Guía práctica sobre el dinero

Para un cristiano existen cuatro máximas que podríamos memorizar relacionadas con el dinero:

1. Atesorar bienes en el Cielo, no en la tierra.

2. El dinero es un medio para alcanzar un fin, que es la santidad.  

3. Somos administradores, no dueños del dinero que poseemos.

4. No es más rico quien más tiene sino quien menos necesita.

A partir de aquí vamos a desarrollar la conducta que el cristiano debe seguir en lo que al dinero se refiere.

El otro día, saliendo de casa de un amigo tuve la mala suerte de que se me cayera el móvil del bolsillo. Aunque no es la primera vez que se me cae al suelo, esta vez fue diferente. Ya el ruido con que el aparato impactó el asfalto me hizo girarme al instante. Al recogerlo maldije mi suerte, pues estaba completamente agrietada la pantalla.

Aquello tenía solución, de forma que al día siguiente lo llevé a que lo repararan. Por la tarde ya estaba listo. Pero confieso que me quitó la paz lo mucho que aquello me había costado. En un instante, un pequeño desliz me había costado casi lo mismo que el móvil, adquirido de segunda mano.

Pero no acaba aquí la historia, porque empecé a darle vueltas al asunto, rebobinando una y otra vez la escena. Creo que más de uno me entenderá.

Pero he aquí que la noche después abrí los Pensamientos de Pascal, y aquello me devolvió la paz.

«Si estas son cosas por las que se angustian los del mundo que andan preocupados por los bienes de aquí abajo. ¿No soy acaso hijo de Dios?» -me dije.

Fue así como llegué a unas cuantas consideraciones que quisiera compartir con el lector:

En primer lugar, y esto ya nos será a todos conocido aunque a veces vale la pena recordarlo, nuestra paz debe depender únicamente de Dios. Perdamos la paz por nuestra santidad y la salvación de nuestros hermanos, no por los vaivenes de este mundo pasajero.

Pero más allá de esto: ¿qué es el dinero? ¿Es algo impuro y cuestión solo de los hijos de las tinieblas? ¿Debemos intentar gastar siempre lo menos posible?

El dinero no es nada impuro pues nada hay impuro fuera del hombre. Por lo tanto, es también asunto de los cristianos el saber disponer de los bienes de este mundo. ¿Pero cómo? Como el administrador de la parábola o los criados del señor que parte a lejanas tierras: usando de ellos para alcanzar los bienes eternos. Sí, gastemos los bienes temporales para alcanzar los eternos, que valen mucho más.

Pero afinemos aún más: es cierto que Dios nos ha dado la administración sobre ciertos bienes que deberemos emplear sabiamente. Eso incluye también los gastos del día a día, ciertos ahorros y ciertas inversiones que debemos hacer (inversión es sacrificio de un patrimonio actual por la expectativa de uno futuro).

En este sentido es importante recordar la cuarta máxima: no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita. ¡Cuántas veces comprobamos esto! Sobre todo los cristianos a los que se les ha enseñado el valor y también el gozo de vivir austeramente, se quedan atónitos ante los gastos tantas veces superfluos que hace la gente que no tiene a Dios en su vida, y qué poco les queda después para las necesidades de los menos favorecidos.

Quien ha vivido una Cuaresma bien vivida experimenta con alegría y satisfacción la libertad de la independencia, y el poder del espíritu y la gracia sobre la carne.

Pero no acaban aquí las consideraciones. Ahora viene una lección que los que tengan un talante más tacaño agradecerán de por vida: no es siempre mejor gastar menos. Hay cosas en las que no debemos ahorrar. No le demos la vuelta a las monedas a la hora glorificar a Dios, de acudir en ayuda de nuestros hermanos y de formarnos en la fe.

Pero tampoco le neguemos al trabajador su salario, o creamos que hay virtud en ser mezquino y pequeño. La magnanimidad va de la mano de la longanimidad: el que nada arriesga y en nada invierte su tiempo y su dinero no será capaz de grandes actos heroicos.

Con la edad se va dando uno cuenta de que, cuando lo que se compra no sirve ni para el propósito para el que se había comprado, o que es de utilidad reducida o corta, bien habría hecho en gastar algo más una vez que un poco menos tres veces. Gastar algo más por algo mejor, que dure más o dé mejores resultados, en vez de gastarse diez euros en unos zapatos producidos bajo condiciones inhumanas y a costa de la economía local (para tirarlos y comprar otros igual de malos al años siguiente) no es lujo, sino prudencia y caridad.

Podríamos intentar en nuestra mentalidad la siguiente actitud: solo somos los administradores del dinero que Dios nos ha dado: por tanto debemos dar gracias por todas las cosas que recibimos cada día y no perder la paz por aquellas que nos son arrebatadas sin nuestra culpa.

En conclusión: seamos austeros, prudentes y caritativos. Seamos santos.

Para mayor gloria de Dios