La caridad práctica

En este tiempo que ha pasado, la Navidad, la caridad es lo más importante. Jesús vino a enseñarnos la entrega completa, se hizo pequeño para poder entrar en ese sitio que le habíamos preparado en nuestro corazón. Nos vino a dar ese beso de inocencia del cual brota el amor, brota la caridad.

El primer paso en el que se manifiesta nuestra caridad es el ofrecer. Podemos ofrecer todo lo que tenemos y sobre todo lo que somos. Es un acto maravilloso, en el cual estamos sacrificando por el prójimo y por Dios nuestro “haber y poseer”, como lo dijo San Ignacio de Loyola. Requiere también que nos fijemos en las necesidades del prójimo para poder darle lo que necesite antes de que nos pregunten. Esa actitud de vela por el bien de las personas que nos rodean y de lo que Dios podría pedirnos, es muy sana y hace de nosotros verdadera imagen del Señor.

Un paso más es la situación en la que nos piden algo. Os podréis preguntar por qué es más meritoria esta situación que la primera. La respuesta es simple: requiere de más amor. En el caso del ofrecimiento podemos pensarlo más, podemos guiarnos no sólo por un amor ya interiorizado, sino también por la voluntad y el entendimiento. En el caso de que nos pidan algo, cuenta el nivel de abandono de nosotros, el amor que tengamos a la otra persona, sin meditaciones, sin entendimiento. Cuánto más amor nos tengamos y menos al prójimo, más se nos dificultará acceder a la petición. Una cosa es ofrecer, pero hasta cuando la otra persona toma eso que les ofrecemos, sentimos muchas veces que nos están quitando algo. Como si de verdad no hubiéramos estado dispuestos a darlo; y esa es justamente la razón por la cual deberíamos acceder siempre a las peticiones. ¿Cómo podemos ejercitar y desarrollar ese abandono y amor fraterno? Ofreciendo siempre lo que nos sobra y lo que nos falta, estando atentos del prójimo.

El último y más excelente nivel de caridad es cuando nos quitan algo injustamente o sin tenernos en cuenta. Es el más excelente, porque el amor es puro. Amamos tanto al que nos ha cometido la falta, que estamos dispuestos a pisar nuestros legítimos derechos, porque sabemos que nos va a hacer más semejantes a Cristo. Es el completo abandono de sí mismo. Este amor tan purificado hacia los que nos rodean nos lleva directamente al que es Amor. Eleva nuestra alma al que nos ama hasta tal punto, que entregó su Hijo por nosotros, el cual murió por nosotros, despreciado, crucificado injustamente porque nos amaba mucho. Cuánto más nos afecte, cuanto más nos humille y nos haga daño, más nos santificará si lo ofrecemos a Dios. Lo debemos amar mucho porque nos hace iguales a Jesús.

Muchas veces no podemos ver claramente el por qué deberíamos actuar así. Sólo sé que si mi Señor lo hizo, yo también lo quiero hacer.