Una virtud poco común

Hace algún tiempo hice una cena en mi casa y -para ponerlo en términos moderados- voy a decir que me salió bastante mal. La comida alimentaba, sin duda, y se podía comer, pero…
Estuve un tiempo pensando en qué había fallado, qué es lo que había hecho mal. Había estado atento y lo quería hacer bien. Pero supongo que no es todo lo que hay que hacer para que las cosas salgan verdaderamente bien. Le faltaba dulzura.

Alguno dirá que aquí se acabó, que ya no sigue leyendo, porque esto no es para él, o para ella. Pero, pensémoslo otra vez. ¿Qué es la dulzura?

La dulzura no se refiere, en el caso de los hombres, a ser un amanerado; ni en el caso de las mujeres, a ser empalagosa. No. El mundo nos convence de que debemos ser de una manera que es equivocada, pone modelos que están completamente distorsionados. Quitémonos de la cabeza todas las definiciones mundanas que tenemos de las virtudes, todos los prototipos de hombre y mujer. Debemos mirar más a Jesús y a María. Retomemos, pues, el hilo de pensamiento.

La dulzura es poner algo más de lo que hemos puesto ya. Es pensar cómo podríamos mejorar lo que hemos hecho. Hay mucha diferencia entre una carne bien asada, y una carne bien asada y sazonada. La sazón es la dulzura. Como veis, no es empalagoso, no es ni afeminado ni machista. Es hacer algo más en la dirección del bien. Una carne bien hecha no se mejora poniéndole más carne, pero sí con sal.

Hay mucha diferencia en las cosas hechas con y sin dulzura. Si pidieras que tu vecino te diera un cuaderno, y no hace falta que lo tire delante de ti o a tu cara, sino simplemente sin mirarte, sentirías un gran vacío. Ese vacío es el de la dulzura. Si te lo diera mirándote y hasta con una sonrisa, podría alegrarte un mal día.

Hay muchas personas buenas, pero que no son dulces. Son buenas, pero les falta saber cómo transmitirlo, les falta ese algo que, además de alimentar, lo hace agradable.

La dulzura pone siempre un cuidado especial en hacer las cosas no solo bien, sino hasta con amor. La dulzura exige el sobreponerse al malestar momentáneo para sacar lo mejor de sí. La dulzura exige una gran fortaleza. Es vencer lo malo para darle al prójimo, a Dios y a ti mismo lo que corresponde a cada uno, no solo lo bueno, sino lo mejor de ti.

Esa fortaleza en sobreponerse a sí mismo debe reflejarse siempre. Debemos ser perseverantes en la dulzura, en el tiempo y con todo el mundo. No solo debemos ser virtuosos en los espacios en los que es fácil, sino también en los que es difícil serlo. Debemos serlo a pesar de que se nos tome por débiles. La dulzura no es pusilanimidad. La dulzura es fortaleza.
Una persona dulce es siempre agradable. Y también cuando tiene que ser duro, es dulce. Hace lo que tiene que hacer, siempre, pero no con ira o con mala intención, sino con el tacto que hace falta.

No puedo decir en qué consiste la dulzura con una definición contundente como para poder aplicarla rigurosamente a cada caso. No es posible con ninguna virtud. Pero puedo darte dos modelos: Jesús y María.

Dice un discípulo de San Juan, que Jesús acurrucaba cada noche a los apóstoles y les daba las buenas noches. Jesús llamó a los apóstoles “hijitos míos” en la última cena. Y Jesús sufrió una Pasión llena de tormento. Fue el hombre más fuerte, el más valiente y el más duro. Pero también fue el más humilde, el más manso y el más dulce. Las dos cosas no se contradicen. Los perros más grandes son los más cariñosos. No nos creamos que un hombre no puede ser dulce. El hombre que no es dulce, no es fuerte. No está seguro de sí mismo. Jesús es el modelo a seguir, y no otro.

La mujer más dulce que existió fue María. Tuvo una dulzura tal, que ningún hombre se atrevió a hacerle algo.  Y ella sufrió los sufrimientos más grandes junto con su Hijo. Siete espadas la atravesaron. Si te dijeran algo así de una mujer de hoy en día, creerías que tiene tatuajes, que está rapada y que está fumando todo el día. La mujer más fuerte es también la más dulce.

Y para todos hay que decir que la mejor manera de ser dulce es imitar a María, porque Jesús así nos enseñó cuando dijo: “ahí tienes a tu madre”. Que lleguemos a ser como Jesús por María. Que Ella tome nuestro corazón y lo amolde, haciéndolo como el de su Hijo. Ella, que fue la maestra de Jesús, también es la nuestra.