No veo a Dios

Nos solemos lamentar de que no vemos a Dios. De que su presencia en este mundo es imperceptible. De que tenemos pocos encuentros con Él y de que no lo encontramos. Pero a veces no caemos en la cuenta de que no lo buscamos donde deja hallarse. 

Una vez escuché que una persona se había convertido con una canción de amor de un grupo de música popular. Gracias a Dios, el Señor, que es todopoderoso, se puede servir de casi todo para tocar el corazón de una persona, especialmente si tiene un corazón medianamente dispuesto. 

Pero debemos reconocer que esta no es la manera más usual que tiene el Señor de hablarnos. Si alguien nos dijera que encontró a Dios tumbado en el suelo de una discoteca nos resultaría algo bastante extraño (mucho más extraño que encontrarlo en la santa Misa) y sin embargo solemos caer en este preciso error. En el error de buscar a Dios donde no está y de llenar nuestra vida de cosas que no llevan su huella. 

Pongo más ejemplos para ilustrar esta tesis. ¿Cómo es más probable tener una experiencia del amor de Dios, en la fealdad o en la belleza? ¿En la mentira o en la verdad? ¿En la bondad o en la maldad?

Diremos: en la belleza, verdad y bondad y, sin embargo, estamos rodeados de fealdad, decimos mentiras y buscamos la maldad: la música que escuchamos no es bella ni alude a Dios, nuestras conversaciones giran en torno a superficialidades y nuestras lecturas son todo menos edificantes. 

¡Haz limpieza! Empezando por tus sentidos, pasando por tu afectividad y tu intelecto y acabando por tu corazón, rodéate de Dios y de su obra. 

Si queremos tener una voluntad ordenada (que es de las cosas más interiores que tenemos) empecemos por ordenar nuestros sentidos. ¿Qué oigo durante el día? ¿Oigo chismes, ya sea de mi boca o de la de otros? ¿Escucho música bella y que me lleva al bien? 

¿Qué veo? ¿Contemplo la creación o me recreo en el pecado, en la violencia, en la lujuria y en la avaricia? Nuestra memoria no nos podrá tentar con imágenes que nunca hemos visto. ¿Qué olemos, tocamos y gustamos?

En cuanto a nuestra afectividad: ¿Tenemos los mismos sentimientos que Cristo? ¿Y si no los tenemos, los cultivamos y buscamos? ¿Resistimos a los sentimientos que sabemos que son malos o nos detenemos en ellos?

Y así podemos avanzar cada vez mejor en nuestro interior. Nuestro intelecto estará lleno de las ideas que le hayamos dado de comer. No nos extrañe que pensemos en robar cuando leemos novelas que ensalzan el robo. Y no nos extrañe que tenga más encuentros con Dios el que dedique su tiempo a cultivar su espíritu con novelas de ideales nobles y películas que motiven a llevar una vida más santa. El que cuida sus conversaciones y su tono no tendrá que hacerse violencia en público para no decir groserías. 

Quizás la conclusión a la que quiero llegar es que no podemos pretender conformar nuestra voluntad y nuestro corazón con los de Cristo cuando toda nuestra exterioridad está completamente impregnada del mal. El Dios todopoderoso podrá milagrosamente convertir nuestro entendimiento, nuestra memoria y nuestra voluntad, pero si realmente buscamos a Dios, buscamos justamente que toda nuestra vida tienda hacia Él. 

Que al andar por la calle nuestros ojos tengan la limpieza de descubrirlo en la risa de un niño, nuestros oídos en el cantar de los pájaros, nuestro olfato en el olor de césped recién cortado. Que al tener los mismos sentimientos de Cristo sepamos compadecernos del que sufre y que toda nuestra mente esté llena de meditaciones sobre la Virgen para guardar en el corazón los beneficios que Dios a cada instante nos regala. 

Quien diga que no ve a Dios puede que tenga un problema que no sea la ceguera, sino que todo lo que ven los ojos abiertos sea una venda negra que los cubre.