Los polos opuestos se atraen

Más de una vez hemos oído la frase “los polos opuestos se atraen” y no nos ha parecido que tenga sentido más allá de los imanes magnéticos. La naturaleza nos permite apreciar la veracidad de esta frase. Al entrar en contacto dos opuestos, se generan fenómenos fascinantes que pueden llegar a ser maravillosos e incluso violentos. Una corriente eléctrica, por ejemplo, se genera cuando un objeto con carga eléctrica negativa entra en contacto con otro de carga positiva. El exceso de carga se iguala a través de la corriente. Esto da lugar a los rayos y relámpagos que vemos durante una tormenta o, de manera controlada, a la electricidad que consumimos diariamente. El viento, responsable de gran parte de los fenómenos meteorológicos, son masas de aire que se mueven de zonas de alta presión atmosférica a zonas de baja presión hasta que ambas son iguales. Ambos ejemplos muestran cómo los opuestos, al juntarse, tienden a equilibrarse y así causan los procesos que vivifican el mundo y lo ordenan. Puede que esa sea una de las razones por las que se dice que los opuestos se atraen.

Para que los procesos funcionen es indispensable que cada uno de los opuestos manifieste claramente sus características. Si solo lo hacen de manera débil, la reacción será poco perceptible. Para que el agua de un río fluya, la fuente tiene que estar en lo alto y la desembocadura a nivel del mar. Si a la fuente se le ocurre bajar al mar o a la desembocadura escalar a la montaña, no habrá río. Si a la luz y a la oscuridad les da por ser penumbra, desaparecen día y noche, y la naturaleza pierde su ritmo.

Dios, en su inmensa sabiduría, ha previsto algo similar en la naturaleza humana. Pues también aquí existen opuestos en cualidades físicas y en cualidades no visibles, como lo son el carácter y las virtudes. Un rasgo muy importante que define muchas de estas cualidades es el sexo que nos es dado, si somos hombre o mujer. A cada uno de los dos Dios le ha asignado ciertas funciones y le ha dotado para ello de ciertas cualidades. Juntos se complementan y son capaces de nutrirse el uno al otro generando una gran fuerza que es motor de la sociedad. Esta fuerza encuentra su máxima expresión en la procreación, en la que el ser humano participa en el plan de creación de Dios. Cuanto más se ajuste el ser humano a las cualidades modélicas que Dios ha previsto, más fértil será la complementariedad entre hombre y mujer.

Pero, ¿cómo podemos saber qué cualidades idóneas ha previsto Dios para el hombre y la mujer? Para esto nos ha dado dos modelos prefectos a los que imitar: uno masculino y otro femenino. Son Jesús y la Virgen María. Hay virtudes que comunes a los dos, como la humildad o la obediencia, entre otras. Pero a continuación nos fijaremos en las que son más exclusivas de cada uno, es decir, más propias de hombres o de mujeres.

La mayor virtud que Jesús nos muestra con su ejemplo es el sacrificio en favor de su prójimo, tanto el que le quiere y como el que le desprecia. Es un sacrificio espiritual y físico que le lleva hasta la muerte en la cruz. Su abnegación se ve en el camino al Calvario, donde Jesús dice a las mujeres de Jerusalén que no lloren por él, sino por sus propios hijos. Pero ya durante sus años de vida pública, el anuncio incansable el Reino de los Cielos demuestra su lucha por nosotros. A Jesús le mueve el amor por cada alma, el acercarlas al Padre y alejarlas del pecado. Y a los apóstoles, a los que llama para que le sigan, también les pide sacrificios, como dejar todo atrás por Él y por la proclamación del Evangelio: su familia, su hogar, su vida como la han conocido hasta entonces. Pero en su anuncio, Jesús nunca compromete la Verdad. La anuncia sin tapujos, incluso si a algunos les ofende y se marchan.

Siguiendo este ejemplo, un rasgo de masculinidad es no ser quejumbroso, no exigir derechos ni reclamar privilegios para uno mismo. Un hombre ha de estar más pendiente de las necesidades ajenas que de las propias. Ha de ponerse al servicio de los débiles. Para ello, la fuerza física que le es propia por naturaleza es una de sus herramientas, pero más falta le hace la fortaleza espiritual para enfrentarse al peligro con valentía y no usar su fuerza física para oprimir. Su obligación es guiar sabiamente a los que están bajo su protección, defender a Dios, a su mujer e hijos, a los necesitados y a la sociedad. Se podría resumir de la siguiente manera: aceptar la peor parte para que a otro le pueda tocar la mejor.
¡No hace falta ser adulto para practicar estas virtudes! Se pueden entrenar ya desde la juventud con cosas pequeñas y cotidianas, pues cada día tiene sus batallas. Pero por pequeñas que sean, no será posible vencer sin la perseverancia en la oración, la guía y ayuda de Dios. La más importante es pedir fortaleza ante la tentación de comodidad (ir por el camino fácil), caprichos (pedir según apetitos desordenados y no según necesidades) y placer (sobre todo de la vista y del gusto). Los hombres han de cuidarse de invertir excesivo tiempo en el cuidado de la apariencia exterior. Este tiempo se aprovecha mejor cumpliendo con las obligaciones propias (escuela, trabajo, tareas domésticas) y poniéndose a disposición de asistir a quien lo necesite.

Ya desde la niñez, los chicos se han de esforzar en ser un ejemplo de justicia y defender, en la medida de lo posible, pero con valentía, a los que sufren tratos injustos, siendo fuertes con el fuerte y mansos con el débil; no al revés, que resulta más fácil pero es injusto. Vale la pena el esfuerzo de hacer lo correcto, de defender la verdad, sin importarle lo que puedan decir los demás.

El modelo perfecto de virtudes femeninas es la Virgen María. Ella es ejemplo para mujeres y chicas por igual, pues cuando Ella da su “Sí” al mensaje del arcángel san Gabriel, es una joven de unos 14 o 15 años. La virtud que más destaca en la Virgen es la pureza, tanto interior como exterior. Su mirada y sus ademanes son de una modestia absoluta, reflejo de su alma, que solo pretende agradar a Dios. Viste con sencillez sin afán de llamar la atención. Fácilmente nos podemos también imaginar la dulzura y paciencia con la que la Virgen María le enseña al Niño Jesús a vestirse, a hacer las cosas de la casa, cómo juega con Él y cómo reza con Él antes de ir a dormir. Como cualquier madre, la Virgen está dispuesta a soportar lo que sea por sus hijos. A pesar del dolor que le supone, Ella no abandona a Jesús en los momentos más difíciles. Lo hace por nosotros, por los que intercede constantemente ante el Padre con un corazón de madre que se conmueve para que nos salvemos. El evangelio de san Lucas relata cómo Ella guardaba los acontecimientos importantes en el corazón para ir meditándolos a lo largo de la vida. Esto da prueba de su inteligencia y prudencia. No una inteligencia de grandes charlas que buscan la admiración del público, sino una que, a través de la oración, es capaz de descubrir la delicada mano de la Providencia Divina y penetrar en sus misterios.

Es importante el esfuerzo constante por parte de las mujeres para no dejar que el mundo y el dolor les endurezcan el corazón. La sociedad está muy necesitada de la delicadeza femenina, de su ternura y cariño, para que, sobre todo en las familias, que son su base, reine un ambiente en el que los hijos sean queridos y aprendan a querer y a obedecer. Su empatía convierte también a las madres en maestras idóneas para enseñar a los hijos, ya desde pequeños, las verdades de la fe que recordarán durante toda la vida.

Las groserías y frivolidades contribuyen a entumecer el corazón, por eso en boca de una mujer suenan doblemente mal. La fortaleza de la mujer no consiste en “apagar” la empatía para que no le afecte el sufrimiento de las personas que tiene cerca, sino en paliarlo y saber sobrellevar la situación de manera que el dolor no le impida cumplir sus obligaciones con amor. La compasión de la mujer es un don y una responsabilidad que ha de llevar con valentía. Las chicas se han de guardar de no usar su sensibilidad e inteligencia emocional como arma para imponer su voluntad sobre la de otros, sino para resolver conflictos.

Está en la naturaleza de la mujer el querer arreglarse para tener buen aspecto. La moda femenina ha logrado muchas veces estar al servicio de su belleza natural. Pero llama la atención que ya desde hace mucho tiempo más bien induzca a las chicas desde una edad temprana a una forma de vestir provocativa que les hace perder el respeto por su intimidad y su cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. El ejemplo de la Virgen María enseña que la modestia es el mejor vestido, la elegancia es hija del decoro y el mejor adorno es la discreción.

Estas son solo algunas características de rasgos femeninos y masculinos. Solo si los chicos y los hombres son masculinos, y las chicas y las mujeres son femeninas, podrán los dos ser los dos polos opuestos que vean en el otro un complemento a sus virtudes. Esta complementariedad de los opuestos es la fuente de energía para la humanidad y la que Dios quiere para equilibrar el mundo. En la tarea de alcanzar estas virtudes, como en todas, seguir el modelo y la enseñanza de Jesús, Nuestra Madre la Virgen María, y de los santos es la mejor motivación que se nos pueda ocurrir y que hemos de incentivar en los que no la tienen.