No existen las frustraciones

Cuando nos va mal, debemos buscar la causas de nuestro malestar. Lo intentamos siempre primero fuera de nosotros, pero la solución está mucho más cerca: somos nosotros.

Y esta frase, que seguramente habremos oído miles de veces, se puede expandir: "Siempre tenemos nosotros la culpa".

Porque siempre podemos decidir cuál es nuestra posición frente a las cosas que nos suceden. Y, como cristianos, nuestra actitud siempre debe ser la alegría. No porque nos pongamos una máscara, sino porque no tenemos razón de estar tristes.

Si de verdad creemos en Dios y en su omnipotencia, y sabemos que siempre vela por nosotros y que nos ama infinitamente, ¿cómo vamos a creer que permite algo que no sea para nuestro bien?

Todo lo que nos sucede es para nuestro bien. Y lo que permite Dios es estrictamente para nuestro bien, de forma futura y al mismo tiempo inmediata. Esto significa que si nos sucede algo malo, al mismo tiempo nos está sucediendo algo bueno, pero no somos capaces de verlo, sino que ponemos el foco en lo que nosotros creemos que es malo para nosotros. Si no me crees, analiza tu vida.
 
Por eso nunca debemos estar tristes. Debemos vivir de una manera sobrenatural, despegando del suelo, y ver las cosas desde donde las ve Dios y desde el único punto de vista desde el cual las cosas son reales. Debemos ver los hechos desde una perspectiva eterna.

Un sacrificio por amor, terrenamente, duele y no tiene sentido. Pero, eternamente, es un bien en el momento y para la eternidad.

Cuando Jesús entró en Jerusalén, iba a ser nombrado rey por el pueblo. Le recibieron con palmas como sólo se recibe a un soberano. Y esa misma noche empezó su Pasión. Desde lo más alto cayó a lo más profundo, muerto como un gusano, desde el punto de vista humano. ¿Fue una frustración de su reinado? NO. Fue la forma en que le dio verdaderamente vida.

No existen las frustraciones, sólo la santa voluntad de Dios.

Mira a María, la que lo comprendió, y aprende de Ella.