y te dice: «Ve ligero». Él rompe todo por puro amor. 

Nuestros miedos surgen porque tememos perder algo. Pero ¿cuándo comprenderemos que lo único que necesitamos es el amor de Dios, que nunca nos faltará? Si vives así ya no tendrás esos deseos que te zarandean el corazón, que te dicen que tienes que ser algo que no eres; esos miedos que no te dejan tener paz; esas angustias que no te dejan dormir. Ya no te importará lo que piensen de ti, porque solo te importará lo que Dios piensa de ti.

Y Dios te dará tu alimento, lo que necesitas, a cada hora. Él mismo nos lo dice: «En cualquier casa que entréis, quedaos allí» (Lc 9, 4). 

Es un ejercicio de cada día el desembarazarnos de todo: de nuestros pecados, de nuestros méritos, comenzar desde cero.

Cuando sientas que algo te pesa, haz un examen de conciencia. ¿Lo necesitas para caminar? ¿Puede el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que guió a su pueblo durante 40 años por el desierto y resucitó a su Hijo de entre los muertos, solucionar tu problema? Abandónalo en sus manos y no tengas nada en el alma más que su amor, que es lo único que necesitas.

Él sabe lo que necesitas para caminar. Sabe de dónde vienes y a dónde vas. Él te ha hecho y quiere vivir en tu corazón. Es Padre. Conoce cada paso que das mejor que tú. Lo que necesites, él ya te lo ha puesto en el camino. 

Él te dice: «No lleves nada, que todo te lo daré yo». 

Sabiendo eso ¿cómo no correr ligeros, alegres, sin más ocupación que el amarle de todo corazón?

Mira a María. 


Hno.Joaquin Hijo Prodigo

Me llamo Hno. Joaquín María de la Cruz y soy Siervo del Hogar de la Madre. La verdad es que me gusta usar mi nombre religioso, porque ahora soy verdaderamente un hombre nuevo.
Nunca he tenido problemas de ningún tipo, pero aun así el corazón puede estar muy lejos de Dios. Me atraían cosas que en sí no son malas: el triunfar en el mundo, hacer grandes cosas, tener una familia, mujer, hijos...
Ya digo, nada malo. Pero cuando Dios me mostró lo pobre que eran mis planes y el Cielo que tiene preparado para mí, dejé mi camilla y corrí tras él.
Quizá el blog se podría llamar así: "Del paralítico". Porque sí, yo era un paralítico, un hijo pródigo. En el mundo quizá tenía futuro... pero prefiero el paraíso. Por la misericordia de Dios ahora soy libre y le sigo de todo corazón. 
Desde que empecé a seguir la voz de María, cada día es mejor que el anterior y si esto sigue así, me va a dar vértigo. Y sobre eso quiero escribir.