Raíces de nuestra devoción a la Virgen María: “Reina Madre”

Para amar a Dios es preciso conocerlo y, para esto, la Teología es una gran ayuda. ¡Qué bello es no solo aprender sobre la naturaleza de Dios, sino también alimentar nuestro corazón con lo que nuestra razón ha aprendido! Se produce así el efecto maravilloso de que nuestra cabeza auxilia a la fe para amar mejor a Dios y a los hermanos.

Una experiencia así tuve al aprender sobre las raíces de nuestra devoción a la Virgen María.

Desde tiempos inmemoriales, los enemigos de la Iglesia y del cristianismo han atacado nuestra creencia en la especial dignidad de la Virgen María. Estos adversarios tenían acaso una conciencia mucho más clara que la nuestra de que el ataque a la dignidad de la Virgen Santísima era un ataque a la divinidad de Cristo.

Entre los más grandes enemigos de la Virgen figuran aquellos que, además de negar la tradición de la Iglesia, creen que en las Escrituras no se halla una base para nuestra devoción a María.

Lo que estos artículos pretenden es adentrarse en los fundamentos bíblicos de nuestra creencia en la Virgen María como Reina y como Madre de Dios; en definitiva, dar respuesta bíblica al porqué de nuestra veneración a la Santísima Virgen, demostrando así el error inmenso que cometen los que discurren sin honrar a Nuestra Madre.

Para ello, me baso en numerosas conferencias que ha impartido al respecto Brand Pitre, a fin de que sus descubrimientos lleguen también a nosotros. Quien después de esta breve lectura quiera profundizar en los estudios del citado profesor y domine el inglés, puede recurrir a su libro “Jesus and the Jewish Roots of Mary”.

Aunque en su libro trate de varios aspectos, en este artículo nos centraremos en María como la «Reina Madre» y, en el próximo, en María como «Arca de la Nueva Alianza».

Un error común entre teólogos enemigos de María es olvidarse de hacer una interpretación integral de las Escrituras (teniendo en cuenta el Antiguo Testamento), cosa que cualquier estudioso se cuida de hacer en relación con Jesús, por ejemplo. ¿Cómo entender al Mesías sin las profecías que lo preceden? Desde nuestra situación histórica nos es muy difícil entender lo que supuso la llegada del Mesías, tras una espera de miles y miles de años. El anhelo por el cumplimiento de la promesa de Dios a través de los profetas que nos asegura la llegada de un Salvador tras la infidelidad de Adán y de todo el pueblo elegido, es un ansia que recorre todo el Antiguo Testamento. 

Cristo era el Rey que había de venir, anunciado por el profeta Isaías en el capítulo 9: 

«Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz”. Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David…» (Is. 9, 5-6).

Pues, si Cristo era el Rey del nuevo Reino de los Cielos, cualquier judío contemporáneo a los apóstoles habría llegado a la conclusión de que la reina era… la madre del rey. ¿La madre? ¿No la esposa? No, efectivamente, la palabra hebrea “guebirah” (gran dama) designa a la madre del rey, teniendo en cuenta que, probablemente, el rey tuviera varias esposas.

Así nos lo muestran varios pasajes del Libro de los Reyes, en el que, cada vez que se presenta un nuevo rey nos es dado el nombre de su madre. Un pasaje especialmente apto para demostrar que la reina no era la esposa del rey, sino su madre, se halla en los dos primeros capítulos del primer Libro de los Reyes. Mientras David es aún rey (1 Re. 1), Betsabé cae rostro en tierra y se postra ante él. Unos versículos más adelante (1 Re. 2), tras la muerte del rey David, el escenario cambia:

«Betsabé entró donde estaba el rey Salomón para interceder en favor de Adonías. El rey se levantó a su encuentro, hizo una inclinación ante ella y tomó asiento en su trono. Dispuso otro para la madre del rey, quien tomó asiento a su derecha. Ella dijo: “Tengo que hacerte una pequeña petición, no me la niegues”. Dijo el rey: “Pide, madre mía, porque no te la negaré”» (1 Re. 2, 19-20).

Por lo pronto, saltan a la vista dos elementos: la realeza de la madre, simbolizada en la postración de Salomón, en el trono que el rey hace traer y en el lugar a su derecha, signo de poder; y, en segundo lugar, el inmenso poder de intercesión de la reina ante el rey, aun pidiendo en nombre de otro.

Pero no solo el Libro de los Reyes nos habla de la realeza de la madre del rey. El profeta Jeremías dice: «Di al rey y a la reina madre: “Sentaos bien abajo, que ha caído de vuestras cabezas vuestra augusta corona», y el salmo 45 afirma que ella está sentada a la derecha del rey, signo de poder compartido con él. Queda, pues, demostrado que la madre del rey era, en efecto, la gran dama, la reina a la cual todos los honores debían de ser tributados, primeramente por el rey, que debe obedecer al mandato de honrar a sus padres (en hebreo se habla de glorificar).

Las profecías sobre el nacimiento del rey lo son también sobre la madre del rey. Entre ellas, las más importantes son la profecía de Isaías y la promesa del nuevo Emanuel, en el capítulo séptimo, y la profecía de Miqueas, en el capítulo quinto, donde se profetiza el nacimiento en Belén de un “dominador en Israel”.

Todo esto no debía ser extraño a la Virgen cuando se le aparece el ángel en Nazaret. Aquella mujer designada por Dios para ser la madre del Mesías, sería también la gran dama, la reina madre.

¿Era ella consciente del gran honor que el Señor le ofrecía?

María conocía la envergadura de las palabras de Gabriel. Ella misma exulta en su Magníficat: «Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes».

Las mismas palabras que usa para designarse a sí misma (ταπείνωσιν, tapeinōsin) son, en efecto, aquellas que usó unos instantes después para designar a los humildes  (ταπεινούς tapeinous) que destronarán a los poderosos de sus tronos. Lo cierto es que ella magnifica al Señor por ser elevada al inmenso honor de llegar a ser la reina del nuevo Reino de los Cielos.

Pero nuestra creencia en Cristo sobrepasa un mero mesianismo según el entender de muchos judíos. Como apuntábamos, Jesús había de ser rey del Reino de los Cielos. Y así como creemos que Cristo es Dios, creemos que ella es madre de Dios. ¿Dónde está escrito –dirán los protestantes– que María es la madre de Dios? No solo en la respuesta de Isabel, que exclama: “¿Cómo es que la madre del Señor viene a mí?”, sino también en el Evangelio de San Mateo, cuando el evangelista hace eco de la profecía antigua en relación a María: “Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emanuel”. El término griego para designar a Dios es ‘theos’ y la palabra que define el llevar al hijo en el seo es ‘tikto’ de la misma raíz que ‘tokos’, de allí el título de ‘theotokos’, la portadora (en el sentido maternal) de Dios.

Por si esto no fuera ya suficiente, el libro del Apocalipsis vuelve a proclamar la realeza de María, en su maternidad divina, cuando aparece en el Cielo con la corona sobre su cabeza (Ap. 12, 1).

¿Cómo actuar en consecuencia? ¿Cuál es el trato a dispensar a la Reina, sentada a la derecha del Rey en el Cielo, sino alabarla en sumisión y amor?

 


Gunter HijoProdigo

Soy Günter Rauer y soy un joven, miembro del Hogar de la Madre. Podría haber dicho que soy estudiante de Derecho, que tengo cinco hermanos o que me gusta tocar la guitarra, pero en primer lugar soy hijo católico e hijo de María, Nuestra Madre.
Nunca he dudado de la existencia de Dios pero no pensaba que aquello implicaba todo mi ser. Entendí que no podía darle algunas horas de mi semana o algunos bienes de mi posesión, sino todo mi ser.
En la Semana Santa de 2016 recibí la gracia de que Dios se hiciera sensible para mí de forma que ya no pudiera dudar de su amor por mí. Entendí su deseo de que fuera santo y estuviera junto a Él por toda la eternidad, para lo cual es preciso que me siga convirtiendo día tras día, también gracias a tu oración, querido lector.
Nuestra fe es fascinante: la apologética, la liturgia, la vida de los santos o aquella coherencia interna de todos los misterios revelados, el nexus mysteriorum. Aprender de ella sacia el alma.